Los toros, centro de la devoción en Girón

Como cada año, seis priostes se gastan en noviembre miles de dólares cada uno para homenajear, como se debe, al Señor de Girón, también conocido como Señor de las Aguas.
El toro es el centro de esta fiesta religiosa

Girón. Es negro, por completo. Su cuero, sus ojos, todo es negro. Y está furioso. Cuando entra al estadio abierto, el toro más bravo llega agarrado por una decena de jóvenes al mando del guía izquierdo, quienes apenas pueden contenerlo. Tratan, pero es imposible que se quede quieto para cumplir con un ritual ancestral: el sacrificio del toro y la bebida de su sangre. Todo por la devoción al Señor de Girón.

- ¡Cuidado, que este está bravo! –dice uno de los hombres que llega con el toro negro.

El animal ha entrado al estadio de Girón, que no tiene puertas ni muros y apenas un pequeño graderío. El toro está atado por los festejantes, en su mayoría jóvenes y viene con ímpetu, con la cabeza hacia abajo, amenazante, mostrando sus inexistentes cuernos, encabritado y jalando a los muchachos que entre resbalones y empujones intentan encaminarlo al lugar del sacrificio.

El toro negro ya no muge. Está furioso y bufa con fuerza, con furor, se sacude y su bufido se oye como bocina que rebota en las montañas cercanas.

Es el final. Alguien llega como emisario de los priostes con un mensaje:

- Dice que hay que matar a dos nomás.

El segundo toro, del que se encargará el guía izquierdo, es el toro negro, que ya parece resignado a su fin y no se mueve, pero tampoco permite que le muevan ni un centímetro, a pesar de los esfuerzos de sus captores.

Unos minutos antes, el negro y otros tres toros habían sido soltados en el estadio. Cada uno de los animales había sido ofrecido por amigos y familiares de los priostes de esta semana, la tercera de las fiestas del Señor de Girón, que se cumplen durante todo el mes de noviembre y en ocasiones parte de octubre y de diciembre.

- Entrego este prioste... perdón, este toro, para que sea sacrificado en devoción al Señor de Girón –dice una de las asistentes al micrófono y de inmediato se oyen las risas, sobre todo de los jóvenes. Esto, antes de la corrida, ya es una fiesta.

Es cerca de las 08:00 del tercer sábado de celebración y la celebración está encendida. Todos bailan y toman trago. La fiesta es animada por la Banda de Girón y Pedro Fernando y Los Rumberos, alternando sus ritmos.

Cada uno de los animales y sus oferentes irán desfilando frente a los priostes, sentados en el puesto de honor, frente a una mesa con botellas de aguardiente, antes de iniciar la corrida.

Para la tercera semana los priostes son José Antonio Ayabaca y su esposa, María Chuchuca. Pero en la mesa principal no están los priostes. Están sus hijos, Franklin y Milton, y la abuela materna de ellos, Manuela Merchán.

Los escogidos para organizar la tercera semana de fiestas están desde hace 17 y 15 años en Estados Unidos. Sus hijos, de 18 y 16 años de edad, en realidad no conocen a sus padres. Han vivido separados toda su vida y el único contacto es por teléfono. Estas fiestas iban a conocerse, pero no llegaron.

- No les salieron los papeles –dice mirando al suelo Milton, un joven tímido con los pelos parados a fuerza de gel. Ni siquiera sabe en qué ciudad viven.

Milton es el más callado e introvertido. Rígido, pasa sentado en la silla con el bastón de mando, negro y con figuras entre las que destaca una cruz. Ese es el símbolo del priostazgo.

A su lado están su hermano, más alejado de su papel de prioste pero más alegre, y su abuela, la que les crió a ellos y cuatro primos más en la misma casa.

Ellos y los invitados toman, bailan con las platilleras y los asistentes, mientras las gradas ya se han empezado a llenar de espectadores.

En las afueras, los toros, unos juveniles y de apariencia inofensiva, otros atemorizantes, esperan inquietos su ingreso. Entran y son recibidos de forma simbólica por los representantes de los priostes.

Son las 08:00, empieza a calentar el sol con timidez y es la hora de la corrida. Un toro, según manda la tradición, será para el guía derecho, otro para el izquierdo, otro para las platilleras y el último para el público, en esta ocasión los jóvenes del club Los Pumas de La Gloria, el barrio de los priostes.

El animador pide por el micrófono tener cuidado con los toros, especialmente a los niños.

- Y sale el primer toro –grita el animador al micrófono.

Y el toro sale. El guía derecho, Eduardo Remache, va detrás y sus acompañantes también. Pero la fiesta para el público es corta, el toro sale por un terreno cercano y luego por las calles de Girón.

Así, los cuatro toros saldrán perseguidos por los participantes en la fiesta.

Unos pocos minutos más tarde, un bullicio anuncia el primer logro: los guambras del club Los Pumas llegan con el primer toro de la mañana, abrazados, aferrados a su rabo, al hocico, al lomo. Las risas, los esfuerzos y los reclamos para pedir ayuda se confunden, cuando entran al estadio, con la música que ha empezado a atacar la Banda de Girón.

El toro ingresa con cierta mansedumbre y es guiado hacia la mesa de los priostes para hacer la venia. Antes, uno de los jóvenes detiene el recorrido, pide subirse en el toro y lo hace, con un aire gallardo. Poco después, el hijo mayor del prioste también se sube y la fiesta se enciende más.

El primer toro en llegar es también el único en escaparse. Sale corriendo y Los Pumas de La Gloria salen atrás.

- Los Pumas ya están haciendo show aparte –dice el animador al público.

Siguen llegando los animales mientras retruena el traqueo, que no ha dejado de sonar desde que empezaron a correr los toros. El traqueo son los juegos pirotécnicos colocados cerca de donde se festeja y revientan con mucho ruido para asustar a los toros. El "cuetero" es Rafael Paredes, de Cuenca.

Cuando ya han llegado los cuatro toros, es el momento del sacrificio. Esta vez serán solo dos, según los priostes, porque eso será suficiente para dar de comer y regalar carne a todos quienes asistirán a la fiesta ese día.

Los dos que recibieron el indulto vuelven a ser amarrados. Pero su destino está marcado, morirán algún día de esa semana. En ese lapso, cada prioste mata cerca de diez toros para dar de comer a los visitantes, lo que representa solamente una parte de los alrededor de 30.000 dólares que invierte en la fiesta cada prioste.

Los guías, Eduardo Remache y José Pillacela, darán muerte a los dos toros mientras suena la chirimía. El instrumento de viento, que da un tono ritual, místico y un poco triste, ha estado ahí desde la mañana.

José Manuel Largo, de Cumbe, es el encargado de tocar el instrumento que en el Ecuador está en peligro de desaparecer. Él sabe solamente de unas tres personas que lo tocan en el Azuay y ni siquiera conoce de alguien que lo haga en Baños, donde antes eran famosos sus intérpretes y en donde aprendió el arte.

Las sogas que atan a los animales para evitar que escapen una vez atrapados, sirven para tumbarlos y ahí matarlos.

- Antes les botaban al suelo solo con las manos, nada de sogas… Así era antes, pero ahora ya ni mote comen –dice uno de los jóvenes para molestar a uno de los más viejos, que es quien pide las sogas.

Mientras se afilan los cuchillos y la música no deja de sonar, el trago sigue recorriendo de mano en mano. Uno de los brindadores es Humberto Merchán, el altarero. Él es "el segundo" del prioste y su misión principal es arreglar el altar para cuando llegue el Señor de Girón a la casa. Eso se hace desde el miércoles, con el tradicional cambio de botellas.

- El cambio se hace una botella nomás, pero después se toman bastantes… -dice Merchán y se ríe.

El alcohol es protagonista en esta fiesta religiosa. Pero ahora se trata de evitar su consumo excesivo.

Los toros escogidos para morir, los que cogieron los guías, están en el suelo y listos para su muerte. La madre de la prioste hace la señal de la cruz y así da permiso para el sacrificio.

Los guías, cada uno por su lado en el estadio, cortan el cuello al toro que no se rinde ni cuando ha sido seccionada su traquea.

La sangre sale en abundancia y empiezan a aparecer los vasos plásticos pequeños. De ahí, los matarifes sacarán la sangre que se toma todo tipo de gente: los viejos, por creencias, los adultos por tradición, los jóvenes como un reto para ver quién puede hacerlo, las jovencitas para probar… Todos toman la sangre y luego beben un "traguito" para pasar el sabor.

Después viene la sacada del "pañuelo", como se denomina a la membrana que cubre la panza del animal y el nervio o médula espinal. Con el primero cubren a los priostes en una celebración que se hace en la casa de ellos; a la segunda se la coloca en el cuello del prioste.

Y el baile empieza, otra vez. La fiesta durará hasta la noche, interrumpida por la procesión de la tarde con los incierros, priostes de un nivel más bajo.

Pero este es solamente un día, pues el resto será de procesiones, bailes, ceremonias, rezos y más durante toda una semana, hasta pasar el priostazgo al siguiente hasta completar las seis semanas. En este año, el último fin de semana de fiesta será el próximo, el 29 y 30 de noviembre.

En el tercer sábado de fiesta, el ritual se cumple en la casa de los priostes, la que construyeron con el dinero ganado en Estados Unidos y la que nunca han habitado. Tal vez en diciembre, cuando piensan llegar de visita.

Ellos están en Norwalk, Connecticut, cuenta Julia Chuchuca, hermana de la prioste y quien también pasó ocho años en Estados Unidos, junto con su esposo, pero regresó porque no se acostumbró.

Julia controla que la celebración siga con normalidad, que nada falle. Es la encargada de coordinar la entrega de comida a los invitados y de entregar las costras, unos panes grandes, el dulce y el queso, que se hizo con la leche que regalaron campesinos de las comunidades el lunes anterior. Ese día se mataron cuatro toros para dar de comer a todos los invitados, cada uno comprado a unos 800 dólares.

Julia cuida todo, incluso que los niños no hagan travesuras, como una de las chiquitas, de no más de cuatro años de edad que patea al perro de la casa.

- No le pegues, no ves que a él también le duele –le dice Julia y se retira a seguir sirviendo la comida.

Los toros, centro de la devoción en Girón

El toro es el centro de esta fiesta religiosa

Girón. Es negro, por completo. Su cuero, sus ojos, todo es negro. Y está furioso. Cuando entra al estadio abierto, el toro más bravo llega agarrado por una decena de jóvenes al mando del guía izquierdo, quienes apenas pueden contenerlo. Tratan, pero es imposible que se quede quieto para cumplir con un ritual ancestral: el sacrificio del toro y la bebida de su sangre. Todo por la devoción al Señor de Girón.

- ¡Cuidado, que este está bravo! –dice uno de los hombres que llega con el toro negro.

El animal ha entrado al estadio de Girón, que no tiene puertas ni muros y apenas un pequeño graderío. El toro está atado por los festejantes, en su mayoría jóvenes y viene con ímpetu, con la cabeza hacia abajo, amenazante, mostrando sus inexistentes cuernos, encabritado y jalando a los muchachos que entre resbalones y empujones intentan encaminarlo al lugar del sacrificio.

El toro negro ya no muge. Está furioso y bufa con fuerza, con furor, se sacude y su bufido se oye como bocina que rebota en las montañas cercanas.

Es el final. Alguien llega como emisario de los priostes con un mensaje:

- Dice que hay que matar a dos nomás.

El segundo toro, del que se encargará el guía izquierdo, es el toro negro, que ya parece resignado a su fin y no se mueve, pero tampoco permite que le muevan ni un centímetro, a pesar de los esfuerzos de sus captores.

Unos minutos antes, el negro y otros tres toros habían sido soltados en el estadio. Cada uno de los animales había sido ofrecido por amigos y familiares de los priostes de esta semana, la tercera de las fiestas del Señor de Girón, que se cumplen durante todo el mes de noviembre y en ocasiones parte de octubre y de diciembre.

- Entrego este prioste... perdón, este toro, para que sea sacrificado en devoción al Señor de Girón –dice una de las asistentes al micrófono y de inmediato se oyen las risas, sobre todo de los jóvenes. Esto, antes de la corrida, ya es una fiesta.

Es cerca de las 08:00 del tercer sábado de celebración y la celebración está encendida. Todos bailan y toman trago. La fiesta es animada por la Banda de Girón y Pedro Fernando y Los Rumberos, alternando sus ritmos.

Cada uno de los animales y sus oferentes irán desfilando frente a los priostes, sentados en el puesto de honor, frente a una mesa con botellas de aguardiente, antes de iniciar la corrida.

Para la tercera semana los priostes son José Antonio Ayabaca y su esposa, María Chuchuca. Pero en la mesa principal no están los priostes. Están sus hijos, Franklin y Milton, y la abuela materna de ellos, Manuela Merchán.

Los escogidos para organizar la tercera semana de fiestas están desde hace 17 y 15 años en Estados Unidos. Sus hijos, de 18 y 16 años de edad, en realidad no conocen a sus padres. Han vivido separados toda su vida y el único contacto es por teléfono. Estas fiestas iban a conocerse, pero no llegaron.

- No les salieron los papeles –dice mirando al suelo Milton, un joven tímido con los pelos parados a fuerza de gel. Ni siquiera sabe en qué ciudad viven.

Milton es el más callado e introvertido. Rígido, pasa sentado en la silla con el bastón de mando, negro y con figuras entre las que destaca una cruz. Ese es el símbolo del priostazgo.

A su lado están su hermano, más alejado de su papel de prioste pero más alegre, y su abuela, la que les crió a ellos y cuatro primos más en la misma casa.

Ellos y los invitados toman, bailan con las platilleras y los asistentes, mientras las gradas ya se han empezado a llenar de espectadores.

En las afueras, los toros, unos juveniles y de apariencia inofensiva, otros atemorizantes, esperan inquietos su ingreso. Entran y son recibidos de forma simbólica por los representantes de los priostes.

Son las 08:00, empieza a calentar el sol con timidez y es la hora de la corrida. Un toro, según manda la tradición, será para el guía derecho, otro para el izquierdo, otro para las platilleras y el último para el público, en esta ocasión los jóvenes del club Los Pumas de La Gloria, el barrio de los priostes.

El animador pide por el micrófono tener cuidado con los toros, especialmente a los niños.

- Y sale el primer toro –grita el animador al micrófono.

Y el toro sale. El guía derecho, Eduardo Remache, va detrás y sus acompañantes también. Pero la fiesta para el público es corta, el toro sale por un terreno cercano y luego por las calles de Girón.

Así, los cuatro toros saldrán perseguidos por los participantes en la fiesta.

Unos pocos minutos más tarde, un bullicio anuncia el primer logro: los guambras del club Los Pumas llegan con el primer toro de la mañana, abrazados, aferrados a su rabo, al hocico, al lomo. Las risas, los esfuerzos y los reclamos para pedir ayuda se confunden, cuando entran al estadio, con la música que ha empezado a atacar la Banda de Girón.

El toro ingresa con cierta mansedumbre y es guiado hacia la mesa de los priostes para hacer la venia. Antes, uno de los jóvenes detiene el recorrido, pide subirse en el toro y lo hace, con un aire gallardo. Poco después, el hijo mayor del prioste también se sube y la fiesta se enciende más.

El primer toro en llegar es también el único en escaparse. Sale corriendo y Los Pumas de La Gloria salen atrás.

- Los Pumas ya están haciendo show aparte –dice el animador al público.

Siguen llegando los animales mientras retruena el traqueo, que no ha dejado de sonar desde que empezaron a correr los toros. El traqueo son los juegos pirotécnicos colocados cerca de donde se festeja y revientan con mucho ruido para asustar a los toros. El "cuetero" es Rafael Paredes, de Cuenca.

Cuando ya han llegado los cuatro toros, es el momento del sacrificio. Esta vez serán solo dos, según los priostes, porque eso será suficiente para dar de comer y regalar carne a todos quienes asistirán a la fiesta ese día.

Los dos que recibieron el indulto vuelven a ser amarrados. Pero su destino está marcado, morirán algún día de esa semana. En ese lapso, cada prioste mata cerca de diez toros para dar de comer a los visitantes, lo que representa solamente una parte de los alrededor de 30.000 dólares que invierte en la fiesta cada prioste.

Los guías, Eduardo Remache y José Pillacela, darán muerte a los dos toros mientras suena la chirimía. El instrumento de viento, que da un tono ritual, místico y un poco triste, ha estado ahí desde la mañana.

José Manuel Largo, de Cumbe, es el encargado de tocar el instrumento que en el Ecuador está en peligro de desaparecer. Él sabe solamente de unas tres personas que lo tocan en el Azuay y ni siquiera conoce de alguien que lo haga en Baños, donde antes eran famosos sus intérpretes y en donde aprendió el arte.

Las sogas que atan a los animales para evitar que escapen una vez atrapados, sirven para tumbarlos y ahí matarlos.

- Antes les botaban al suelo solo con las manos, nada de sogas… Así era antes, pero ahora ya ni mote comen –dice uno de los jóvenes para molestar a uno de los más viejos, que es quien pide las sogas.

Mientras se afilan los cuchillos y la música no deja de sonar, el trago sigue recorriendo de mano en mano. Uno de los brindadores es Humberto Merchán, el altarero. Él es "el segundo" del prioste y su misión principal es arreglar el altar para cuando llegue el Señor de Girón a la casa. Eso se hace desde el miércoles, con el tradicional cambio de botellas.

- El cambio se hace una botella nomás, pero después se toman bastantes… -dice Merchán y se ríe.

El alcohol es protagonista en esta fiesta religiosa. Pero ahora se trata de evitar su consumo excesivo.

Los toros escogidos para morir, los que cogieron los guías, están en el suelo y listos para su muerte. La madre de la prioste hace la señal de la cruz y así da permiso para el sacrificio.

Los guías, cada uno por su lado en el estadio, cortan el cuello al toro que no se rinde ni cuando ha sido seccionada su traquea.

La sangre sale en abundancia y empiezan a aparecer los vasos plásticos pequeños. De ahí, los matarifes sacarán la sangre que se toma todo tipo de gente: los viejos, por creencias, los adultos por tradición, los jóvenes como un reto para ver quién puede hacerlo, las jovencitas para probar… Todos toman la sangre y luego beben un "traguito" para pasar el sabor.

Después viene la sacada del "pañuelo", como se denomina a la membrana que cubre la panza del animal y el nervio o médula espinal. Con el primero cubren a los priostes en una celebración que se hace en la casa de ellos; a la segunda se la coloca en el cuello del prioste.

Y el baile empieza, otra vez. La fiesta durará hasta la noche, interrumpida por la procesión de la tarde con los incierros, priostes de un nivel más bajo.

Pero este es solamente un día, pues el resto será de procesiones, bailes, ceremonias, rezos y más durante toda una semana, hasta pasar el priostazgo al siguiente hasta completar las seis semanas. En este año, el último fin de semana de fiesta será el próximo, el 29 y 30 de noviembre.

En el tercer sábado de fiesta, el ritual se cumple en la casa de los priostes, la que construyeron con el dinero ganado en Estados Unidos y la que nunca han habitado. Tal vez en diciembre, cuando piensan llegar de visita.

Ellos están en Norwalk, Connecticut, cuenta Julia Chuchuca, hermana de la prioste y quien también pasó ocho años en Estados Unidos, junto con su esposo, pero regresó porque no se acostumbró.

Julia controla que la celebración siga con normalidad, que nada falle. Es la encargada de coordinar la entrega de comida a los invitados y de entregar las costras, unos panes grandes, el dulce y el queso, que se hizo con la leche que regalaron campesinos de las comunidades el lunes anterior. Ese día se mataron cuatro toros para dar de comer a todos los invitados, cada uno comprado a unos 800 dólares.

Julia cuida todo, incluso que los niños no hagan travesuras, como una de las chiquitas, de no más de cuatro años de edad que patea al perro de la casa.

- No le pegues, no ves que a él también le duele –le dice Julia y se retira a seguir sirviendo la comida.