Paprika: Habitante de los intervalos

Cuando buscamos cine encontramos una abundante cantidad de motivaciones y discordias. Porque en el cine: ¿qué hay? ¿qué debe haber?, ¿hay algo? Desde el entretenimiento hasta la terapéutica, el cine ha estado a disposición de las necesidades de cada época, por lo que incluso ha debido definirse interminables veces. Sin embargo, casi siempre se ubica “entre”: entre dos estadios, entre dos sentires, entre dos escenas, entre dos planos. A veces las historias no son una razón suficiente para el cine, sino únicamente otro espacio para buscar esa razón perdida “entre” esos lugares y estadios.

Por ejemplo, el cine de Satoshi Kon es infinitamente satisfactorio si la búsqueda es ésta, pues, siempre está en ese sospechoso espacio determinado entre dos cosas, pero que parece ser indefinible por sí mismo. Todo el cine de Satoshi Kon parece que en cierto momento dialoga e intercambia elementos. Cada película tiene una parte de otra, pero exponiendo continuamente la otra cara de la misma. Resulta así, un cine que explora y mantiene el flujo de la imagen dentro de un cauce constante, un abigarrado conjunto de elementos ambulantes y movientes.
 
En Paprika (2006), Satoshi Kon aborda la relación entre dos estadios que representan una eterna dualidad que todavía desvela el espíritu intelectual de algunos seres: sueño y realidad, pero tratados como uno y vistos a través de los efectos del otro.
 
La Dra. Atsuko Chiba -una de las protagonistas de la película- es una investigadora que de día trabaja en un centro de investigación psiquiátrica, y de noche funge como una suerte de detective onírica. Ella junto a sus colegas han desarrollado un aparato tecnológico capaz de tratar traumas en algunos pacientes, a través de una búsqueda en su inconsciente para intervenir directamente sus sueños. De repente, uno de los prototipos del DC - Mini es robado. Todos temen las posibles consecuencias derivadas del mal uso del dispositivo. Paprika –heterónimo de Atsuko– irá en busca del culpable y sus motivaciones.
 
Satoshi Kon trata la dualidad mediante la propia forma de su película. Hasta los personajes discuten sobre ella y la apuesta moral que implica la capacidad de dominar los sueños. Satoshi Kon sabe que el dominio de los sueños, quizá se posibilitó con el advenimiento del cine y, por supuesto, sus personajes hablan de él. De hecho, Paprika es una cinéfila empedernida que encontrará por medio del cine la manera de resolver el crimen. La persecución en Paprika es un mero accesorio que sirve para desbordar una forma fílmica que habla de relacionantes e intercambios, de la percepción y la vida, de la realidad y el estado onírico. La elección de las imágenes y su capacidad para habitar una escena siguiente, dota a Paprika de una armonía cinematográfica que nos permite viajar dentro de la película y entender la dualidad de los sueños y la realidad como un estado prolongado, como si de un trance se tratara.
 
Satoshi Kon combina la inestabilidad de sus imágenes con una banda sonora de matices electrónicos, haciendo de la vertiginosidad de la imagen un propulsor en eterna transformación: las transformaciones nunca terminan en Paprika. Esto junto al dominio de los géneros que demuestra Satoshi Kon, posibilita que Paprika dialogue desde varios tonos y subraye la definición de sí misma. La película pertenece al género policial de estructura primaria, sin embargo, esta termina siendo una superficialidad que finalmente es el dispositivo para hablar sobre la alternancia de los estados psíquicos humanos, y de su imperceptible prolongación y constancia.
 
Paprika es inevitablemente una experiencia inquietante y divertida, pero, sobre todo, es pensamiento sobre el tiempo, la realidad y los sueños, de su simbiosis y de sus efectos sobre nuestra vida cotidiana. Mediante una trama trepidante e intercambiable, un poco de filosofía y maravillosas transiciones, Satoshi Kon nos hace participes y habitantes de los sueños ambiguos y particulares que habitan en el inconsciente del ser humano. Sin quererlo también nos brinda una importante pieza para el entendimiento fílmico y el desborde del movimiento cinemático y, por otro lado, esa lucidez alucinada para comprender que los sueños se expresan a través de nosotros, y no al revés.

Autor: Hugo Villamar, de Cine Club Catarsis.

Tráiler

Paprika: Habitante de los intervalos

Cuando buscamos cine encontramos una abundante cantidad de motivaciones y discordias. Porque en el cine: ¿qué hay? ¿qué debe haber?, ¿hay algo? Desde el entretenimiento hasta la terapéutica, el cine ha estado a disposición de las necesidades de cada época, por lo que incluso ha debido definirse interminables veces. Sin embargo, casi siempre se ubica “entre”: entre dos estadios, entre dos sentires, entre dos escenas, entre dos planos. A veces las historias no son una razón suficiente para el cine, sino únicamente otro espacio para buscar esa razón perdida “entre” esos lugares y estadios.

Por ejemplo, el cine de Satoshi Kon es infinitamente satisfactorio si la búsqueda es ésta, pues, siempre está en ese sospechoso espacio determinado entre dos cosas, pero que parece ser indefinible por sí mismo. Todo el cine de Satoshi Kon parece que en cierto momento dialoga e intercambia elementos. Cada película tiene una parte de otra, pero exponiendo continuamente la otra cara de la misma. Resulta así, un cine que explora y mantiene el flujo de la imagen dentro de un cauce constante, un abigarrado conjunto de elementos ambulantes y movientes.
 
En Paprika (2006), Satoshi Kon aborda la relación entre dos estadios que representan una eterna dualidad que todavía desvela el espíritu intelectual de algunos seres: sueño y realidad, pero tratados como uno y vistos a través de los efectos del otro.
 
La Dra. Atsuko Chiba -una de las protagonistas de la película- es una investigadora que de día trabaja en un centro de investigación psiquiátrica, y de noche funge como una suerte de detective onírica. Ella junto a sus colegas han desarrollado un aparato tecnológico capaz de tratar traumas en algunos pacientes, a través de una búsqueda en su inconsciente para intervenir directamente sus sueños. De repente, uno de los prototipos del DC - Mini es robado. Todos temen las posibles consecuencias derivadas del mal uso del dispositivo. Paprika –heterónimo de Atsuko– irá en busca del culpable y sus motivaciones.
 
Satoshi Kon trata la dualidad mediante la propia forma de su película. Hasta los personajes discuten sobre ella y la apuesta moral que implica la capacidad de dominar los sueños. Satoshi Kon sabe que el dominio de los sueños, quizá se posibilitó con el advenimiento del cine y, por supuesto, sus personajes hablan de él. De hecho, Paprika es una cinéfila empedernida que encontrará por medio del cine la manera de resolver el crimen. La persecución en Paprika es un mero accesorio que sirve para desbordar una forma fílmica que habla de relacionantes e intercambios, de la percepción y la vida, de la realidad y el estado onírico. La elección de las imágenes y su capacidad para habitar una escena siguiente, dota a Paprika de una armonía cinematográfica que nos permite viajar dentro de la película y entender la dualidad de los sueños y la realidad como un estado prolongado, como si de un trance se tratara.
 
Satoshi Kon combina la inestabilidad de sus imágenes con una banda sonora de matices electrónicos, haciendo de la vertiginosidad de la imagen un propulsor en eterna transformación: las transformaciones nunca terminan en Paprika. Esto junto al dominio de los géneros que demuestra Satoshi Kon, posibilita que Paprika dialogue desde varios tonos y subraye la definición de sí misma. La película pertenece al género policial de estructura primaria, sin embargo, esta termina siendo una superficialidad que finalmente es el dispositivo para hablar sobre la alternancia de los estados psíquicos humanos, y de su imperceptible prolongación y constancia.
 
Paprika es inevitablemente una experiencia inquietante y divertida, pero, sobre todo, es pensamiento sobre el tiempo, la realidad y los sueños, de su simbiosis y de sus efectos sobre nuestra vida cotidiana. Mediante una trama trepidante e intercambiable, un poco de filosofía y maravillosas transiciones, Satoshi Kon nos hace participes y habitantes de los sueños ambiguos y particulares que habitan en el inconsciente del ser humano. Sin quererlo también nos brinda una importante pieza para el entendimiento fílmico y el desborde del movimiento cinemático y, por otro lado, esa lucidez alucinada para comprender que los sueños se expresan a través de nosotros, y no al revés.

Autor: Hugo Villamar, de Cine Club Catarsis.

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