Procrastinar se relaciona con el estado de ánimo

Dejar para mañana lo que se puede hacer hoy es muy común y a veces peligroso. Sin embargo, también puede ser una señal de alarma para quienes se imponen un ritmo de trabajo demasiado exigente. ¿Cómo se interpreta que una persona aplace ciertas tareas y que se sienta mal por ello?

¡Que tire la primera piedra quien en algún momento no ha aplazado alguna tarea importante, aburrida o difícil a cambio de organizar su armario! Muchos lo llaman holgazanería, otros pérdida de tiempo, y en los últimos años se ha puesto de moda el verbo ‘procrastinar’. Se interpreta como dejar para mañana lo que se podría hacer hoy. El vocablo ‘procrastinar’ aparecía ya en diccionarios de español del siglo XVIII y según la Real Academia Española, DRAE, significa ‘diferir’, ‘aplazar’.

“¿Y si antes de empezar lo que hay que hacer, empezamos lo que tendríamos que haber hecho?”, esta es una de las frases famosas de Felipe, el mejor amigo de Mafalda, y alude a la cuestión de evadir tareas, un pecado capital en el siglo de la eficiencia y la hiperactividad productiva.

“Me da pereza escribir la tesis de licenciatura; me compré un escritorio y una silla para estar cómoda y aún así no comienzo aún”, confiesa avergonzada la joven Paola Martínez. Relata que le “cuesta cumplir” con su tarea académica y se ha propuesto establecer metas diarias y pedir la ayuda de un psicólogo.

Procrastinar nos provoca frustración y refleja bajos índices de autodisciplina, “debido a una incapacidad para manejar un estado de ánimo negativo en torno a una obligación”, apunta la psicóloga clínica Fernanda Placencia.

Según destaca la especialista, procrastinamos para evitar sentimientos negativos, pero a la larga terminamos sintiéndonos aún peor y más estresados.

La solución, subraya la profesional, “no es aprender métodos de autocontrol sino es saber gestionar las emociones de una manera diferente”.

El antropólogo Andrés Ortiz considera que no hay un verdadero problema en procrastinar. Las obligaciones del día a día y el ritmo de trabajo estricto que nos imponemos nos determina sentirnos culpables cuando aplazamos un quehacer. Ortiz cree que esto es un indicador que advierte que estamos sometidos a un ritmo excesivo de requerimientos que desbordan nuestra capacidad de realizarlos o afrontarlos. “Debemos reivindicar el derecho a la pereza como lo hacía el revolucionario socialista Paul Lafargue”, manifiesta el antropólogo español, quien añade que no confía en “los vendedores de autoayuda”.

“Estaba escribiendo una etnografía, pero me dio hambre y me hice una tostada; luego decidí lavar los platos; cuando acabé me puse a ver una película en Netflix y actualicé las redes sociales; y, ¿por qué debo sentirme mal por ello?”, refuta Ortiz.

“Las nuevas tecnologías obligaron a las personas a vivir deprisa y a distribuir mal su tiempo”, asevera el neuropsicólogo Gonzalo Machado. Estudió que procrastinamos porque nuestras conductas de postergación han sido reforzadas y han tenido éxito. Refiere que el procrastinador es aquel que sabe lo que quiere hacer, que sabe que puede y que trata de hacerlo, pero que en realidad no lo hace.

Cuando procrastinamos, en realidad no es que dejemos de trabajar en algo, “lo que ciertamente ocurre es que nos volvemos sumamente productivos en otras tareas que no son importantes en ese momento”, concluye.

Y parafraseando a Mafalda, “si no supiera que tengo flojera me iba directo a urgencias”. (I)

DATOS
-Procrastinar. Significa posponer o aplazar tareas, deberes y responsabilidades por otras actividades que nos resultan más gratificantes.
-Tipos. Según indican los expertos, existen tres tipos de procrastinación: por evasión, de activación y por indecisión (complejo de Penólope).
-Paul Lafargue. Fue un revolucionario socialista francés, yerno de Carl Marx. Escribió un ensayo irónico y polémico en 1880, ‘El derecho a la pereza’.

Mihaela Ionela Badin
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Procrastinar se relaciona con el estado de ánimo

Dejar para mañana lo que se puede hacer hoy es muy común y a veces peligroso. Sin embargo, también puede ser una señal de alarma para quienes se imponen un ritmo de trabajo demasiado exigente. ¿Cómo se interpreta que una persona aplace ciertas tareas y que se sienta mal por ello?

¡Que tire la primera piedra quien en algún momento no ha aplazado alguna tarea importante, aburrida o difícil a cambio de organizar su armario! Muchos lo llaman holgazanería, otros pérdida de tiempo, y en los últimos años se ha puesto de moda el verbo ‘procrastinar’. Se interpreta como dejar para mañana lo que se podría hacer hoy. El vocablo ‘procrastinar’ aparecía ya en diccionarios de español del siglo XVIII y según la Real Academia Española, DRAE, significa ‘diferir’, ‘aplazar’.

“¿Y si antes de empezar lo que hay que hacer, empezamos lo que tendríamos que haber hecho?”, esta es una de las frases famosas de Felipe, el mejor amigo de Mafalda, y alude a la cuestión de evadir tareas, un pecado capital en el siglo de la eficiencia y la hiperactividad productiva.

“Me da pereza escribir la tesis de licenciatura; me compré un escritorio y una silla para estar cómoda y aún así no comienzo aún”, confiesa avergonzada la joven Paola Martínez. Relata que le “cuesta cumplir” con su tarea académica y se ha propuesto establecer metas diarias y pedir la ayuda de un psicólogo.

Procrastinar nos provoca frustración y refleja bajos índices de autodisciplina, “debido a una incapacidad para manejar un estado de ánimo negativo en torno a una obligación”, apunta la psicóloga clínica Fernanda Placencia.

Según destaca la especialista, procrastinamos para evitar sentimientos negativos, pero a la larga terminamos sintiéndonos aún peor y más estresados.

La solución, subraya la profesional, “no es aprender métodos de autocontrol sino es saber gestionar las emociones de una manera diferente”.

El antropólogo Andrés Ortiz considera que no hay un verdadero problema en procrastinar. Las obligaciones del día a día y el ritmo de trabajo estricto que nos imponemos nos determina sentirnos culpables cuando aplazamos un quehacer. Ortiz cree que esto es un indicador que advierte que estamos sometidos a un ritmo excesivo de requerimientos que desbordan nuestra capacidad de realizarlos o afrontarlos. “Debemos reivindicar el derecho a la pereza como lo hacía el revolucionario socialista Paul Lafargue”, manifiesta el antropólogo español, quien añade que no confía en “los vendedores de autoayuda”.

“Estaba escribiendo una etnografía, pero me dio hambre y me hice una tostada; luego decidí lavar los platos; cuando acabé me puse a ver una película en Netflix y actualicé las redes sociales; y, ¿por qué debo sentirme mal por ello?”, refuta Ortiz.

“Las nuevas tecnologías obligaron a las personas a vivir deprisa y a distribuir mal su tiempo”, asevera el neuropsicólogo Gonzalo Machado. Estudió que procrastinamos porque nuestras conductas de postergación han sido reforzadas y han tenido éxito. Refiere que el procrastinador es aquel que sabe lo que quiere hacer, que sabe que puede y que trata de hacerlo, pero que en realidad no lo hace.

Cuando procrastinamos, en realidad no es que dejemos de trabajar en algo, “lo que ciertamente ocurre es que nos volvemos sumamente productivos en otras tareas que no son importantes en ese momento”, concluye.

Y parafraseando a Mafalda, “si no supiera que tengo flojera me iba directo a urgencias”. (I)

DATOS
-Procrastinar. Significa posponer o aplazar tareas, deberes y responsabilidades por otras actividades que nos resultan más gratificantes.
-Tipos. Según indican los expertos, existen tres tipos de procrastinación: por evasión, de activación y por indecisión (complejo de Penólope).
-Paul Lafargue. Fue un revolucionario socialista francés, yerno de Carl Marx. Escribió un ensayo irónico y polémico en 1880, ‘El derecho a la pereza’.

Mihaela Ionela Badin
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