Sabrina Duque: “Sabemos que en Nicaragua está todo hirviendo”

FOTO: Cortesía Centroamérica Cuenta

La periodista ecuatoriana, ganadora de la beca Michael Jacobs de crónica viajera, presentó su libro ‘Volcánica, crónicas de un país en erupción’, el 16 de mayo en el Festival Centroamérica Cuenta, en San José, Costa Rica.

Sabrina Duque llega con los labios rojos a la presentación de ‘Volcánica’, el libro en el que quería contar la peculiar relación entre los nicaraguenses y sus volcanes, un “amor suicida” que le llamó la atención cuando llegó a vivir en el país centroamericano en el 2017. Llevar los labios rojos es un detalle. Una forma de protesta en Nicaragua, el país en el que la gente vive entre volcanes y sin susto. Pero en el camino de su reportería se encontró con otro volcán: un país que despertó en contra de su gobierno y hoy enfrenta una intensa crisis política.

En Volcánica, Duque nos lleva de la sorpresa que provoca conocer cómo viven los ‘nicas’ con sus volcanes -aferrados a sus faldas y a sus cráteres- a la angustia de mirar cómo Nicaragua empieza a contar muertos por puñados.

¿A cuál de sus volcanes se parece en estos momentos Nicaragua?

Tiene la continuidad del Masaya, pero también la sorpresividad del Telica. Es una mezcla. El Telica está siempre en proceso eruptivo y tiene una fumarola constante, pero de vez en cuando erupciona. El Masaya, en cambio, está siempre con una nubecita bastante tenue, de gases que van saliendo, si está nublado ves en la nube el reflejo rojo de la lava, que se mueve y hierve, pero no pasa nada. Por un lado hay algo sorpresivo y por otro algo se está cociendo. Sabemos que está todo hirviendo.

¿Y como los volcanes, estallará?

Sí. El epílogo del libro se llama Fumarolas, porque después de tremenda erupción hubo una represión brutal. Mataron a mucha gente en la calle en plena luz del día, secuestraron a muchos, se llevaron presas a personas por andar con la bandera de Nicaragua. Las calles fueron tomadas por paramilitares y policías. En ese momento, el desborde en la calle de los nicaragüenses con sus banderas azul y blanco acabó, pero quedaron señales de que la protesta sigue viva de formas diferentes.

¿De qué formas?

Eran unas protestas más bien disimuladas, se ponían de acuerdo unos tantos y se iban a un centro comercial a hacer una protesta exprés, por ejemplo. En otra ocasión, Marlen Chow propuso que nos pintáramos la boca de rojo; se llamó las ‘mujeres de pico rojo’, porque cuando a ella, que es una señora de 70 años, se la llevó la policía por intentar ir a una marcha, la interrogaron: ¿a ti quién te paga? ¿cuál es tu organización? Ella dijo: ‘yo pertenezco a la Asociación nicaragüense de mujeres de pico rojo’. Se lo inventó. Dejó el lápiz de labios rojo a las presas políticas y todas se pintaron los labios. Eso se convirtió en un código, si te pintas los labios de rojo significa que estás con las presas políticas. En los primeros días había hasta hombres que se pintaban la boca de rojo y subían las fotos a redes sociales. Después empezaron a inflar globos azul y blanco y tirar confeti azul y blanco en las calles. Los policías andaban pinchando globos. Ahora los nicas lanzan bolitas de paintball azul y blanco. Eso es un código que significa estamos todavía luchando.

Lo de la semana pasada (un paro nacional) fue una forma de decir no podemos salir a las calles, entonces las vaciamos. Ellos muestran fuerza y unión. La Alianza Cívica se salió de la mesa porque el Gobierno no cumple lo que promete. Sacan a los presos políticos, sí, pero les dan casa por cárcel. El paro fue porque hace dos semanas hicieron una masacre contra los presos, les dispararon desde un muro. Lo que pasa con los presos políticos no tiene nombre. Los presos comunes se guardan comida para pasarla medio de contrabando a los presos políticos. Los presos comunes son los que filmaron desde sus celdas lo que estaba pasando y por ellos sabemos de la masacre. Cuando los delincuentes empiezan a cuidarte y la policía a agredirte, sabes que el país está fuera de control.

¿Antes de abril de 2018, había indicios de que algo iba a estallar?

No. Para nada. Cuando llegué a Nicaragua era obvio que este país no era una democracia. Había muchas irregularidades. Yo decía ¿cómo es posible que estos nicas que son tan valientes y tan aguerridos, que se fueron a una guerra cruentísima contra Somoza, se queden tan tranquilos con esa situación? No lo entendía. Aparentemente todo estaba bien, el único lugar en el que yo escuché críticas abiertas contra Ortega fue Nueva Guinea, porque ahí la gente sí estaba enojada.

Una vez fui a una fiesta de una familia riquísima, yo me imaginaba que ahí quizá podía escuchar algo en contra de Ortega y la gente millonaria del país decía: es que el hombre nos deja trabajar. No se referían por el nombre y apellido, le decían el hombre. Luego me enteré que en este país todas las decisiones que tenían que ver con la economía se tomaban en consenso con el gran capital y por eso también cuando los estudiantes salieron, el gran capital se puso de parte de la protesta cívica porque lo que detonó todo esto fue una reforma al seguro social que no les habían consultado. Estaban siguiendo lo que el FMI les decía y ellos no habían sido parte de la decisión, por eso se rebelan y se ponen del otro lado.

¿Cómo está la situación ahora?

Hay una cosa que ocurre en Nicaragua y me parece muy interesante y que toda la generación antigua, los que estuvieron en la revolución sandinista, elogian mucho, es que esta revolución de los nietos de ellos es pacífica. En Nicaragua, Somoza no fue el único dictador, es una historia que se repite, pero esta vez los jóvenes han decidido no repetirla, por eso insisten tanto en el diálogo y no se han levantado en armas. Aunque armas y valentía no faltan.

En la ‘playlist’ que recomiendas escuchar para acompañar el libro, la canción ‘Yo soy de un pueblo sencillo’ dice que Nicaragua “de tanto haber sufrido tiene mucho que enseñar” ¿Qué tienen que enseñar los nietos de la revolución al resto del continente?

Los han calificado aquí como la reserva moral del país. Estos chicos han renunciado a una cantidad de cosas, que son importantes para un joven, en nombre de una lucha para acabar con una dictadura. Los expulsaron de la universidad, han renunciado a su vida, porque muchos han muerto durante las protestas. Los jóvenes de Nicaragua le pueden enseñar al continente, hasta ahora, que no hay que perder la esperanza de que las cosas se pueden resolver de una manera distinta.

Siento que desde Sudamérica miramos muy poco a Centroamérica ¿tienes esa misma percepción?

Yo tenía una relación medio sentimental-profesional con Nicaragua desde antes de mudarme, porque yo siempre he sido lectora de Gioconda Belli y de Sergio Ramírez. Sobre Costa Rica no tenía ningún prejuicio porque ese país es como parte de la leyenda de mi familia, porque mis papás vivieron en Costa Rica como cinco años y se regresaron a Ecuador poco antes de que yo naciera. Son los países con los que tenía más relación. También como periodista, conocía el trabajo de Carlos Fernando Chamorro, que es parte del directorio del premio Gabo, cuando yo fui finalista lo conocí en Medellín. También conozco mucho el trabajo de El Faro (El Salvador). Tenía una idea de Centroamérica. Era Nicaragua por la literatura, Costa Rica por el recuerdo de mis padres y El Salvador por El Faro. No es que no tenía idea de cómo era, pero sí comparto contigo en que América del Sur está sumamente a espaldas de Centroamérica. Hay una idea de que es algo homogéneo, que todos son migrantes en caravana o pandilleros y una cosa muy violenta. No digo que el continente no es violento. Había una división: Panamá, Costa Rica y Nicaragua eran súper tranquilos, después, entre El Salvador, Honduras y Guatemala la situación se pone peor.

Una cosa que demuestra que, en general, se está tan de espaldas a Centroamérica es que si revisas los diarios en Argentina, Chile, Brasil, Ecuador...la crisis de Nicaragua no tiene un seguimiento. De lo que pasa en Honduras, Guatemala no se sabe nada. Sí hay como una falta de interés, creo que las cabezas de los medios miran temas que les parecen más importantes o que llegan más. Ahora hay una obsesión absoluta con Venezuela. Desde 2015 sabíamos que eso iba a ser una debacle, lo sabíamos, pero no había una obsesión con el tema. Al lector le impacta que, de pronto, Venezuela se desmoronó, pero no fue así, tiene un proceso largo y doloroso. Ahora, si mañana se arma una guerra civil en Nicaragua - la gente no puede aguantar tanto tiempo, ya estamos en crisis acá, hay gente que está saliendo no solo porque está perseguida, también porque la familia está empezando a pasar hambre- van a decir: ¿qué pasó? Porque los medios, en general, no le dan la importancia y seguimiento al tema.

Ser periodista allá es un riesgo ¿tienes temor?

Sí fue un riesgo publicar el libro estando acá. Mi plan final era publicar sobre la situación de Nicaragua cuando yo saliera de acá, pero me pareció necesario publicarlo. Por otro lado, yo estoy aquí con la visa de mi marido, entonces, para sacarme a mí de acá tendrían que expulsarlo a él. Además, la versión oficial de Nicaragua ignora las cosas que no le convienen, ellos tienen una red enorme de medios y portales. Y si no aparece en la prensa oficial las cosas no existen. Aquí, Sergio Ramírez nunca se ganó el Cervantes, por ejemplo. Aquí Volcánica no existe.

¿Qué esperas de Volcánica?

Estoy intentando que la gente vea que está pasando esto, porque aquí se sienten muy solitos, como que nadie les está prestando atención. No se dan cuenta que aquí hay más muertos por la violencia, siendo un país chiquito. Desde el lunes (ayer) el libro debe estar en la librería Española. Vayan y pídanlo. (F)

Sabrina Duque: “Sabemos que en Nicaragua está todo hirviendo”

FOTO: Cortesía Centroamérica Cuenta

La periodista ecuatoriana, ganadora de la beca Michael Jacobs de crónica viajera, presentó su libro ‘Volcánica, crónicas de un país en erupción’, el 16 de mayo en el Festival Centroamérica Cuenta, en San José, Costa Rica.

Sabrina Duque llega con los labios rojos a la presentación de ‘Volcánica’, el libro en el que quería contar la peculiar relación entre los nicaraguenses y sus volcanes, un “amor suicida” que le llamó la atención cuando llegó a vivir en el país centroamericano en el 2017. Llevar los labios rojos es un detalle. Una forma de protesta en Nicaragua, el país en el que la gente vive entre volcanes y sin susto. Pero en el camino de su reportería se encontró con otro volcán: un país que despertó en contra de su gobierno y hoy enfrenta una intensa crisis política.

En Volcánica, Duque nos lleva de la sorpresa que provoca conocer cómo viven los ‘nicas’ con sus volcanes -aferrados a sus faldas y a sus cráteres- a la angustia de mirar cómo Nicaragua empieza a contar muertos por puñados.

¿A cuál de sus volcanes se parece en estos momentos Nicaragua?

Tiene la continuidad del Masaya, pero también la sorpresividad del Telica. Es una mezcla. El Telica está siempre en proceso eruptivo y tiene una fumarola constante, pero de vez en cuando erupciona. El Masaya, en cambio, está siempre con una nubecita bastante tenue, de gases que van saliendo, si está nublado ves en la nube el reflejo rojo de la lava, que se mueve y hierve, pero no pasa nada. Por un lado hay algo sorpresivo y por otro algo se está cociendo. Sabemos que está todo hirviendo.

¿Y como los volcanes, estallará?

Sí. El epílogo del libro se llama Fumarolas, porque después de tremenda erupción hubo una represión brutal. Mataron a mucha gente en la calle en plena luz del día, secuestraron a muchos, se llevaron presas a personas por andar con la bandera de Nicaragua. Las calles fueron tomadas por paramilitares y policías. En ese momento, el desborde en la calle de los nicaragüenses con sus banderas azul y blanco acabó, pero quedaron señales de que la protesta sigue viva de formas diferentes.

¿De qué formas?

Eran unas protestas más bien disimuladas, se ponían de acuerdo unos tantos y se iban a un centro comercial a hacer una protesta exprés, por ejemplo. En otra ocasión, Marlen Chow propuso que nos pintáramos la boca de rojo; se llamó las ‘mujeres de pico rojo’, porque cuando a ella, que es una señora de 70 años, se la llevó la policía por intentar ir a una marcha, la interrogaron: ¿a ti quién te paga? ¿cuál es tu organización? Ella dijo: ‘yo pertenezco a la Asociación nicaragüense de mujeres de pico rojo’. Se lo inventó. Dejó el lápiz de labios rojo a las presas políticas y todas se pintaron los labios. Eso se convirtió en un código, si te pintas los labios de rojo significa que estás con las presas políticas. En los primeros días había hasta hombres que se pintaban la boca de rojo y subían las fotos a redes sociales. Después empezaron a inflar globos azul y blanco y tirar confeti azul y blanco en las calles. Los policías andaban pinchando globos. Ahora los nicas lanzan bolitas de paintball azul y blanco. Eso es un código que significa estamos todavía luchando.

Lo de la semana pasada (un paro nacional) fue una forma de decir no podemos salir a las calles, entonces las vaciamos. Ellos muestran fuerza y unión. La Alianza Cívica se salió de la mesa porque el Gobierno no cumple lo que promete. Sacan a los presos políticos, sí, pero les dan casa por cárcel. El paro fue porque hace dos semanas hicieron una masacre contra los presos, les dispararon desde un muro. Lo que pasa con los presos políticos no tiene nombre. Los presos comunes se guardan comida para pasarla medio de contrabando a los presos políticos. Los presos comunes son los que filmaron desde sus celdas lo que estaba pasando y por ellos sabemos de la masacre. Cuando los delincuentes empiezan a cuidarte y la policía a agredirte, sabes que el país está fuera de control.

¿Antes de abril de 2018, había indicios de que algo iba a estallar?

No. Para nada. Cuando llegué a Nicaragua era obvio que este país no era una democracia. Había muchas irregularidades. Yo decía ¿cómo es posible que estos nicas que son tan valientes y tan aguerridos, que se fueron a una guerra cruentísima contra Somoza, se queden tan tranquilos con esa situación? No lo entendía. Aparentemente todo estaba bien, el único lugar en el que yo escuché críticas abiertas contra Ortega fue Nueva Guinea, porque ahí la gente sí estaba enojada.

Una vez fui a una fiesta de una familia riquísima, yo me imaginaba que ahí quizá podía escuchar algo en contra de Ortega y la gente millonaria del país decía: es que el hombre nos deja trabajar. No se referían por el nombre y apellido, le decían el hombre. Luego me enteré que en este país todas las decisiones que tenían que ver con la economía se tomaban en consenso con el gran capital y por eso también cuando los estudiantes salieron, el gran capital se puso de parte de la protesta cívica porque lo que detonó todo esto fue una reforma al seguro social que no les habían consultado. Estaban siguiendo lo que el FMI les decía y ellos no habían sido parte de la decisión, por eso se rebelan y se ponen del otro lado.

¿Cómo está la situación ahora?

Hay una cosa que ocurre en Nicaragua y me parece muy interesante y que toda la generación antigua, los que estuvieron en la revolución sandinista, elogian mucho, es que esta revolución de los nietos de ellos es pacífica. En Nicaragua, Somoza no fue el único dictador, es una historia que se repite, pero esta vez los jóvenes han decidido no repetirla, por eso insisten tanto en el diálogo y no se han levantado en armas. Aunque armas y valentía no faltan.

En la ‘playlist’ que recomiendas escuchar para acompañar el libro, la canción ‘Yo soy de un pueblo sencillo’ dice que Nicaragua “de tanto haber sufrido tiene mucho que enseñar” ¿Qué tienen que enseñar los nietos de la revolución al resto del continente?

Los han calificado aquí como la reserva moral del país. Estos chicos han renunciado a una cantidad de cosas, que son importantes para un joven, en nombre de una lucha para acabar con una dictadura. Los expulsaron de la universidad, han renunciado a su vida, porque muchos han muerto durante las protestas. Los jóvenes de Nicaragua le pueden enseñar al continente, hasta ahora, que no hay que perder la esperanza de que las cosas se pueden resolver de una manera distinta.

Siento que desde Sudamérica miramos muy poco a Centroamérica ¿tienes esa misma percepción?

Yo tenía una relación medio sentimental-profesional con Nicaragua desde antes de mudarme, porque yo siempre he sido lectora de Gioconda Belli y de Sergio Ramírez. Sobre Costa Rica no tenía ningún prejuicio porque ese país es como parte de la leyenda de mi familia, porque mis papás vivieron en Costa Rica como cinco años y se regresaron a Ecuador poco antes de que yo naciera. Son los países con los que tenía más relación. También como periodista, conocía el trabajo de Carlos Fernando Chamorro, que es parte del directorio del premio Gabo, cuando yo fui finalista lo conocí en Medellín. También conozco mucho el trabajo de El Faro (El Salvador). Tenía una idea de Centroamérica. Era Nicaragua por la literatura, Costa Rica por el recuerdo de mis padres y El Salvador por El Faro. No es que no tenía idea de cómo era, pero sí comparto contigo en que América del Sur está sumamente a espaldas de Centroamérica. Hay una idea de que es algo homogéneo, que todos son migrantes en caravana o pandilleros y una cosa muy violenta. No digo que el continente no es violento. Había una división: Panamá, Costa Rica y Nicaragua eran súper tranquilos, después, entre El Salvador, Honduras y Guatemala la situación se pone peor.

Una cosa que demuestra que, en general, se está tan de espaldas a Centroamérica es que si revisas los diarios en Argentina, Chile, Brasil, Ecuador...la crisis de Nicaragua no tiene un seguimiento. De lo que pasa en Honduras, Guatemala no se sabe nada. Sí hay como una falta de interés, creo que las cabezas de los medios miran temas que les parecen más importantes o que llegan más. Ahora hay una obsesión absoluta con Venezuela. Desde 2015 sabíamos que eso iba a ser una debacle, lo sabíamos, pero no había una obsesión con el tema. Al lector le impacta que, de pronto, Venezuela se desmoronó, pero no fue así, tiene un proceso largo y doloroso. Ahora, si mañana se arma una guerra civil en Nicaragua - la gente no puede aguantar tanto tiempo, ya estamos en crisis acá, hay gente que está saliendo no solo porque está perseguida, también porque la familia está empezando a pasar hambre- van a decir: ¿qué pasó? Porque los medios, en general, no le dan la importancia y seguimiento al tema.

Ser periodista allá es un riesgo ¿tienes temor?

Sí fue un riesgo publicar el libro estando acá. Mi plan final era publicar sobre la situación de Nicaragua cuando yo saliera de acá, pero me pareció necesario publicarlo. Por otro lado, yo estoy aquí con la visa de mi marido, entonces, para sacarme a mí de acá tendrían que expulsarlo a él. Además, la versión oficial de Nicaragua ignora las cosas que no le convienen, ellos tienen una red enorme de medios y portales. Y si no aparece en la prensa oficial las cosas no existen. Aquí, Sergio Ramírez nunca se ganó el Cervantes, por ejemplo. Aquí Volcánica no existe.

¿Qué esperas de Volcánica?

Estoy intentando que la gente vea que está pasando esto, porque aquí se sienten muy solitos, como que nadie les está prestando atención. No se dan cuenta que aquí hay más muertos por la violencia, siendo un país chiquito. Desde el lunes (ayer) el libro debe estar en la librería Española. Vayan y pídanlo. (F)