Panamá: La conciliación de los diversos

FOTO: Captura de pantalla

En alguna ocasión, Vargas Llosa dijo que en la guerra el poeta se hace matar en el frente, en tanto, el novelista espera para escribirla. El cineasta, sin duda, también espera para construir su obra. En el arte, la espera es imprescindible para alejarse ideológicamente, en la medida en que alejarse evita confeccionar panfletos políticos o documentos lastrados por un chato y deslucido realismo social. Sólo el choque de la estética contra la vida (y la victoria de la segunda) es capaz de producir obras maestras, pues una cosa es que la autonomía del arte enriquezca la realidad real y otra muy distinta creer que el arte se sostiene por sí mismo, sin necesidad de una transubstanciación de la experiencia vivida.

Así Panamá, tercer largometraje del director ecuatoriano Javier Izquierdo, es una conversación que basada en un hecho real y bajo una apariencia inofensiva va develando el convulso trasfondo político de los noventas: la política agresiva de Ronald Reagan, la realidad violenta e inconforme de las guerrillas latinoamericanas y el régimen neoliberal y sanguinario de León Febres Cordero.

Extranjeros en una ciudad de paso, de música, de sexo y diversión, los protagonistas Esteban y José Luis evocan su pasado mutuo, compartido sin uso de flashbacks, ni la exhibición de villas miseria mientras hablan de la pobreza, porque en Panamá, la pobreza de este mundo es también la imposibilidad de quitarnos las máscaras para no representar más nunca un papel, la imposibilidad de no continuar más aquel camino determinado por la tumefacta gloria del poder, la imposibilidad de esperar como el novelista en medio de la guerra y ser más como ese poeta que necesita hacerse matar en el frente, aunque siempre el poeta sea un triste poeta. “Jugamos a ser héroes porque somos cobardes y a ser santos porque somos malvados; jugamos a ser asesinos porque nos morimos de ganas de matar al prójimo, jugamos porque somos mentirosos de nacimiento”, dice Sartre en el primer epígrafe de La ciudad y los perros.

Sin embargo, más allá de ese escenario de oropel prefabricado por los titiriteros supremos en que consiste la realidad de Panamá, en Esteban y José Luis es posible hallar la conciliación a pesar de la polaridad de sus opiniones: la del uno, favorable al imperialismo estadounidense como el único modo de sobrevivir (de soslayo) al horror, la del otro en cambio, una reivindicación a mirar ese horror, incomodarse, intentar cambiarlo. De modo que la conciliación, el perdón, la tolerancia a lo diverso no consiste en la conversación, sino en los silencios prolongados, efímeros, solo así se explica que al final ya todo haya quedado implícito, sobreentendido. (O)

Autor: Christian Espinoza Parra, de Cine Club Catarsis 

Trailer

Panamá: La conciliación de los diversos

FOTO: Captura de pantalla

En alguna ocasión, Vargas Llosa dijo que en la guerra el poeta se hace matar en el frente, en tanto, el novelista espera para escribirla. El cineasta, sin duda, también espera para construir su obra. En el arte, la espera es imprescindible para alejarse ideológicamente, en la medida en que alejarse evita confeccionar panfletos políticos o documentos lastrados por un chato y deslucido realismo social. Sólo el choque de la estética contra la vida (y la victoria de la segunda) es capaz de producir obras maestras, pues una cosa es que la autonomía del arte enriquezca la realidad real y otra muy distinta creer que el arte se sostiene por sí mismo, sin necesidad de una transubstanciación de la experiencia vivida.

Así Panamá, tercer largometraje del director ecuatoriano Javier Izquierdo, es una conversación que basada en un hecho real y bajo una apariencia inofensiva va develando el convulso trasfondo político de los noventas: la política agresiva de Ronald Reagan, la realidad violenta e inconforme de las guerrillas latinoamericanas y el régimen neoliberal y sanguinario de León Febres Cordero.

Extranjeros en una ciudad de paso, de música, de sexo y diversión, los protagonistas Esteban y José Luis evocan su pasado mutuo, compartido sin uso de flashbacks, ni la exhibición de villas miseria mientras hablan de la pobreza, porque en Panamá, la pobreza de este mundo es también la imposibilidad de quitarnos las máscaras para no representar más nunca un papel, la imposibilidad de no continuar más aquel camino determinado por la tumefacta gloria del poder, la imposibilidad de esperar como el novelista en medio de la guerra y ser más como ese poeta que necesita hacerse matar en el frente, aunque siempre el poeta sea un triste poeta. “Jugamos a ser héroes porque somos cobardes y a ser santos porque somos malvados; jugamos a ser asesinos porque nos morimos de ganas de matar al prójimo, jugamos porque somos mentirosos de nacimiento”, dice Sartre en el primer epígrafe de La ciudad y los perros.

Sin embargo, más allá de ese escenario de oropel prefabricado por los titiriteros supremos en que consiste la realidad de Panamá, en Esteban y José Luis es posible hallar la conciliación a pesar de la polaridad de sus opiniones: la del uno, favorable al imperialismo estadounidense como el único modo de sobrevivir (de soslayo) al horror, la del otro en cambio, una reivindicación a mirar ese horror, incomodarse, intentar cambiarlo. De modo que la conciliación, el perdón, la tolerancia a lo diverso no consiste en la conversación, sino en los silencios prolongados, efímeros, solo así se explica que al final ya todo haya quedado implícito, sobreentendido. (O)

Autor: Christian Espinoza Parra, de Cine Club Catarsis 

Trailer