William Perkin y los sueños accidentales

El siglo XIX vio propulsión de la investigación química, que se consolidó a principios del XX. La química ha estado a la disposición de las necesidades, no solo en el sector farmacéutico -nótese la invención de la aspirina en 1897-, sino en la cotidianidad, como es el caso del acetileno, en 1836, empleado para actividades como la soldadura; y el querosene, líquido inflamable inventado en 1846, que se pensó para las estufas y ahora para los insecticidas.
Ayer se cumplieron 180 años del natalicio de un referente en esta materia, el químico británico William Perkin, en cuyo nombre se celebra un galardón que nació como homenaje a los cincuenta años de su primer invento; pues, a sus 18 años, de manera rudimentaria, desarrollaba sus estudios en su laboratorio casero, intentando encontrar una solución a la malaria, y terminó descubriendo el tinte sintético.
Esta particularidad se suscribe dentro de otros inventos que suergieron accidentalmente, como es el caso un producto que nació de la compañía de Joseph McVicker para limpiar el carbón de las paredes en la Segunda Guerra Mundial y creó uno de los juegos que más estimula la creatividad en los niños: la plastilina. Qué paradoja hasta dónde puede llegar el universo de la creatividad humana, ¿no?
Este hecho es una demostración de que las metas o propósitos no alcanzados a priori pueden traer consigo la gestación de una nueva idea; que el fracaso y el éxito, muchas veces, son la mera lectura de un hecho; que no siempre los sueños tiene una sola cumbre, ya que pueden readaptarse y abrirse a nuevos panoramas; que la inteligencia rebasa horizontes inesperados y que el ser humano tiene la facultad de emplearla para capitalizar el odio o para hacer el bien. (O)

William Perkin y los sueños accidentales

El siglo XIX vio propulsión de la investigación química, que se consolidó a principios del XX. La química ha estado a la disposición de las necesidades, no solo en el sector farmacéutico -nótese la invención de la aspirina en 1897-, sino en la cotidianidad, como es el caso del acetileno, en 1836, empleado para actividades como la soldadura; y el querosene, líquido inflamable inventado en 1846, que se pensó para las estufas y ahora para los insecticidas.
Ayer se cumplieron 180 años del natalicio de un referente en esta materia, el químico británico William Perkin, en cuyo nombre se celebra un galardón que nació como homenaje a los cincuenta años de su primer invento; pues, a sus 18 años, de manera rudimentaria, desarrollaba sus estudios en su laboratorio casero, intentando encontrar una solución a la malaria, y terminó descubriendo el tinte sintético.
Esta particularidad se suscribe dentro de otros inventos que suergieron accidentalmente, como es el caso un producto que nació de la compañía de Joseph McVicker para limpiar el carbón de las paredes en la Segunda Guerra Mundial y creó uno de los juegos que más estimula la creatividad en los niños: la plastilina. Qué paradoja hasta dónde puede llegar el universo de la creatividad humana, ¿no?
Este hecho es una demostración de que las metas o propósitos no alcanzados a priori pueden traer consigo la gestación de una nueva idea; que el fracaso y el éxito, muchas veces, son la mera lectura de un hecho; que no siempre los sueños tiene una sola cumbre, ya que pueden readaptarse y abrirse a nuevos panoramas; que la inteligencia rebasa horizontes inesperados y que el ser humano tiene la facultad de emplearla para capitalizar el odio o para hacer el bien. (O)