Los dos papas: Dios olvida, pero yo no

Aparentemente, la polémica entre el papa Francisco y el papa emérito Benedicto XVI se ha solucionado, luego de que éste ordenara quitar su firma y su foto del libro From the depths of our hearts, coestrico con el cardenal conservador africano Robert Sarah (favorito para el próximo cónclave), en el cual defienden a ultranza el celibato: un precepto de la Iglesia que Francisco parece intentar flexibilizar para casos excepcionales, como (¿sólo?) el de los sacerdotes en las regiones amazónicas. Quizá, la polémica alarmó a la comunidad internacional tanto por la delicadeza del tema, así como por el poco tiempo transcurrido de la última película de Fernando Meirelles, Los dos papas que, echas las sumas y las restas, contribuye positiva y tristemente al actual cisma de la Iglesia Católica.

Meirelles es un director de cine brasileño, conocido por la célebre Ciudad de dios, una película en la que no cabe la tolerancia ni la ternura, apenas unos tiros de pistola o de metralla para tapar tanto hueco insaciable por donde se escapa la justicia y la equidad social. Hasta la frase identiraria de la película resulta ilustrativa: “Lucha y nunca sobrevivirás... Corre y nunca escaparás...” En cambio, Los dos papas es una batalla por medio de la palabra que acaba por ofrecer como paliativo para el sufrimiento humano la hagiografía de Francisco, que rescata de la desesperanza a Benedicto XVI, durante un encuentro ficticio entre ambos antes de la renuncia de éste ultimo al papado. Ciudad de Dios, es el cuerpo lacerado de Cristo bajo el látigo de los romanos y la mirada indiferente de Herodes; Los dos papas, es Pilatos lavándose las manos. “Dios olvida, pero yo no”, dice Francisco en la cinta que, también olvida y mucho. Luis Martínez, de El Mundo escribe: «Y así hasta construir una cinta sostenida básicamente por dos interpretaciones memorables cuya evidente finalidad es presentar al papa actual y activo como la respuesta a una necesidad global y a un tiempo en el que, a decir del director, dios es político o no es. En el ideario de Bergoglio, siempre según Meirelles, la realidad es tozuda, inamovible y hasta de derechas y la respuesta de la fe sólo puede ser la contraria. Es decir, dios no sólo es político sino que, además, es de izquierdas; "de los pobres", dice. »

Me interesa la opinión de Martínez, porque ese progresismo de Francisco frente al convervadurismo de Benedicto XVI (quien incluso llega a ofrecer “una verdad única e inalterable para salvar a la iglesia”), junto al humor de la película, fungen como agentes blanqueadores de una realidad soterrada, pero aterradoramente evidente: los abusos sexuales (apenas se toca el caso del padre Maciel, como si no existieran curas Preynat, curas McCarrick, curas Smyth, curas Grassi, curas Cordero, porque según palabras de Meirelles para la CNN en los Premios Globos de Oro: “hablar mucho de la pedofilia cambiaría la película”) y la intolerancia hacia el colectivo LGBT y su lucha por la igualdad de derechos, y la posición de la mujer en la iglesia y el mundo que, desde la Santa Sede, por siglos han sido encubiertos y hasta avidados a fuerza de silenciarlos. Por eso, Francisco debe ser políticamente inclusivo, políticamente correcto: mirar el fútbol, comer pizza y bailar tango. Y debe guardarse silencio, cerrase la puerta cuando Benedicto XVI confiesa sus pecados a Francisco.

Por otro lado, vale recalcar que la cinta tampoco puede tomarse como un documento histórico, fidedigno a los acontecimientos, es ficción y como ficción tiene sus libertades, pero deja escapar, por desgracia, una oportunidad invaluable para reflexionar más profundamente sobre la crisis de la fé, no solo católica, sino la fé del hombre, en la medida de esa embriaguez necesaria para sobrevivir a esta realidad que parece habernos enseñado a creer en dios para desconfiar de nosotros mismos. (O)


Autor: Christian Espinoza Parra, de Club Cine Catarsis

Tráiler

Los dos papas: Dios olvida, pero yo no

Aparentemente, la polémica entre el papa Francisco y el papa emérito Benedicto XVI se ha solucionado, luego de que éste ordenara quitar su firma y su foto del libro From the depths of our hearts, coestrico con el cardenal conservador africano Robert Sarah (favorito para el próximo cónclave), en el cual defienden a ultranza el celibato: un precepto de la Iglesia que Francisco parece intentar flexibilizar para casos excepcionales, como (¿sólo?) el de los sacerdotes en las regiones amazónicas. Quizá, la polémica alarmó a la comunidad internacional tanto por la delicadeza del tema, así como por el poco tiempo transcurrido de la última película de Fernando Meirelles, Los dos papas que, echas las sumas y las restas, contribuye positiva y tristemente al actual cisma de la Iglesia Católica.

Meirelles es un director de cine brasileño, conocido por la célebre Ciudad de dios, una película en la que no cabe la tolerancia ni la ternura, apenas unos tiros de pistola o de metralla para tapar tanto hueco insaciable por donde se escapa la justicia y la equidad social. Hasta la frase identiraria de la película resulta ilustrativa: “Lucha y nunca sobrevivirás... Corre y nunca escaparás...” En cambio, Los dos papas es una batalla por medio de la palabra que acaba por ofrecer como paliativo para el sufrimiento humano la hagiografía de Francisco, que rescata de la desesperanza a Benedicto XVI, durante un encuentro ficticio entre ambos antes de la renuncia de éste ultimo al papado. Ciudad de Dios, es el cuerpo lacerado de Cristo bajo el látigo de los romanos y la mirada indiferente de Herodes; Los dos papas, es Pilatos lavándose las manos. “Dios olvida, pero yo no”, dice Francisco en la cinta que, también olvida y mucho. Luis Martínez, de El Mundo escribe: «Y así hasta construir una cinta sostenida básicamente por dos interpretaciones memorables cuya evidente finalidad es presentar al papa actual y activo como la respuesta a una necesidad global y a un tiempo en el que, a decir del director, dios es político o no es. En el ideario de Bergoglio, siempre según Meirelles, la realidad es tozuda, inamovible y hasta de derechas y la respuesta de la fe sólo puede ser la contraria. Es decir, dios no sólo es político sino que, además, es de izquierdas; "de los pobres", dice. »

Me interesa la opinión de Martínez, porque ese progresismo de Francisco frente al convervadurismo de Benedicto XVI (quien incluso llega a ofrecer “una verdad única e inalterable para salvar a la iglesia”), junto al humor de la película, fungen como agentes blanqueadores de una realidad soterrada, pero aterradoramente evidente: los abusos sexuales (apenas se toca el caso del padre Maciel, como si no existieran curas Preynat, curas McCarrick, curas Smyth, curas Grassi, curas Cordero, porque según palabras de Meirelles para la CNN en los Premios Globos de Oro: “hablar mucho de la pedofilia cambiaría la película”) y la intolerancia hacia el colectivo LGBT y su lucha por la igualdad de derechos, y la posición de la mujer en la iglesia y el mundo que, desde la Santa Sede, por siglos han sido encubiertos y hasta avidados a fuerza de silenciarlos. Por eso, Francisco debe ser políticamente inclusivo, políticamente correcto: mirar el fútbol, comer pizza y bailar tango. Y debe guardarse silencio, cerrase la puerta cuando Benedicto XVI confiesa sus pecados a Francisco.

Por otro lado, vale recalcar que la cinta tampoco puede tomarse como un documento histórico, fidedigno a los acontecimientos, es ficción y como ficción tiene sus libertades, pero deja escapar, por desgracia, una oportunidad invaluable para reflexionar más profundamente sobre la crisis de la fé, no solo católica, sino la fé del hombre, en la medida de esa embriaguez necesaria para sobrevivir a esta realidad que parece habernos enseñado a creer en dios para desconfiar de nosotros mismos. (O)


Autor: Christian Espinoza Parra, de Club Cine Catarsis

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