Los gagones aparecen con el pecado

Redacción Cuenca. Un reciente trabajo en historia y geografía titulado ‘El compadrazgo, como sistema de parentesco artificial en la ciudad de Cuenca’, a cargo de Rosa Andrade y Carmen Zhiña, de la Universidad de Cuenca, presenta una investigación que recava desde el punto de vista antropológico, los diferentes tipos de compadrazgo que se hilan, en torno a los sacramentos católicos.
El libro 'Molleturo Vol. II' rescata la tradición oral El Tiempo

Especial importancia tiene el Bautismo alrededor de los cual se teje una interesante cosmovisión andina que se enriquece con la tradición oral. En este contexto, la búsqueda de padrinos surge como una costumbre de gran relevancia cultural y espiritual, los elegidos generalmente son personas importantes dentro de la comunidad.

Una vez cumplido con el primer ritual exigido por la comunidad católica, este lazo artificial se convierte en sagrado, y ello genera obligaciones de reciprocidad.
En torno a este lazo y sus rituales, se ha generado una serie de creencias, mitos y leyendas estereotipadas como ‘maldiciones’, que recaen sobre el bautizado, sus padres, comunidad e incluso sobre las siguientes generaciones, en el momento de irrespetar el sacramento.


Los compadres no deben discutir, mucho menos pelear, y la intimidad sexual entre ellos es considerada un tabú; pues, a nivel social, conlleva una censura socialmente comparable al incesto.
A partir de ello surge la leyenda del gagón, según dicha investigación, pues, “cuando conviven los compadres”, se hace presente y trae castigo para los infractores.
En La Cultura Popular del Ecuador, publicación del CIDAP de Juan Martínez Borrero y Harald Heizman se lee, através de una informante:
"Los gagones son como unos 'guagua perritos'. Al principio son cenicientos, lo que llamamos 'chucuros' y con el tiempo van haciendose negros hasta volverse 'negro fino'- Se forman cuando se han 'entreverado' entre compadres o parientes, y son las almitas de ellos, andan llorando por los caminos donde trajinan los que están 'mal llevados'. Salen para que alguna persona de 'alma limpia' y quien no sea manchada les aconseje para salvar esa almita y que no se condenen"


Continua la naración: "Esto solo puede conseguirse al principio, pero cuando ya están negros, ya no tienen salvación. Las almas limpias, cuando ven a los gadones, les amarran con un cordel o les pintan la cara con negro humo para ver al día siguiente cuál ha sido el gagón. Si las personas son pecadoras, el gagón les coge la rodilla y le saca el huesito (rótula) y si el alma no es manchada le coge suvecito. Los que han querido coger al gagón estando en pecado no vuelven a hacer eso, porque ya tienen miedo por el dolor de la rodilla. Cuando han cogido el gagón y le han tiznado esperan en ese lugar a ver quién pasa a la madrugada, entre claro y obscuro, el rato que 'arraya' el día le aconseja diciéndole: 'Usted está en pecado, sepárese de esa mala amistad para que no se condene y salve su alma.'"


A los gagones, generalmente, se le atribuye la figura de un perro, con sus patas delanteras más cortas, que en su aparición emiten sonidos infantiles semejantes al llanto de un bebé. Además, según algunas versiones, si se les coloca una cruz de ceniza en la frente, los infractores aparecerán marcados al día siguiente.


También se los encuentra, por ejemplo, en ‘Don Sebastián Chuñir y los gagones de Pahuancay’ del texto ‘Molleturo Vol. II’, del investigador Ángel Puin, que a continuación trascribimos, relato de Sebastián Chumir Macas, contado a sus 74 años. (AMQ) (I)


‘Don Sebastián Chuñir y los
gagones de Pahuancay’
Su flauta no podía faltar en la cintura, o en su pecho como un medallón colgado con un hilo de cabuya en forma de trenza.
Este campesino alegre, de una amabilidad envidiable, disfrutaba de su música en los largos viajes a Cuenca y Naranjal, para llegar a sus propiedades en diferentes distancias (...).
En cierta oportunidad, se trasladó con sus acémilas a traer guineo desde el sector de Olvido, en donde tenía su finca con café, guineo, y su molienda para sacar la panela y la miel, que reemplazaban al azúcar.


En sus planes estaba regresar al siguiente día, por no estar solo en esas quebradas solitarias, y al siguiente día era sábado y tenía que rezar el santo rosario de la aurora con doña Crecencia (su esposa) y sus hijos.
Era devoto de la Virgen, dador de los santos óleos para ayudar a bien morir, catequista, cantor, consejero, lector de la Biblia y al final de la lectura daba la bendición a todos los feligreses, motivo por el cual le apodaban el Padre Sebastián o ‘Taita Chavita’.


Rápidamente, preparó la carga y emprendió la vuelta el mismo día. La noche era de verano, con una luna brillante y cielo estrellado. Pasando por el caserío de Luz María, estaba a pocos kilómetros de su casa e iba adentrándose al pequeño río de Pahuancay. Al pasar el río, las acémilas no querían caminar, soplaban, relinchaban y manoteaban.


Se pasó adelante, les amarró las jetas y las jaló, y en algo se tranquilizaron pero del dolor; entonces avanzó un poco más, pero, después de un momento, nuevamente comenzaron los alborotos, y esta vez con más fuerza. “Esto les tranquilizará” -se dijo-, las amarró sin mucha consideración a un árbol, y se puso a tocar su flauta.


Sabía que la música ahuyenta los malos espíritus, tranquiliza y alegra el ambiente. Con ella había solemnizado las pasadas del niño en la Navidad, los cantos, piadosos del Viernes Santo, las canciones del mes de María en el rosario de la aurora, una que otra fiesta, las serenatas a Santa Rosa, y hasta en los velorios alguna vez un religioso misionero, que se encontraba un poco acongojado, le había pedido que toque para aliviar su cansancio y sus tensiones (como en la Biblia, cuando David toca el arpa para el Rey Saúl). (...)


Había tocado algunas melodías, estaba entonando otras cuando de pronto se asomaron dos perros que salieron del bosque, de un raro color, que a ratos brillaban luego se oscurecían al escuchar su música, y se pusieron a bailar en dos patas acompasadamente y aullando con un breve sonido.


El hombre tocó unas cuantas piezas del bello pentagrama. A estos dos perros se sumaron otros similares, y cuando terminaba de tocar los perros ladraban como que querían más música. Al mismo tiempo se acercaban tratando de morder, pero no podían llegar hasta su cuerpo.


En esta confusión estaba cuando del bosque salió un hombre grande, con un látigo y una enorme red en forma de cesta (canasta), que hizo sonar el látigo en el suelo tres veces diciendo: “Ven esta carne está fresca y conservada pero imposible para comer, además de eso lleva en el pecho una pallcarigra con guano de borrego, un retrato de Runa Manuel (rosario con crucifijo de Dios en forma de medalla), y por tal motivo no nos pertenece por el momento; no pasen tiempo, hoy dormirán sin merendar por elegir un mal bocado”.


Los perros (gagones) se fueron en precipitada carrera, todos se subieron al cesto mientras el hombre echaba al hombro, y desaparecieron exhalando diferentes aullidos en medio del tupido bosque. (F)