Las Carmelitas muestran el vestido del Niño Viajero

En cada puntada que da sor Ana María del Niño de Praga en el traje del Niño Viajero regala también su vida para Dios, una vida de oración y claustro que ha decidido iniciar hace más de 30 años. Con 54, sor Anita es la encargada de elaborar y bordar el traje del ‘Niñito’, como lo adula.


El Niño Viajero, que según el testamento del monseñor Miguel Cordero Crespo está en el monasterio desde 1985, vestirá este traje fabricado en velur lacre este 24 de diciembre.


La capa aún está en proceso de bordado, las hermanas necesitan cuatro días más para acabar este vestido que con tanto amor  y dedicación cosen.


Ayer, el patio central del monasterio lucía soleado; el silencio más profundo reinaba en el lugar. La priora sor Leonor del Espíritu Santo abría por un momento las puertas de madera de este convento de clausura para mostrar a los periodistas el traje del Niño Viajero, que están elaborando un año más las hermanas. Entre tres y cuatro horas trabajan al día en el atuendo que mide unos 35 centímetros, y lo hacen desde hace un mes y medio. Para el vestido de este año, la priora recibió un encargo del Espíritu Santo para que lo diseñen con azucenas y rosas.


Sor Anita enseña con ternura el bordado en relieve que está haciendo a máquina, con hilo de oro, mientras recuerda sus inicios en este monasterio.


Llegó con 20 años, de “cebollita”, como bromea la hermana por graduarse de Secretariado Bilingüe en el colegio Ciudad de Cuenca. Destaca que cuando era niña su “papacito” le cosía la ropa, ella aprendió a coser cuando entró al monasterio.
“El mensaje de Jesús es que cada día nos amemos más, que seamos pequeñitos como él en nuestro corazón”, así da la bienvenida la hermana a los periodistas invitados a conocer el traje del Niño Viajero.


La religiosa no está muy acostumbrada a ver a gente desconocida; tres veces al año recibe las visitas de sus familiares, en Navidad, Pascua de Resurrección y por el día de la Virgencita del Carmen, y solo en la entrada al convento.


A lado de la pileta de alabastro del patio central, sor Anita atiende con paciencia a los periodistas. “Aquí somos 20 hermanas, pero podemos ser 21; tenemos un cupo”, sonrie y abre sus brazos como una señal de acogida.


Desde el monasterio se ven imponentes las torres de la Catedral de la Inmaculada Concepción. Las celdas de las religiosas tienen las puertas abiertas  pero está prohibido pasar más allá del patio. Usan velo para abrir la puerta del convento pero, esta vez “y por pedido de nuestro señor”, sor Anita y sor Leonor muestran sus rostros, como excepción.


“Yo estaba refunfuñando, en realidad... nuestra vida ya la hemos dado toda a Dios; todo hemos dejado por Dios y para Dios”, expresa sor Anita ante el hecho de no llevar por un momento esta prenda que le aleja de las miradas curiosas y le otorga una vida en estricta clausura.


En este lugar, el día comienza las 03:30 de la mañana y acaba a las 22:00.  Las hermanas no leen las noticias, pero su vida “es muy bonita”. Después de la oración tienen la instrucción con la madre priora sobre “cómo tenemos que amarnos y comprendernos porque en todo lugar hay alguna cosa entre hermanas”, añade sor Anita que desde pequeña se ponía en la cabeza un mantel para mostrar a sus papás que era monja. (I)

Las Carmelitas muestran el vestido del Niño Viajero

En cada puntada que da sor Ana María del Niño de Praga en el traje del Niño Viajero regala también su vida para Dios, una vida de oración y claustro que ha decidido iniciar hace más de 30 años. Con 54, sor Anita es la encargada de elaborar y bordar el traje del ‘Niñito’, como lo adula.


El Niño Viajero, que según el testamento del monseñor Miguel Cordero Crespo está en el monasterio desde 1985, vestirá este traje fabricado en velur lacre este 24 de diciembre.


La capa aún está en proceso de bordado, las hermanas necesitan cuatro días más para acabar este vestido que con tanto amor  y dedicación cosen.


Ayer, el patio central del monasterio lucía soleado; el silencio más profundo reinaba en el lugar. La priora sor Leonor del Espíritu Santo abría por un momento las puertas de madera de este convento de clausura para mostrar a los periodistas el traje del Niño Viajero, que están elaborando un año más las hermanas. Entre tres y cuatro horas trabajan al día en el atuendo que mide unos 35 centímetros, y lo hacen desde hace un mes y medio. Para el vestido de este año, la priora recibió un encargo del Espíritu Santo para que lo diseñen con azucenas y rosas.


Sor Anita enseña con ternura el bordado en relieve que está haciendo a máquina, con hilo de oro, mientras recuerda sus inicios en este monasterio.


Llegó con 20 años, de “cebollita”, como bromea la hermana por graduarse de Secretariado Bilingüe en el colegio Ciudad de Cuenca. Destaca que cuando era niña su “papacito” le cosía la ropa, ella aprendió a coser cuando entró al monasterio.
“El mensaje de Jesús es que cada día nos amemos más, que seamos pequeñitos como él en nuestro corazón”, así da la bienvenida la hermana a los periodistas invitados a conocer el traje del Niño Viajero.


La religiosa no está muy acostumbrada a ver a gente desconocida; tres veces al año recibe las visitas de sus familiares, en Navidad, Pascua de Resurrección y por el día de la Virgencita del Carmen, y solo en la entrada al convento.


A lado de la pileta de alabastro del patio central, sor Anita atiende con paciencia a los periodistas. “Aquí somos 20 hermanas, pero podemos ser 21; tenemos un cupo”, sonrie y abre sus brazos como una señal de acogida.


Desde el monasterio se ven imponentes las torres de la Catedral de la Inmaculada Concepción. Las celdas de las religiosas tienen las puertas abiertas  pero está prohibido pasar más allá del patio. Usan velo para abrir la puerta del convento pero, esta vez “y por pedido de nuestro señor”, sor Anita y sor Leonor muestran sus rostros, como excepción.


“Yo estaba refunfuñando, en realidad... nuestra vida ya la hemos dado toda a Dios; todo hemos dejado por Dios y para Dios”, expresa sor Anita ante el hecho de no llevar por un momento esta prenda que le aleja de las miradas curiosas y le otorga una vida en estricta clausura.


En este lugar, el día comienza las 03:30 de la mañana y acaba a las 22:00.  Las hermanas no leen las noticias, pero su vida “es muy bonita”. Después de la oración tienen la instrucción con la madre priora sobre “cómo tenemos que amarnos y comprendernos porque en todo lugar hay alguna cosa entre hermanas”, añade sor Anita que desde pequeña se ponía en la cabeza un mantel para mostrar a sus papás que era monja. (I)