La cultura popular viaja en el corazón de un Niñito

Una escultura de la imagen del Niño Jesús tallada en 1823 es homenajeada cada 24 de diciembre en la procesión más importante de Cuenca y una de las más reconocidas en el país. Pero el entorno y el contexto del Pase del Niño Viajero tienen más de una razón.
La imagen del Niño Viajero, que fue bendecida por el papa Juan XXIII en Roma.

El sacerdote cuencano Miguel Cordero Crespo, vicario de la Arquidiócesis de Cuenca, llevó la escultura hasta Roma donde fue bendecida por el papa Juan XXIII. Al regresar a la ciudad, en 1961, Rosa Palomeque, amiga de Cordero, dijo: “¡Ya llegó el viajero!”. De esta manera adoptó su nombre.

 Los personajes
El historiador Claudio Malo dirigió la tesis de Susana González, autora del libro El Pase del Niño, publicado en 1981. Aquí, González habla de personajes religiosos y civiles que acompañan el desfile. Los civiles que son los participantes, por lo general niños disfrazados con la indumentaria de las regiones de Azuay y Cañar, así como de otras provincias del Ecuador.


La caracterización del pesebre de Belén está dirigida por el Ángel de la Estrella, el personaje religioso más emblemático, seguido de la Virgen María, los Reyes Magos, Herodes y su corte, San José y San Juan Bautista.


Un personaje civil que se roba la atención en los pases es el mayoral. Se trata de la representación del mayordomo, que dentro del sistema administrativo de una hacienda -luego del patrón- era la mayor autoridad para los peones. El mayoral se transporta en caballo y con él arranca la costumbre de las ofrendas para las que empiezan a construirse los llamativos “castillos”, con diferentes productos.

 Pampamesa
Frutas como manzanas, uvas, guineos, chirimoyas, piñas, papayas, duraznos, otros alimentos como habas, porotos, arvejas, ajíes, y productos de supermercado como enlatados, chicles, bombones, chupetes y licores adornan con hilos dorados y guirnaldas una elegante manta que inicialmente se colocaba en el lomo del caballo en el que era transportado el mayoral, pero que, con el paso del tiempo, se hizo popular para el resto de personajes.
Según Malo, este arreglo tiene su origen en la pampamesa, porque al finalizar la procesión los alimentos se comparten entre los asistentes, quienes los consumen en sus casas o en la de los priostes.


Dice además que la abundancia de comida es simbolizada especialmente por el chancho, el cuy, el mote, el pan y la chicha que mantienen y elevan la posición social. E incluso la elegancia en el vestuario del niño mayoral y la riqueza de su ofrenda, le da influencia y prestigio dentro de las amistades de sus padres. Así, con la finalidad de aparentar fortuna, se les cose billetes en sus sombreros.


El valor estético de un castillo constituye quizá una de las mayores inversiones de tiempo y dinero para quienes lo construyen. Aunque su esencia está en las ofrendas que los fieles entregan al Niño Dios, pues los invitados y priostes tienen la creencia de que “mientras mayor es la ofrenda, mayor es el amor por la divinidad”.

 Cambios en el tiempo
Malo explica que con el pasar de los años el Pase del Niño Viajero ha tenido modificaciones como la incorporación de personajes populares que nada tienen que ver con la religiosidad.
Charros mexicanos, payasos y conocidas figuras de la animación, por ejemplo, para Malo se deben a un sincretismo que radica en el hecho de que “el nacimiento del Niño Dios es universal y está en todas partes”.


Otro de los cambios lo marcaron el uso de los carros alegóricos, además de los caballos, y la transición de la música de banda en vivo a la utilización de discos compactos que acompañan desde los automóviles con el sonido de los populares villancicos.


Por iniciativa de la familia Pulla, el Pase del Niño Viajero se expandió no sólo a familiares, sino a toda la gente que la noche anterior asistía a una velación social entre religiosa y festiva de la imagen, donde recibían como carta de invitación el pan entregado por su mantenedora o prioste, Rosa Pulla, quién según Malo, orgullosa decía: “Lo que comenzó con media cuadra, ahora dura seis horas”.


Susana González cuenta en su libro que la mantenedora dijo en alguna ocasión que su madre, Rosa Palomeque, antes de morir le hizo prometer que continuaría con esta costumbre y que sus últimas palabras fueron: “Hija, déjame morir tranquila. ¡Dame la palabra que me vas a hacer la fiesta! Si no… el Viajero quedará huerfanito”.


El Pase del Niño Viajero no es sólo un símbolo de la cultura azuaya, que representa a las clases sociales y a la estructura étnica cultural, sino también del proceso de cambio de mentalidad, en el que, según Malo, la fusión de la cultura popular y la cultura elitista fue finalmente posible. (F) Cuenca

La cultura popular viaja en el corazón de un Niñito

La imagen del Niño Viajero, que fue bendecida por el papa Juan XXIII en Roma.

El sacerdote cuencano Miguel Cordero Crespo, vicario de la Arquidiócesis de Cuenca, llevó la escultura hasta Roma donde fue bendecida por el papa Juan XXIII. Al regresar a la ciudad, en 1961, Rosa Palomeque, amiga de Cordero, dijo: “¡Ya llegó el viajero!”. De esta manera adoptó su nombre.

 Los personajes
El historiador Claudio Malo dirigió la tesis de Susana González, autora del libro El Pase del Niño, publicado en 1981. Aquí, González habla de personajes religiosos y civiles que acompañan el desfile. Los civiles que son los participantes, por lo general niños disfrazados con la indumentaria de las regiones de Azuay y Cañar, así como de otras provincias del Ecuador.


La caracterización del pesebre de Belén está dirigida por el Ángel de la Estrella, el personaje religioso más emblemático, seguido de la Virgen María, los Reyes Magos, Herodes y su corte, San José y San Juan Bautista.


Un personaje civil que se roba la atención en los pases es el mayoral. Se trata de la representación del mayordomo, que dentro del sistema administrativo de una hacienda -luego del patrón- era la mayor autoridad para los peones. El mayoral se transporta en caballo y con él arranca la costumbre de las ofrendas para las que empiezan a construirse los llamativos “castillos”, con diferentes productos.

 Pampamesa
Frutas como manzanas, uvas, guineos, chirimoyas, piñas, papayas, duraznos, otros alimentos como habas, porotos, arvejas, ajíes, y productos de supermercado como enlatados, chicles, bombones, chupetes y licores adornan con hilos dorados y guirnaldas una elegante manta que inicialmente se colocaba en el lomo del caballo en el que era transportado el mayoral, pero que, con el paso del tiempo, se hizo popular para el resto de personajes.
Según Malo, este arreglo tiene su origen en la pampamesa, porque al finalizar la procesión los alimentos se comparten entre los asistentes, quienes los consumen en sus casas o en la de los priostes.


Dice además que la abundancia de comida es simbolizada especialmente por el chancho, el cuy, el mote, el pan y la chicha que mantienen y elevan la posición social. E incluso la elegancia en el vestuario del niño mayoral y la riqueza de su ofrenda, le da influencia y prestigio dentro de las amistades de sus padres. Así, con la finalidad de aparentar fortuna, se les cose billetes en sus sombreros.


El valor estético de un castillo constituye quizá una de las mayores inversiones de tiempo y dinero para quienes lo construyen. Aunque su esencia está en las ofrendas que los fieles entregan al Niño Dios, pues los invitados y priostes tienen la creencia de que “mientras mayor es la ofrenda, mayor es el amor por la divinidad”.

 Cambios en el tiempo
Malo explica que con el pasar de los años el Pase del Niño Viajero ha tenido modificaciones como la incorporación de personajes populares que nada tienen que ver con la religiosidad.
Charros mexicanos, payasos y conocidas figuras de la animación, por ejemplo, para Malo se deben a un sincretismo que radica en el hecho de que “el nacimiento del Niño Dios es universal y está en todas partes”.


Otro de los cambios lo marcaron el uso de los carros alegóricos, además de los caballos, y la transición de la música de banda en vivo a la utilización de discos compactos que acompañan desde los automóviles con el sonido de los populares villancicos.


Por iniciativa de la familia Pulla, el Pase del Niño Viajero se expandió no sólo a familiares, sino a toda la gente que la noche anterior asistía a una velación social entre religiosa y festiva de la imagen, donde recibían como carta de invitación el pan entregado por su mantenedora o prioste, Rosa Pulla, quién según Malo, orgullosa decía: “Lo que comenzó con media cuadra, ahora dura seis horas”.


Susana González cuenta en su libro que la mantenedora dijo en alguna ocasión que su madre, Rosa Palomeque, antes de morir le hizo prometer que continuaría con esta costumbre y que sus últimas palabras fueron: “Hija, déjame morir tranquila. ¡Dame la palabra que me vas a hacer la fiesta! Si no… el Viajero quedará huerfanito”.


El Pase del Niño Viajero no es sólo un símbolo de la cultura azuaya, que representa a las clases sociales y a la estructura étnica cultural, sino también del proceso de cambio de mentalidad, en el que, según Malo, la fusión de la cultura popular y la cultura elitista fue finalmente posible. (F) Cuenca