Vacío: Nómadas o Mártires

Desde hace tiempo ha sido superado o, por lo menos, hoy es tratado como lo que es: un pseudoproblema, el echo de que un artista haga suya una problemática aparentemente ajena, desprovista de color local, despojada de ese peso atávico, identitario con lo ecuatoriano o, más bien, con lo que creemos representa lo ecuatoriano.

Hemos pasado de una hiperconcienciación de nuestra diversidad hacia el nomadismo del acto literario; es decir, de una generación del 30 preocupada por los grupos entonces segregados del país (cholos, montubios, indios y afrodescendientes), protagonistas de obras extraordinarias con sus paisajes crudos, sus rebeliones sofocadas, su lenguaje caústico que acabó con el uso de ese español castizo de sus predecesores, a los fantasmas de una generación trashumante que habita en el corazón del desarraigo, ora en Guayaquil, ora en Barcelona o en Roma.

Por ejemplo, Jorge Icaza encontraba la violencia, o mejor, la revolución como la única poética posible para sus seres explotados, mientras para Mónica Ojeda la revolución de hoy no radica en una toma del poder por las armas, sino en la naturalización y, por tanto, descosificación del cuerpo humano.

En una de sus novelas lo deja claro: “…nunca nuestro cuerpo es más nuestro que cuando nos duele”. La frase es antológica porque ayudaría a encontrar una solución a ese pseudoproblema que no necesita de una, si lo tomamos como tal.

El artista hace suyas sus obsesiones cuando las vive intensamente, sólo así el arte resulta una conciliación con nuestros abismos. Sin embargo, cabe advertir del peligro cuando permitimos que el arte se deje habitar de nacionalismos exacerbados, pues acaban por imponerle una terrible prohibición al artista: no hablar del universo.

En el ensayo El escritor argentino y la tradición, Borges cuenta haber encontrado en Historia de la declinación y caída del Imperio Romano, de Gibbon la afirmación de que lo “verdaderamente nativo suele y puede prescindir del color local”.

Cuenta que Gibbon al leer el libro árabe por excelencia Alcorán, no encontraba camellos y que eso bastaría para probar su inautencidad arábiga, porque un turista o un nacionalista árabe al escribrirlo, hubiera tomado como primera decisión desperdigar camellos a lo largo y ancho del desierto, en tanto, Mahoma no lo hizo en su libro porque sabía que los camellos formaban parte de la realidad y era innecesario distinguirlos.

Borges culmina uno de los párrafos con una astucia: “El culto argentino del color local es un reciente culto europeo que los nacionalistas deberían rechazar por foráneo”.

Para Borges, el color local argentino no radicaba en bailar un tango o comer una milanesa, sino en el patetismo de cualquier hombre que al verse duplicado en un espejo acaba por dilucidar que, a lo mejor, su reflejo forma parte de una interminable sucesión de espejos, cuyos vidrios diáfanos son en realidad la puesta en escena de algún laberinto.

Entonces nuestra tradición ecuatoriana y latinoamericana debería consistir en la posibilidad de abarcar todos los temas, siempre y cuando los conozcamos de antemano. Lo que me lleva a Vacío, ópera prima del director ecuatoriano Paúl Venegas, una historia que cuenta una suerte de odisea suburbana y clandestina de dos migrantes chinos, Lei y Wong, quienes al arribar a Guayaquil se encuentran con Chang, jefe de una organización criminal, el cual por medio de una treta intentará desprenderlos de toda individualidad posible, sin dejarles cabida ni siquiera -en los entresijos de su poder- a los sueños ni a la dignidad de cada uno.

Es esta errancia de los migrantes chinos, bajo la égida de Chang y los muros y techos de sus tapaderas de negocios ilícitos, lo que por el contrario muestra como elemento extraño la aparición de Víctor, un joven guayaquileño que trabaja para el jefe criminal en uno de sus bazares.

Víctor, en ocasiones, funge a través de un estereotipo del costeño hablador (amante del Emelec, de las cervezas y de las cangrejadas), como un agente blanqueador de lo que pudo resultar una profundización de las relaciones entre la cultura nacional (con su aciertos y prejuicios) y la milenaria sabiduría china.

Pero, Víctor, Lei y Wong poseen en común una meta simple en su pronunciación, pero dolorosa en su consecusión y su grito: una vida digna, palabras que desde el inicio de los tiempos las cargamos como una cruz. Como quien dice, si la felicidad es un calvario, que otro remedio sino cruzarla dignamente.

“A veces, no importa si ganas, porque por ser fiel a tus principios no te queda otra opción más que escapar”, dice Lei al inicio de la película, momentos antes de su desembarco en una tierra cuyos hombres la expulsan por ese deseo a veces monstruso, a veces tierno de poseerla sin límites posibles. Como quien dice, que para ser íntegros o nos volvemos nómadas o mártires. (O)

Autor: Christian Espinoza Parra, de Club Cine Catarsis

Tráiler 

Vacío: Nómadas o Mártires

Desde hace tiempo ha sido superado o, por lo menos, hoy es tratado como lo que es: un pseudoproblema, el echo de que un artista haga suya una problemática aparentemente ajena, desprovista de color local, despojada de ese peso atávico, identitario con lo ecuatoriano o, más bien, con lo que creemos representa lo ecuatoriano.

Hemos pasado de una hiperconcienciación de nuestra diversidad hacia el nomadismo del acto literario; es decir, de una generación del 30 preocupada por los grupos entonces segregados del país (cholos, montubios, indios y afrodescendientes), protagonistas de obras extraordinarias con sus paisajes crudos, sus rebeliones sofocadas, su lenguaje caústico que acabó con el uso de ese español castizo de sus predecesores, a los fantasmas de una generación trashumante que habita en el corazón del desarraigo, ora en Guayaquil, ora en Barcelona o en Roma.

Por ejemplo, Jorge Icaza encontraba la violencia, o mejor, la revolución como la única poética posible para sus seres explotados, mientras para Mónica Ojeda la revolución de hoy no radica en una toma del poder por las armas, sino en la naturalización y, por tanto, descosificación del cuerpo humano.

En una de sus novelas lo deja claro: “…nunca nuestro cuerpo es más nuestro que cuando nos duele”. La frase es antológica porque ayudaría a encontrar una solución a ese pseudoproblema que no necesita de una, si lo tomamos como tal.

El artista hace suyas sus obsesiones cuando las vive intensamente, sólo así el arte resulta una conciliación con nuestros abismos. Sin embargo, cabe advertir del peligro cuando permitimos que el arte se deje habitar de nacionalismos exacerbados, pues acaban por imponerle una terrible prohibición al artista: no hablar del universo.

En el ensayo El escritor argentino y la tradición, Borges cuenta haber encontrado en Historia de la declinación y caída del Imperio Romano, de Gibbon la afirmación de que lo “verdaderamente nativo suele y puede prescindir del color local”.

Cuenta que Gibbon al leer el libro árabe por excelencia Alcorán, no encontraba camellos y que eso bastaría para probar su inautencidad arábiga, porque un turista o un nacionalista árabe al escribrirlo, hubiera tomado como primera decisión desperdigar camellos a lo largo y ancho del desierto, en tanto, Mahoma no lo hizo en su libro porque sabía que los camellos formaban parte de la realidad y era innecesario distinguirlos.

Borges culmina uno de los párrafos con una astucia: “El culto argentino del color local es un reciente culto europeo que los nacionalistas deberían rechazar por foráneo”.

Para Borges, el color local argentino no radicaba en bailar un tango o comer una milanesa, sino en el patetismo de cualquier hombre que al verse duplicado en un espejo acaba por dilucidar que, a lo mejor, su reflejo forma parte de una interminable sucesión de espejos, cuyos vidrios diáfanos son en realidad la puesta en escena de algún laberinto.

Entonces nuestra tradición ecuatoriana y latinoamericana debería consistir en la posibilidad de abarcar todos los temas, siempre y cuando los conozcamos de antemano. Lo que me lleva a Vacío, ópera prima del director ecuatoriano Paúl Venegas, una historia que cuenta una suerte de odisea suburbana y clandestina de dos migrantes chinos, Lei y Wong, quienes al arribar a Guayaquil se encuentran con Chang, jefe de una organización criminal, el cual por medio de una treta intentará desprenderlos de toda individualidad posible, sin dejarles cabida ni siquiera -en los entresijos de su poder- a los sueños ni a la dignidad de cada uno.

Es esta errancia de los migrantes chinos, bajo la égida de Chang y los muros y techos de sus tapaderas de negocios ilícitos, lo que por el contrario muestra como elemento extraño la aparición de Víctor, un joven guayaquileño que trabaja para el jefe criminal en uno de sus bazares.

Víctor, en ocasiones, funge a través de un estereotipo del costeño hablador (amante del Emelec, de las cervezas y de las cangrejadas), como un agente blanqueador de lo que pudo resultar una profundización de las relaciones entre la cultura nacional (con su aciertos y prejuicios) y la milenaria sabiduría china.

Pero, Víctor, Lei y Wong poseen en común una meta simple en su pronunciación, pero dolorosa en su consecusión y su grito: una vida digna, palabras que desde el inicio de los tiempos las cargamos como una cruz. Como quien dice, si la felicidad es un calvario, que otro remedio sino cruzarla dignamente.

“A veces, no importa si ganas, porque por ser fiel a tus principios no te queda otra opción más que escapar”, dice Lei al inicio de la película, momentos antes de su desembarco en una tierra cuyos hombres la expulsan por ese deseo a veces monstruso, a veces tierno de poseerla sin límites posibles. Como quien dice, que para ser íntegros o nos volvemos nómadas o mártires. (O)

Autor: Christian Espinoza Parra, de Club Cine Catarsis

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