Alejandro Serrano Aguilar "Mi móvil es el amor"

Esta es una de las mañanas que Alejandro Serrano Aguilar no va a la Universidad del Azuay a dar clases de lógica jurídica. De todas formas, pese a que todavía es temprano, ya luce airoso, nítido, vestido con terno gris, camisa blanca y corbata azul eléctrico.
El fundador de Deportivo Cuenca y exvicepresidente de la república es una leyenda vida

Alejandro Serrano recibe la visita de este Diario en la puerta de la casa que él mismo construyó “piedra a piedra”, “ladrillo a ladrillo”, entre 1966 y 1968.

Su cuerpo, a priori, parece frágil, pero esta percepción es apenas un guiño de lo visible, porque cuando estrecha la mano deposita en el músculo una inmediata fuerza que exterioriza la vigorosidad de su complexión, pese a todos los giros que ha dado en 80 años por las esferas del universo jesuita, de la filosofía, la ingeniería civil, la política, el deporte y, por supuesto, por su recorrido como padre de cuatro hijos y esposo de Anita Cordero.


Serrano cierra la puerta, compone la más afable sonrisa y abre camino a un estudio imponente, atiborrado de libros, donde huele a papel y a historia. A profundidad y conocimiento. Es un cuarto hecho de miles de hojas y objetos que apenas al respirarlo golpea con la sospecha de que faltará tiempo para conversar con su dueño, un hombre multifacético que cuando era un joven diputado trajo semilla de campo de golf desde Londres para que el estadio que más tarde llevaría su nombre tenga césped por primera vez...


(...) Con el hombre que le debe al presidente Rafael Correa el favor de ser su edecán, un compromiso adquirido cuando Serrano era el vicepresidentede Alfredo Palacio y Correa el Ministro de Economía. El tiempo se diluye en el despacho del origen mismo de Deportivo Cuenca, del filósofo profundo y sensible que escucha Beethoven, lee Ortega y Gasset, Antonio Machado, García Lorca y que disfruta del pan y el vino.


Es un placer sentarse con Alejandro Serrano Aguilar a desentrañar su historia. A escuchar que a nada teme tanto como a la eternidad porque ese es “el último estado del hombre” y “allí empieza y termina todo”. O para saber, como dice, que todo lo que ha hecho en su vida ha sido pura y exclusivamente “por amor”...


“Mi móvil es el amor. No tengo otra razón para haber hecho lo que hice, lo que hago, y estar donde estoy ahora mismo”, asegura.
Ahora mismo, en esta helada mañana de jueves de octubre, Alejandro Serrano Aguilar está seguro que ese espíritu altruista que lo mueve en función del prójimo empezó a forjarse a los seis años de edad, cuando su padre murió de fiebre tifoidea.


Luis Serrano, médico de profesión, se contagió de la enfermedad cuando trabajaba en el pabellón de infectología del Hospital de Azogues, algo que, precisa, significa sin más el suceso más triste de toda su existencia.


La conversación con Alejandro Serrano Aguilar está plasmada en la sección deportiva de este Diario -podría ser en cualquier otra- porque en el imaginario de los hijos de esta ciudad la primer imagen que se forma de él es la del hombre de fútbol. Porque las 23 letras que configuran el nombre del escenario deportivo emblema de la urbe son precisamente las suyas, y porque de su mente emergió la idea de reunir a un grupo de 13 fervorosos aficionados para un 4 de marzo de 1971 dar nombre y apellido al más importante equipo azuayo de fútbol de todos los tiempos: Deportivo Cuenca.


Uno trata de llegar a los fondos de la memoria de Alejandro Serrano y urgar en otra latitud de su historia, pero él, fácil de palabra, sobrio y luminoso en su forma de ser y estar, vuelve a torcer la conversación hacia el fútbol.


Pues bien, ni modo, él es el protagonista ¿De dónde nació entonces ese acentuado gusto por este juego? “Después de la muerte de mi padre me dediqué a dos cosas: a ayudar a mi madre en los trabajos agrícolas en Charasol, en la faenas de cosecha de maíz, cuando íbamos allá los fines de semana, y a jugar fútbol con mis amigos en el barrio. Esas eran mis verdaderas inclinaciones cuando era niño”.


Don Alejandro era un futbolero de adoquín. Todos los días peloteaba en el barrio con los vecinos, pero el mejor partido de la semana era los domingos en una suerte de cancha en la que se convertía la calle Bolívar cuando por allí, entre la Padre Aguirre y General Torres, no pasaba ni una sola alma. Pero el juego se acababa cuando la pelota de trapo se hacía trozos o cuando ya eran las 17:00 y las parejas o los amigos iban a las funciones al teatro Guayaquil...


Alejandro Serrano era hincha del equipo Acción, ese tiempo eterno campeón del provincial. La pasión por el equipo era más aguda porque allí jugaba su hermano, Vicente Serrano, apoda la “Saeta Rubia” porque además de que era el “9” del sistema 2-3-5 que se empleaba en esa época, se comentaba que, además que también era “suco”, su estilo se parecía al de Alfredo Di Stéfano, entonces ícono del Real Madrid y uno de los cinco mejores jugadores de todos los tiempos. “Y no sólo era hincha, a veces yo era su utilero y acompañaba a él y a todo el equipo a los partidos del torneo provincial que se jugaba en el Atahualpa, donde es ahora la Tercera División de Ejército Tarqui. La entrada valía 20 centavos, y no había ni graderíos, cuando había un penal los hinchas rodeaban al arquero haciendo un triángulo y cuando algo pasaba el partido se resolvía a los puñetes”.


Alejandro Serrano Aguilar lleva el dedo índice a la sien y mira al vacío cuando empieza hablar de su relación con Dios y de su evolución intelectual. Había terminado la escuela en los Hermanos Cristianos, y los hermanos Jesuitas del colegio Borja estaban esperándolo. Estaban esperándolo porque lo conocían muy bien: el colegio funcionaba en la Bolívar, al frente de su casa, y además sabían que el “vecinito” era un niño bueno y siempre fue el mejor en la escuela.


El ahora “Señor Alejandro” terminó el primer curso, otra vez, como el número uno de la clase. Y devinó otro nivel, una etapa que rebasó a las anteriores en lo espiritual e intelectual: Los hermanos Jesuitas vieron que era el mejor, y le ofrecieron una beca para seguir los estudios en el colegio Loyola de Quito. Se trataba de un internado, y con una dura disciplina de estudio y formación intelectual, de latin y griego. Lo habló con su madre Zoila Aguilar y jamás hubo duda... “Disputaba el primer lugar con, pero a veces yo sacaba ventaja porque tenía mayor puntaje en educación física gracias a que saltaba el caballete y él no”.


Alejandro Serrano Aguilar pasó cuatro años de su vida adolescente internado en el colegio Loyola de Quito y después de ese tiempo, afirma, -ahora un poco más serio en relación de dos horas cuando empezó la charla- descubrió que su fe en Dios se fortaleció con acero y que había desarrollado un especial interés por las matematicas y las letras. “Pero definí que mi vocación no era el sacerdocio, que quería mayo libertad para mi vida, aunque confirmé que quería servir al prójimo de cualquier forma”.


Los hermanos Jesuitas marcaron el destino de Alejandro Serrano Aguilar. Fortalecieron sus convicciones y enrumbaron los caminos. El joven regresó a Cuenca y a los 17 años empezó a descubrir algo más del mundo exterior. “Pero no perdía el rumbo, mi fe se había formado sólida”.


Alejandro Serrano Aguilar se graduó de bachiller y estudió, de forma paralela, las carreras de ingeniería civil y filosofía y letras en la Universidad de Cuenca. Extendió la tendencia de ser el mejor, y después de cinco años se convirtió en el primer doctor en filosofía de la ciudad.


No pasó mucho tiempo, y don Alejandro, que se califica un hombre de derecha, no tardó en abrazar la carrera política. Una carrera política que arrancó a los 25 años como Gobernador del Azuay y continuó como diputado, en dos ocasiones, y más tarde como alcalde, entre 1971 y 1979. En esta época fue que se generó el romance llamado Deportivo Cuenca y la leyenda de los Rodolfo Piazza, “Chino” Aguirre, Ángel Liciardi, de los primeros subcampeonatos en primera división en 1977 y 1978, y en efecto el nacimiento de una leyenda en vida llamada Alejandro Serrano Aguilar, el hombre que creó AFA, pujó para inscribir al Azuay en profesionalismo y ser el origen de la pasión llamada Deportivo Cuenca. “Creo en el cielo y creo en el infierno, y cuando una vez volvíamos de Quito después de ganar tres partidos seguidos y el avión no pudo aterrizar porque la gente se había tomado la pista, sentí que una emoción parecida a lo que debe ser estar en el “cielo”. “Formé el Cuenca con amor, por la gente, como todo lo que he hecho en mi vida, porque mi móvil es el amor”.

Agustín Reinoso
EL TIEMPO - CUENCA
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Cuenca.

Alejandro Serrano Aguilar "Mi móvil es el amor"

El fundador de Deportivo Cuenca y exvicepresidente de la república es una leyenda vida

Alejandro Serrano recibe la visita de este Diario en la puerta de la casa que él mismo construyó “piedra a piedra”, “ladrillo a ladrillo”, entre 1966 y 1968.

Su cuerpo, a priori, parece frágil, pero esta percepción es apenas un guiño de lo visible, porque cuando estrecha la mano deposita en el músculo una inmediata fuerza que exterioriza la vigorosidad de su complexión, pese a todos los giros que ha dado en 80 años por las esferas del universo jesuita, de la filosofía, la ingeniería civil, la política, el deporte y, por supuesto, por su recorrido como padre de cuatro hijos y esposo de Anita Cordero.


Serrano cierra la puerta, compone la más afable sonrisa y abre camino a un estudio imponente, atiborrado de libros, donde huele a papel y a historia. A profundidad y conocimiento. Es un cuarto hecho de miles de hojas y objetos que apenas al respirarlo golpea con la sospecha de que faltará tiempo para conversar con su dueño, un hombre multifacético que cuando era un joven diputado trajo semilla de campo de golf desde Londres para que el estadio que más tarde llevaría su nombre tenga césped por primera vez...


(...) Con el hombre que le debe al presidente Rafael Correa el favor de ser su edecán, un compromiso adquirido cuando Serrano era el vicepresidentede Alfredo Palacio y Correa el Ministro de Economía. El tiempo se diluye en el despacho del origen mismo de Deportivo Cuenca, del filósofo profundo y sensible que escucha Beethoven, lee Ortega y Gasset, Antonio Machado, García Lorca y que disfruta del pan y el vino.


Es un placer sentarse con Alejandro Serrano Aguilar a desentrañar su historia. A escuchar que a nada teme tanto como a la eternidad porque ese es “el último estado del hombre” y “allí empieza y termina todo”. O para saber, como dice, que todo lo que ha hecho en su vida ha sido pura y exclusivamente “por amor”...


“Mi móvil es el amor. No tengo otra razón para haber hecho lo que hice, lo que hago, y estar donde estoy ahora mismo”, asegura.
Ahora mismo, en esta helada mañana de jueves de octubre, Alejandro Serrano Aguilar está seguro que ese espíritu altruista que lo mueve en función del prójimo empezó a forjarse a los seis años de edad, cuando su padre murió de fiebre tifoidea.


Luis Serrano, médico de profesión, se contagió de la enfermedad cuando trabajaba en el pabellón de infectología del Hospital de Azogues, algo que, precisa, significa sin más el suceso más triste de toda su existencia.


La conversación con Alejandro Serrano Aguilar está plasmada en la sección deportiva de este Diario -podría ser en cualquier otra- porque en el imaginario de los hijos de esta ciudad la primer imagen que se forma de él es la del hombre de fútbol. Porque las 23 letras que configuran el nombre del escenario deportivo emblema de la urbe son precisamente las suyas, y porque de su mente emergió la idea de reunir a un grupo de 13 fervorosos aficionados para un 4 de marzo de 1971 dar nombre y apellido al más importante equipo azuayo de fútbol de todos los tiempos: Deportivo Cuenca.


Uno trata de llegar a los fondos de la memoria de Alejandro Serrano y urgar en otra latitud de su historia, pero él, fácil de palabra, sobrio y luminoso en su forma de ser y estar, vuelve a torcer la conversación hacia el fútbol.


Pues bien, ni modo, él es el protagonista ¿De dónde nació entonces ese acentuado gusto por este juego? “Después de la muerte de mi padre me dediqué a dos cosas: a ayudar a mi madre en los trabajos agrícolas en Charasol, en la faenas de cosecha de maíz, cuando íbamos allá los fines de semana, y a jugar fútbol con mis amigos en el barrio. Esas eran mis verdaderas inclinaciones cuando era niño”.


Don Alejandro era un futbolero de adoquín. Todos los días peloteaba en el barrio con los vecinos, pero el mejor partido de la semana era los domingos en una suerte de cancha en la que se convertía la calle Bolívar cuando por allí, entre la Padre Aguirre y General Torres, no pasaba ni una sola alma. Pero el juego se acababa cuando la pelota de trapo se hacía trozos o cuando ya eran las 17:00 y las parejas o los amigos iban a las funciones al teatro Guayaquil...


Alejandro Serrano era hincha del equipo Acción, ese tiempo eterno campeón del provincial. La pasión por el equipo era más aguda porque allí jugaba su hermano, Vicente Serrano, apoda la “Saeta Rubia” porque además de que era el “9” del sistema 2-3-5 que se empleaba en esa época, se comentaba que, además que también era “suco”, su estilo se parecía al de Alfredo Di Stéfano, entonces ícono del Real Madrid y uno de los cinco mejores jugadores de todos los tiempos. “Y no sólo era hincha, a veces yo era su utilero y acompañaba a él y a todo el equipo a los partidos del torneo provincial que se jugaba en el Atahualpa, donde es ahora la Tercera División de Ejército Tarqui. La entrada valía 20 centavos, y no había ni graderíos, cuando había un penal los hinchas rodeaban al arquero haciendo un triángulo y cuando algo pasaba el partido se resolvía a los puñetes”.


Alejandro Serrano Aguilar lleva el dedo índice a la sien y mira al vacío cuando empieza hablar de su relación con Dios y de su evolución intelectual. Había terminado la escuela en los Hermanos Cristianos, y los hermanos Jesuitas del colegio Borja estaban esperándolo. Estaban esperándolo porque lo conocían muy bien: el colegio funcionaba en la Bolívar, al frente de su casa, y además sabían que el “vecinito” era un niño bueno y siempre fue el mejor en la escuela.


El ahora “Señor Alejandro” terminó el primer curso, otra vez, como el número uno de la clase. Y devinó otro nivel, una etapa que rebasó a las anteriores en lo espiritual e intelectual: Los hermanos Jesuitas vieron que era el mejor, y le ofrecieron una beca para seguir los estudios en el colegio Loyola de Quito. Se trataba de un internado, y con una dura disciplina de estudio y formación intelectual, de latin y griego. Lo habló con su madre Zoila Aguilar y jamás hubo duda... “Disputaba el primer lugar con, pero a veces yo sacaba ventaja porque tenía mayor puntaje en educación física gracias a que saltaba el caballete y él no”.


Alejandro Serrano Aguilar pasó cuatro años de su vida adolescente internado en el colegio Loyola de Quito y después de ese tiempo, afirma, -ahora un poco más serio en relación de dos horas cuando empezó la charla- descubrió que su fe en Dios se fortaleció con acero y que había desarrollado un especial interés por las matematicas y las letras. “Pero definí que mi vocación no era el sacerdocio, que quería mayo libertad para mi vida, aunque confirmé que quería servir al prójimo de cualquier forma”.


Los hermanos Jesuitas marcaron el destino de Alejandro Serrano Aguilar. Fortalecieron sus convicciones y enrumbaron los caminos. El joven regresó a Cuenca y a los 17 años empezó a descubrir algo más del mundo exterior. “Pero no perdía el rumbo, mi fe se había formado sólida”.


Alejandro Serrano Aguilar se graduó de bachiller y estudió, de forma paralela, las carreras de ingeniería civil y filosofía y letras en la Universidad de Cuenca. Extendió la tendencia de ser el mejor, y después de cinco años se convirtió en el primer doctor en filosofía de la ciudad.


No pasó mucho tiempo, y don Alejandro, que se califica un hombre de derecha, no tardó en abrazar la carrera política. Una carrera política que arrancó a los 25 años como Gobernador del Azuay y continuó como diputado, en dos ocasiones, y más tarde como alcalde, entre 1971 y 1979. En esta época fue que se generó el romance llamado Deportivo Cuenca y la leyenda de los Rodolfo Piazza, “Chino” Aguirre, Ángel Liciardi, de los primeros subcampeonatos en primera división en 1977 y 1978, y en efecto el nacimiento de una leyenda en vida llamada Alejandro Serrano Aguilar, el hombre que creó AFA, pujó para inscribir al Azuay en profesionalismo y ser el origen de la pasión llamada Deportivo Cuenca. “Creo en el cielo y creo en el infierno, y cuando una vez volvíamos de Quito después de ganar tres partidos seguidos y el avión no pudo aterrizar porque la gente se había tomado la pista, sentí que una emoción parecida a lo que debe ser estar en el “cielo”. “Formé el Cuenca con amor, por la gente, como todo lo que he hecho en mi vida, porque mi móvil es el amor”.

Agustín Reinoso
EL TIEMPO - CUENCA
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Cuenca.