Patio Alvarado es lo sublime de un legado en fotografías

Las paredes de esta edificación patrimonial tienen murales de regusto bucólico, además de apliques de papel tapiz y latón policromado.

Una casa que por inercia alberga belleza, recoge la obra de uno de los artistas más emblemáticos de esta ciudad. Obras en blanco y negro que evocan a la familia reposan en la edificación patrimonial de la Fundación Municipal Bienal de Cuenca, un espacio que seduce en milésimas de segundo.

Hay niños vestidos de indígenas de la Sierra en una enorme fotografía en blanco y negro. Son la primera visión del visitante promedio y aquello aporta quizá, a un 90 por ciento de la seducción que un lugar como este genera.


Es ‘Patio Alvarado’, la muestra permanente del legado fotográfico de José Antonio Alvarado, de esos artistas que no necesitan mayor presentación pero que si alguien no lo conoce, debe ser presentado.


La obra de Alvarado que reposa en la casa de la Fundación Municipal Bienal de Cuenca es “el entrañable álbum de la familia Alvarado Ochoa que tuvo en su padre a un vigía y fotógrafo excepcional”, según el curador Cristóbal Zapata, escritor y director ejecutivo de la Bienal.


Esa dedicación del artista para captar los rostros de los miembros del hogar se transmiten en retratos de todo tipo. Hay niños con juguetes y de ellos se desprenden miradas fijas, perdidas otras, pero todas con el alcance de vislumbrar ‘eso’ que pocos logran además de las imágenes.


Son mujeres, hermanas, trabajadoras domésticas, primas y un rostro que se repite, con el que aparentemente el fotógrafo tuvo un vínculo importante que se delata en su obra.


La mujer que protagoniza estos retratos en medio del contexto intimista y cómplice es su esposa Florencia Ochoa, quien según el colaborador de la Bienal, Galo Mosquera, tuvo una relación de cariño absoluto con su marido.


Las fotografías de Florencia tienen una elegancia sutil que se desvanece en sus expresiones dulces. En las de las niñas sucede lo mismo pero alrededor de la espontaneidad, propia de su naturaleza.


Muñecas, vestidos, joyas, sonrisas y momentos toman forma en un escenario que no se acerca siquiera a la apariencia de otro. Un escenario intermitente que sortea cada espacio de la casa que frente al lente, siempre es a blanco y negro.


La casa bucólica
Podrían suceder dos cosas con estas fotografías de estética innegable: competir con la belleza de la edificación que las exhibe o complementarse con ella.
En 1907, explica Zapata, José Antonio Alvarado adquirió y rediseñó el inmueble de lo que hoy es la casa-sede de la Bienal de Cuenca.  El artista decoró las paredes del espacio con murales de regusto bucólico, además de apliques de papel tapiz y latón policromado que lo adornan.


Una pintura continua se levanta sobre las paredes y los cielorrasos, impensable por sus dimensiones y detalles que distraen inevitablemente de las fotografías, así sea para luego volver a ellas. El autor de esta obra todavía es anónimo, aunque entre enero de 2006 y diciembre de 2009 Max Cabrera y Gustavo Lloret realizaron la intervención-restauración de la casa, manteniendo su diseño original.


Sobre Alvarado
José Antonio Alvarado no solo dedicó sus días a la fotografía. También fue relojero, librero, importador y comerciante de diversos productos. Nació en 1884 y vivió 104 años para crear.


Su trabajo ha sido comparado con el de las fotógrafas estadounidenses Sally Mann y Diane Arbus. Sin embargo, Zapata califica sus retratos “ungidos por un aura de pureza, atravesados por la inocencia prístina de la infancia”.


Actualmente, cinco fotografías se sumaron a la muestra ‘Patio Alvarado’, gracias a un préstamo de la familia del artista y del también fotógrafo cuencano Gustavo Landívar. Esta muestra se reaperturó luego de que finalizaran las exposiciones de la XIV edición de la Bienal de Cuenca, que tuvo a esta edificación como una de sus sedes. Alvarado y su familia han vuelto a casa. (I)

Isabel Aguilar
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Patio Alvarado es lo sublime de un legado en fotografías

Las paredes de esta edificación patrimonial tienen murales de regusto bucólico, además de apliques de papel tapiz y latón policromado.

Una casa que por inercia alberga belleza, recoge la obra de uno de los artistas más emblemáticos de esta ciudad. Obras en blanco y negro que evocan a la familia reposan en la edificación patrimonial de la Fundación Municipal Bienal de Cuenca, un espacio que seduce en milésimas de segundo.

Hay niños vestidos de indígenas de la Sierra en una enorme fotografía en blanco y negro. Son la primera visión del visitante promedio y aquello aporta quizá, a un 90 por ciento de la seducción que un lugar como este genera.


Es ‘Patio Alvarado’, la muestra permanente del legado fotográfico de José Antonio Alvarado, de esos artistas que no necesitan mayor presentación pero que si alguien no lo conoce, debe ser presentado.


La obra de Alvarado que reposa en la casa de la Fundación Municipal Bienal de Cuenca es “el entrañable álbum de la familia Alvarado Ochoa que tuvo en su padre a un vigía y fotógrafo excepcional”, según el curador Cristóbal Zapata, escritor y director ejecutivo de la Bienal.


Esa dedicación del artista para captar los rostros de los miembros del hogar se transmiten en retratos de todo tipo. Hay niños con juguetes y de ellos se desprenden miradas fijas, perdidas otras, pero todas con el alcance de vislumbrar ‘eso’ que pocos logran además de las imágenes.


Son mujeres, hermanas, trabajadoras domésticas, primas y un rostro que se repite, con el que aparentemente el fotógrafo tuvo un vínculo importante que se delata en su obra.


La mujer que protagoniza estos retratos en medio del contexto intimista y cómplice es su esposa Florencia Ochoa, quien según el colaborador de la Bienal, Galo Mosquera, tuvo una relación de cariño absoluto con su marido.


Las fotografías de Florencia tienen una elegancia sutil que se desvanece en sus expresiones dulces. En las de las niñas sucede lo mismo pero alrededor de la espontaneidad, propia de su naturaleza.


Muñecas, vestidos, joyas, sonrisas y momentos toman forma en un escenario que no se acerca siquiera a la apariencia de otro. Un escenario intermitente que sortea cada espacio de la casa que frente al lente, siempre es a blanco y negro.


La casa bucólica
Podrían suceder dos cosas con estas fotografías de estética innegable: competir con la belleza de la edificación que las exhibe o complementarse con ella.
En 1907, explica Zapata, José Antonio Alvarado adquirió y rediseñó el inmueble de lo que hoy es la casa-sede de la Bienal de Cuenca.  El artista decoró las paredes del espacio con murales de regusto bucólico, además de apliques de papel tapiz y latón policromado que lo adornan.


Una pintura continua se levanta sobre las paredes y los cielorrasos, impensable por sus dimensiones y detalles que distraen inevitablemente de las fotografías, así sea para luego volver a ellas. El autor de esta obra todavía es anónimo, aunque entre enero de 2006 y diciembre de 2009 Max Cabrera y Gustavo Lloret realizaron la intervención-restauración de la casa, manteniendo su diseño original.


Sobre Alvarado
José Antonio Alvarado no solo dedicó sus días a la fotografía. También fue relojero, librero, importador y comerciante de diversos productos. Nació en 1884 y vivió 104 años para crear.


Su trabajo ha sido comparado con el de las fotógrafas estadounidenses Sally Mann y Diane Arbus. Sin embargo, Zapata califica sus retratos “ungidos por un aura de pureza, atravesados por la inocencia prístina de la infancia”.


Actualmente, cinco fotografías se sumaron a la muestra ‘Patio Alvarado’, gracias a un préstamo de la familia del artista y del también fotógrafo cuencano Gustavo Landívar. Esta muestra se reaperturó luego de que finalizaran las exposiciones de la XIV edición de la Bienal de Cuenca, que tuvo a esta edificación como una de sus sedes. Alvarado y su familia han vuelto a casa. (I)

Isabel Aguilar
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