María Tránsito y su sabiduría de convertir la lana de oveja en hilo

María Tránsito Morocho, de 55 años, hila la lana en su vivienda ubicada en la comunidad de Quilloac de la provincia de Cañar.

Originaria de la comunidad Quilloac en la provincia del Cañar y experta desde su niñez en este tradicional oficio, la artesana se encarga de todo
el proceso, desde el esquilado de las ovejas hasta formar las madejas, que preservan el particular aroma de los animales. 

El escarmenado consiste en abrir el  vellón, mechón por mechón, retirar las impurezas, ordenar la lana y dejarla lista para colocar en el guango.
Para formar el guango se envuelve la lana en un palo, se amarra y se procede al hilado enrollando en una rama de sigse.


“Desde pequeñita yo aprendí a hilar, a cualquier parte voy amarcado mi guango para aprovechar hilando”, dice María Tránsito Morocho, oriunda de la Comunidad Quilloac de la provincia del Cañar.


Sobre el piso de su vivienda de adobe tiene apilados cuatro costales con la lana trasquilada de sus “seis borreguitos que cría en el cerro”. Experta desde su niñez en este tradicional oficio,  se encarga de todo el proceso, desde el esquilado de las ovejas hasta formar las madejas, que  guardan el particular aroma de los animales.


“Dependiendo del borrego sale la lana porque hay el borrego merino y el bashto”, explica María Tránsito, mientras escarmena la lana, tarea que consiste en abrir el vellón, mechón por mechón, para retirar las impurezas y ordenar las fibras.


Al terminar, elabora el guango envolviendo la fibra en una vara de madera. Empieza entonces a torcer la lana con las yemas de sus dedos y la va convirtiendo en un fino hilo que enrolla sobre una rama de sigse que se obtiene en el campo.


Mientras, la indígena rememora su infancia y dice que fue su madre, María Encarnación Tenesaca de 99 años, quien le legó esta sabiduría que viene desde sus ancestros.


“Yo aprendí hilando para cobija, bien grueso (…); hay dos tipos de hilada, para wallcarina, reboso y pollera que se hace hilo más gruesito y para cushma y ponchos amarrados que se hace con la lana pacha, que es más larga y se hila más delgadito”, asegura la artesana, quien además es profesora en la escuela de la comunidad.


Aunque no sabe con exactitud la cantidad de lana que obtiene de sus borregos, asegura que “un animal mediano da para un poncho, pero el borrego grande da para dos o hasta tres ponchos, dependiendo de la lana y del borrego”.


Costumbre
En Quilloac, las familias crían a las ovejas en los cerros. “En la antigüedad tenían hasta 120 ovejas, mi mamita tenía 60”, afirma María Tránsito.


En la comunidad, de vienen las mujeres quienes se dedican a esta actividad, las hiladoras siempre llevan consigo el guango, pero cubren la lana con un plástico para protegerla tanto del sol como de la lluvia. “La lana tiene una grasita propia que ayuda en el hilado, por eso le tapamos con funda porque sino se seca y se hace tieso y cuando llueve tenemos que evitar que se moje”, asegura.


Sus 30 años de experiencia en el hilado le hacen afirmar que el trabajo “es rápido y no es difícil”.
Al terminar de hilar un guango,  indica que las hebras se pasan al madejador para formar los ovillos, que luego son lavados en agua hirviendo y una vez secos quedan listos para empezar el tejido. “Algunos le lavan antes de hilar pero yo lavo al final ya para mandar a tejar”, indica.


Cada metro de tejido de bayeta cuesta tres dólares. Para darle color a la fibra que se utiliza para confeccionar las vestimentas tradicionales, la tela-bayeta es sometida a un proceso de tinturado. Los colores que más se utilizan son el azul, negro, rosado, amarillo, tomate, rojo y púrpura.


“Para tinturar paro la olla en la tulpa, cuando está tibia el agua voto la tinta, después  le pongo chilca y un poco de altamisa y cuando ya está hirviendo le  voto la bayeta blanca. Para ver si ya está bien pintada meto un pedacito de lana  blanca y si sale sin color es que ya no hay anilina y ya está lista”, señala.
En la comunidad de Quilloac, hoy en día, unas 30 familias se dedican a esta actividad, sin embargo, son las mujeres adultas las que mantienen esta costumbre que se ha transmitido de generación en generación.  (F)


Proceso. Para elaborar el guango se utiliza una vara delgada en la que se coloca la lana escarmenada, al hilar se la enrolla en una rama de sigse.
Labor. En Quilloac unas 30 familias se dedican a esta actividad, sin embargo, son las mujeres adultas las que mantienen esta costumbre.
Clase. De la oveja merino, que es una raza originaria de España y una de las más antiguas del mundo, se obtiene un hilo resistente y suave.


Aunque el oficio del hilado se está perdiendo, las mujeres mayores se esfuerzan por inculcar a las más jóvenes la importancia que tiene. “Ahora la gente poco hila, la juventud está en el celular, en la tecnología y las mujeres de edad son las que se dedican”, lamenta María Tránsito, quien tiene dos hijas a quienes les ha enseñado y le ayudan en las tareas, pero se dedican a sus carreras univesitarias.


“Yo cuando salí de sexto grado pasé dos años pastando borregos e hilando, después se creó el colegio en 1980 y entré a estudiar pero desde ahí no he dejado de hilar”, asegura María Tránsito, quien hoy cumple 55 años. (F)

María Tránsito y su sabiduría de convertir la lana de oveja en hilo

María Tránsito Morocho, de 55 años, hila la lana en su vivienda ubicada en la comunidad de Quilloac de la provincia de Cañar.

Originaria de la comunidad Quilloac en la provincia del Cañar y experta desde su niñez en este tradicional oficio, la artesana se encarga de todo
el proceso, desde el esquilado de las ovejas hasta formar las madejas, que preservan el particular aroma de los animales. 

El escarmenado consiste en abrir el  vellón, mechón por mechón, retirar las impurezas, ordenar la lana y dejarla lista para colocar en el guango.
Para formar el guango se envuelve la lana en un palo, se amarra y se procede al hilado enrollando en una rama de sigse.


“Desde pequeñita yo aprendí a hilar, a cualquier parte voy amarcado mi guango para aprovechar hilando”, dice María Tránsito Morocho, oriunda de la Comunidad Quilloac de la provincia del Cañar.


Sobre el piso de su vivienda de adobe tiene apilados cuatro costales con la lana trasquilada de sus “seis borreguitos que cría en el cerro”. Experta desde su niñez en este tradicional oficio,  se encarga de todo el proceso, desde el esquilado de las ovejas hasta formar las madejas, que  guardan el particular aroma de los animales.


“Dependiendo del borrego sale la lana porque hay el borrego merino y el bashto”, explica María Tránsito, mientras escarmena la lana, tarea que consiste en abrir el vellón, mechón por mechón, para retirar las impurezas y ordenar las fibras.


Al terminar, elabora el guango envolviendo la fibra en una vara de madera. Empieza entonces a torcer la lana con las yemas de sus dedos y la va convirtiendo en un fino hilo que enrolla sobre una rama de sigse que se obtiene en el campo.


Mientras, la indígena rememora su infancia y dice que fue su madre, María Encarnación Tenesaca de 99 años, quien le legó esta sabiduría que viene desde sus ancestros.


“Yo aprendí hilando para cobija, bien grueso (…); hay dos tipos de hilada, para wallcarina, reboso y pollera que se hace hilo más gruesito y para cushma y ponchos amarrados que se hace con la lana pacha, que es más larga y se hila más delgadito”, asegura la artesana, quien además es profesora en la escuela de la comunidad.


Aunque no sabe con exactitud la cantidad de lana que obtiene de sus borregos, asegura que “un animal mediano da para un poncho, pero el borrego grande da para dos o hasta tres ponchos, dependiendo de la lana y del borrego”.


Costumbre
En Quilloac, las familias crían a las ovejas en los cerros. “En la antigüedad tenían hasta 120 ovejas, mi mamita tenía 60”, afirma María Tránsito.


En la comunidad, de vienen las mujeres quienes se dedican a esta actividad, las hiladoras siempre llevan consigo el guango, pero cubren la lana con un plástico para protegerla tanto del sol como de la lluvia. “La lana tiene una grasita propia que ayuda en el hilado, por eso le tapamos con funda porque sino se seca y se hace tieso y cuando llueve tenemos que evitar que se moje”, asegura.


Sus 30 años de experiencia en el hilado le hacen afirmar que el trabajo “es rápido y no es difícil”.
Al terminar de hilar un guango,  indica que las hebras se pasan al madejador para formar los ovillos, que luego son lavados en agua hirviendo y una vez secos quedan listos para empezar el tejido. “Algunos le lavan antes de hilar pero yo lavo al final ya para mandar a tejar”, indica.


Cada metro de tejido de bayeta cuesta tres dólares. Para darle color a la fibra que se utiliza para confeccionar las vestimentas tradicionales, la tela-bayeta es sometida a un proceso de tinturado. Los colores que más se utilizan son el azul, negro, rosado, amarillo, tomate, rojo y púrpura.


“Para tinturar paro la olla en la tulpa, cuando está tibia el agua voto la tinta, después  le pongo chilca y un poco de altamisa y cuando ya está hirviendo le  voto la bayeta blanca. Para ver si ya está bien pintada meto un pedacito de lana  blanca y si sale sin color es que ya no hay anilina y ya está lista”, señala.
En la comunidad de Quilloac, hoy en día, unas 30 familias se dedican a esta actividad, sin embargo, son las mujeres adultas las que mantienen esta costumbre que se ha transmitido de generación en generación.  (F)


Proceso. Para elaborar el guango se utiliza una vara delgada en la que se coloca la lana escarmenada, al hilar se la enrolla en una rama de sigse.
Labor. En Quilloac unas 30 familias se dedican a esta actividad, sin embargo, son las mujeres adultas las que mantienen esta costumbre.
Clase. De la oveja merino, que es una raza originaria de España y una de las más antiguas del mundo, se obtiene un hilo resistente y suave.


Aunque el oficio del hilado se está perdiendo, las mujeres mayores se esfuerzan por inculcar a las más jóvenes la importancia que tiene. “Ahora la gente poco hila, la juventud está en el celular, en la tecnología y las mujeres de edad son las que se dedican”, lamenta María Tránsito, quien tiene dos hijas a quienes les ha enseñado y le ayudan en las tareas, pero se dedican a sus carreras univesitarias.


“Yo cuando salí de sexto grado pasé dos años pastando borregos e hilando, después se creó el colegio en 1980 y entré a estudiar pero desde ahí no he dejado de hilar”, asegura María Tránsito, quien hoy cumple 55 años. (F)