“Sabemos que un día se irá el abuelito”; Don Celso y sus 102 años

En el balcón de su casa, sobre su silla de madera y tapado con una manta para evitar el frío, don Celso Vázquez, de 102 años, recibe los abrazos del Sol por la mañana y en la tarde los abrazos de sus hijas, nietos y bisnietos que pasan por su vivienda para saludarle.
Celso Ángel Vázquez sonríe junto a sus familiares, en el balcón de su casa. Diego Cáceres | EL TIEMPO

Come frutas, camina rápido aunque encorvado, recuerda que fue un buen estudiante y sonríe cuando le hablan de Esperanza, su último amor platónico.
Vive en el centro parroquial de Santa Ana, a dos cuadras del parque y a una del cementerio. Él es el mayor de nueve hijos y nació en la parroquia San Bartolomé, del cantón Sígsig.
En sus años de gloria, fue uno de los más cotizados artesanos en elaboración de tejas, contaba con un taller, un horno de leña y la ayuda de las pequeñas manos de sus nueve retoños: seis hombres y tres mujeres.

Descendencia
María Carmen Vázquez Guamán es su segunda hija y asegura que su padre nació el 1 de agosto de 1915 y que, hasta el año anterior, trabajaba con normalidad en el campo, cosechaba, piqueba y deshierbaba.
“Desde pequeños nos enseñó a trabajar. En ocasiones, nos levantamos a las tres de la mañana para cargar leña, lodo y chamizas, a fin de que pueda hacer sus tejas que eran tan bien hechas que le pagaban el doble, 50 centavos el ciento”, recuerda.


Celso es devoto a la fe católica, solía ir a misa aunque dejó de hacerlo por sus achaques, “él nos hace rezar después de cada comida; dice: 'tenemos que agradecer por la comida'”, añade Carmen.
En la actualidad, su padre ha perdido la visión, pero reconoce a todos. No escucha bien, aunque es un conversador innato cuando sus familiares se acercan y le hablan fuerte en el oído.

Cuidados
En las semanas siguientes a la gran celebración por sus 102 años, ocurrida el agosto delaño pasado, su deseo por llegar a casa sin compañía de sus hijas le jugó una mala pasada. Aunque don Celso portaba su bastón, este no le ayudó y resbaló, rompiéndose el tabique. Los médicos decidieron no operarlo debido a su edad.
“Desde entonces, se puso malito, su cara se tornó negra pero logró recuperarse; aunque nuevamente desmejoró, hace tres meses, por un dolor intenso en el estómago. Fue entonces que decidimos encargarnos de forma permanente. La familia de cada uno de sus hijos debe cuidarlo durante una semana”, detalla Isabel Ullauri, primera nuera.


Ella es de Pasaje y se casó con Manuel, tercer hijo de don Celso. Esta semana es su turno y comenzó el lunes a las 06:00.
“Él se levanta a las 07:00, desayuna, toma la pastilla para la presión, camina, come fruta a las 10:00, almuerza, pasea otra vez, toma el café de la tarde, vuelve a caminar, merienda y, a la hora que quiera recostarse, lo llevo a la habitación”, explica Isabel.


Semanas atrás, Esther Guamán y su familia también realizaron la misma labor. Esther se casó con Telmo, séptimo hijo de Don Celso y viuda desde hace 30 años.
“Como nuestra familia vive cerca, nos turnamos; mi hija lo atienda todo el día y yo me encargo en las noches. A veces, en la madrugada, cuando quiere ir al baño con el bastón, sobre el entablado hace tun tun; dormidita, me levanto y corro a ponerle los zapatos”, comenta sonriendo, ya que asegura que su sueño es pesado; pero, de lo atenta que se mantiene, siempre lo escucha.


“Todos le decimos ‘abuelito’, para nosotros no existe la palabra suegro. Vivimos apegados a él, cualquier enfermedad nos avisamos a través del WhatsApp”, enfatiza Esther.

Afecto
Alexandra Vásquez es la tercera nieta de don Celso e hija de la primera nuera. Ella cruza la entrada de la casa de su abuelo y lo primero que hace es saludarle, le acaricia su cabeza y las manos.
“-¿Se ha bañado, abuelito?”, pregunta. Don Celso asiente con su cabeza. Nuevamente, su nieta le comenta apegada al oído, “¡usted está brillando!”, y él responde con rostro de astucia “¡ya mientes, ya!”.
Observando esta situación, los nietos, nueras e hijas ríen a carcajadas, porque aseguran que él siempre tiene buen humor y que, incluso, hace dos años tuvo un amor platónico.

Esperanza
Una de las estrategias que han incorporado para que 'el abuelito' sonría con picardía es preguntarle sobre Esperanza. A lo que él responde con sus ojos aún iluminados: “ella vive en El Chorro”.
“Hace dos años, mi abuelito, con 100 años de por medio, parecía un adolescente, reconocemos que él se volvió a enamorar, luego de casi 17 años de ser viudo”, enfatiza Alexandra y señala que Esperanza era una mujer que trabajaba con ellos en el campo y tenía un hijo pequeño.
Para este año también en agosto prevén celebran sus 103 años, enfatiza su nieta y finaliza “un día más junto a nosotros es un milagro, ya ha vivido bastante y sabemos que un día se irá el abuelito”. (XTM) (I)

Cuenca. 

“Sabemos que un día se irá el abuelito”; Don Celso y sus 102 años

Celso Ángel Vázquez sonríe junto a sus familiares, en el balcón de su casa. Diego Cáceres | EL TIEMPO

Come frutas, camina rápido aunque encorvado, recuerda que fue un buen estudiante y sonríe cuando le hablan de Esperanza, su último amor platónico.
Vive en el centro parroquial de Santa Ana, a dos cuadras del parque y a una del cementerio. Él es el mayor de nueve hijos y nació en la parroquia San Bartolomé, del cantón Sígsig.
En sus años de gloria, fue uno de los más cotizados artesanos en elaboración de tejas, contaba con un taller, un horno de leña y la ayuda de las pequeñas manos de sus nueve retoños: seis hombres y tres mujeres.

Descendencia
María Carmen Vázquez Guamán es su segunda hija y asegura que su padre nació el 1 de agosto de 1915 y que, hasta el año anterior, trabajaba con normalidad en el campo, cosechaba, piqueba y deshierbaba.
“Desde pequeños nos enseñó a trabajar. En ocasiones, nos levantamos a las tres de la mañana para cargar leña, lodo y chamizas, a fin de que pueda hacer sus tejas que eran tan bien hechas que le pagaban el doble, 50 centavos el ciento”, recuerda.


Celso es devoto a la fe católica, solía ir a misa aunque dejó de hacerlo por sus achaques, “él nos hace rezar después de cada comida; dice: 'tenemos que agradecer por la comida'”, añade Carmen.
En la actualidad, su padre ha perdido la visión, pero reconoce a todos. No escucha bien, aunque es un conversador innato cuando sus familiares se acercan y le hablan fuerte en el oído.

Cuidados
En las semanas siguientes a la gran celebración por sus 102 años, ocurrida el agosto delaño pasado, su deseo por llegar a casa sin compañía de sus hijas le jugó una mala pasada. Aunque don Celso portaba su bastón, este no le ayudó y resbaló, rompiéndose el tabique. Los médicos decidieron no operarlo debido a su edad.
“Desde entonces, se puso malito, su cara se tornó negra pero logró recuperarse; aunque nuevamente desmejoró, hace tres meses, por un dolor intenso en el estómago. Fue entonces que decidimos encargarnos de forma permanente. La familia de cada uno de sus hijos debe cuidarlo durante una semana”, detalla Isabel Ullauri, primera nuera.


Ella es de Pasaje y se casó con Manuel, tercer hijo de don Celso. Esta semana es su turno y comenzó el lunes a las 06:00.
“Él se levanta a las 07:00, desayuna, toma la pastilla para la presión, camina, come fruta a las 10:00, almuerza, pasea otra vez, toma el café de la tarde, vuelve a caminar, merienda y, a la hora que quiera recostarse, lo llevo a la habitación”, explica Isabel.


Semanas atrás, Esther Guamán y su familia también realizaron la misma labor. Esther se casó con Telmo, séptimo hijo de Don Celso y viuda desde hace 30 años.
“Como nuestra familia vive cerca, nos turnamos; mi hija lo atienda todo el día y yo me encargo en las noches. A veces, en la madrugada, cuando quiere ir al baño con el bastón, sobre el entablado hace tun tun; dormidita, me levanto y corro a ponerle los zapatos”, comenta sonriendo, ya que asegura que su sueño es pesado; pero, de lo atenta que se mantiene, siempre lo escucha.


“Todos le decimos ‘abuelito’, para nosotros no existe la palabra suegro. Vivimos apegados a él, cualquier enfermedad nos avisamos a través del WhatsApp”, enfatiza Esther.

Afecto
Alexandra Vásquez es la tercera nieta de don Celso e hija de la primera nuera. Ella cruza la entrada de la casa de su abuelo y lo primero que hace es saludarle, le acaricia su cabeza y las manos.
“-¿Se ha bañado, abuelito?”, pregunta. Don Celso asiente con su cabeza. Nuevamente, su nieta le comenta apegada al oído, “¡usted está brillando!”, y él responde con rostro de astucia “¡ya mientes, ya!”.
Observando esta situación, los nietos, nueras e hijas ríen a carcajadas, porque aseguran que él siempre tiene buen humor y que, incluso, hace dos años tuvo un amor platónico.

Esperanza
Una de las estrategias que han incorporado para que 'el abuelito' sonría con picardía es preguntarle sobre Esperanza. A lo que él responde con sus ojos aún iluminados: “ella vive en El Chorro”.
“Hace dos años, mi abuelito, con 100 años de por medio, parecía un adolescente, reconocemos que él se volvió a enamorar, luego de casi 17 años de ser viudo”, enfatiza Alexandra y señala que Esperanza era una mujer que trabajaba con ellos en el campo y tenía un hijo pequeño.
Para este año también en agosto prevén celebran sus 103 años, enfatiza su nieta y finaliza “un día más junto a nosotros es un milagro, ya ha vivido bastante y sabemos que un día se irá el abuelito”. (XTM) (I)

Cuenca.