Julio Tamayo marcó el camino de la calidad educativa

Julio César Tamayo fundó Mi Escuelita en 1962.
FOTO: Archivo EL TIEMPO

La vida del educador Julio César Tamayo Gallegos cambió de rumbo una mañana de la década de  los ‘50 en la comunidad de Cochapata, Nabón. Tendido sobre el pasto mientras ojeaba las últimas noticias en un diario local, un grupo de niños se le acercó y le preguntó qué hacía. Tamayo respondió que leía noticias y los menores le pidieron compartir esa lectura.

Pacientemente, el entonces supervisor de educación rebanó el diario en varios pedazos hasta complacer a los menores quienes debieron satisfacer sus deseos con información netamente noticiosa. Entonces a Tamayo, tal como a Newton, se le iluminó el pensamiento al ver caer la manzana del árbol; una brillante idea trastocó su mente, la misma que tiempo después se materializó con la creación de la reconocida gaceta escolar ‘Mi Escuelita’.

Hoy, la ciudad y principalmente la comunidad educativa lamenta la partida del que muchos docentes consideran “uno de los mejores maestros que ha dado esta ciudad”, quien partió a los 102 años y 10 días de edad alrededor de las 09:40 del martes 6 de agosto.

Lucía y Alexandra Tamayo, hijas de Julio Tamayo, mientras luchaban por hablar y no quebrar su voz debido a la tristeza, recordaron a quien no solo les dio amor y paciencia, sino también les enseñó el valor de la educación. Hoy, tres de los cinco hijos han seguido sus pasos.

Ellas pasaron por casa unos minutos, en medio del velorio de su progenitor,  y  recogieron ediciones de ‘Mi Escuelita’ para que lo acompañen en su última despedida.  Ambas lo recuerdan como un ser comprometido con la educación y con la niñez.

Según ellas, el 28 de octubre de 1962 la vida de su padre dio un giro determinante, cuando imprimió los primeros 500 ejemplares de ‘Mi Escuelita’.  Las hijas, relataron que un gran temor invadía a su padre antes de publicar al no saber la respuesta que tendría. Pero pudo más su tenacidad que se extendió por más de 45 años en entregas mensuales. Los últimos tirajes, debido a los cambios en la normas educativas del país, circulaba con el Diario LATE pero bajo la coordinación de su hija Lucía.

“Papá opinaba sobre las publicaciones pero ya no con la misma fuerza”, recuerda. Con un gran respeto a las normas ortográficas  demostraba su apego a la lectura. Como amante de la música y del arte, extrañarán sus pasos y esa voz que ocupaba toda la casa.

“Maestro de maestros” es la frase con la que Nihila Morales define a Tamayo, luego de trabajar bajo su supervisión durante cuatro años en la escuela Dolores J. Torres. Ella recuerda que los días en los que la juventud afloraba, el maestro les marcó el camino a seguir.

La docente jubilada expresó sentirse orgullosa de conocer a un hombre tan justo, respetuoso, cariñoso, exigente, responsable y con un gran sentido de la responsabilidad educativa. No solo en lo profesional, como estudiante de primaria, Morales coleccionaba las gacetas escolares ‘Mi Escuelita’ que salían cada mes. Desde entonces descubrió su apego por la educación.

Dálida Astudillo, quien se jubiló con casi 48 años de trabajo en el magisterio, señaló que se servía de los beneficios didácticos del periódico escolar para dictar sus clases. Destacó el cuidado que tenía el autor en el momento de redactar, el gran sentido del humor para educar y las hojas dedicadas a la enseñanza de matemáticas, historia, cívica y cultura general. “Para hacer lo que él hizo hay que tener vocación”, agregó Astudillo trsite por la partida de su mentor.

Aunque un poco alejada de las aulas, Carmen Saquicela también recuerda a Tamayo como un hombre fielmente apegado a la enseñanza. Ella levantaba el texto y diagramaba la gaceta escolar bajo su dirección cuando esta se imprimía en Diario EL TIEMPO.

Unos 25 años, dice Saquicela, compartió con ‘Don Julito’, como cariñosamente lo nombra. Ella reveló que lo conoció mucho antes, en la primaria cuando era estudiante de la escuela Tres de Noviembre.

Jorge Álvarez, periodista retirado, señaló que su afición por la lectura creció cuando en la escuela, entre 1970-1976, esperaba con ansias que llegaran las páginas de ‘Mi Escuelita’ para “devorarlas”.

Lamentó que Cuenca haya perdido a un gran referente de la educación. (F)

Fabián Campoverde
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Julio Tamayo marcó el camino de la calidad educativa

Julio César Tamayo fundó Mi Escuelita en 1962.
FOTO: Archivo EL TIEMPO

La vida del educador Julio César Tamayo Gallegos cambió de rumbo una mañana de la década de  los ‘50 en la comunidad de Cochapata, Nabón. Tendido sobre el pasto mientras ojeaba las últimas noticias en un diario local, un grupo de niños se le acercó y le preguntó qué hacía. Tamayo respondió que leía noticias y los menores le pidieron compartir esa lectura.

Pacientemente, el entonces supervisor de educación rebanó el diario en varios pedazos hasta complacer a los menores quienes debieron satisfacer sus deseos con información netamente noticiosa. Entonces a Tamayo, tal como a Newton, se le iluminó el pensamiento al ver caer la manzana del árbol; una brillante idea trastocó su mente, la misma que tiempo después se materializó con la creación de la reconocida gaceta escolar ‘Mi Escuelita’.

Hoy, la ciudad y principalmente la comunidad educativa lamenta la partida del que muchos docentes consideran “uno de los mejores maestros que ha dado esta ciudad”, quien partió a los 102 años y 10 días de edad alrededor de las 09:40 del martes 6 de agosto.

Lucía y Alexandra Tamayo, hijas de Julio Tamayo, mientras luchaban por hablar y no quebrar su voz debido a la tristeza, recordaron a quien no solo les dio amor y paciencia, sino también les enseñó el valor de la educación. Hoy, tres de los cinco hijos han seguido sus pasos.

Ellas pasaron por casa unos minutos, en medio del velorio de su progenitor,  y  recogieron ediciones de ‘Mi Escuelita’ para que lo acompañen en su última despedida.  Ambas lo recuerdan como un ser comprometido con la educación y con la niñez.

Según ellas, el 28 de octubre de 1962 la vida de su padre dio un giro determinante, cuando imprimió los primeros 500 ejemplares de ‘Mi Escuelita’.  Las hijas, relataron que un gran temor invadía a su padre antes de publicar al no saber la respuesta que tendría. Pero pudo más su tenacidad que se extendió por más de 45 años en entregas mensuales. Los últimos tirajes, debido a los cambios en la normas educativas del país, circulaba con el Diario LATE pero bajo la coordinación de su hija Lucía.

“Papá opinaba sobre las publicaciones pero ya no con la misma fuerza”, recuerda. Con un gran respeto a las normas ortográficas  demostraba su apego a la lectura. Como amante de la música y del arte, extrañarán sus pasos y esa voz que ocupaba toda la casa.

“Maestro de maestros” es la frase con la que Nihila Morales define a Tamayo, luego de trabajar bajo su supervisión durante cuatro años en la escuela Dolores J. Torres. Ella recuerda que los días en los que la juventud afloraba, el maestro les marcó el camino a seguir.

La docente jubilada expresó sentirse orgullosa de conocer a un hombre tan justo, respetuoso, cariñoso, exigente, responsable y con un gran sentido de la responsabilidad educativa. No solo en lo profesional, como estudiante de primaria, Morales coleccionaba las gacetas escolares ‘Mi Escuelita’ que salían cada mes. Desde entonces descubrió su apego por la educación.

Dálida Astudillo, quien se jubiló con casi 48 años de trabajo en el magisterio, señaló que se servía de los beneficios didácticos del periódico escolar para dictar sus clases. Destacó el cuidado que tenía el autor en el momento de redactar, el gran sentido del humor para educar y las hojas dedicadas a la enseñanza de matemáticas, historia, cívica y cultura general. “Para hacer lo que él hizo hay que tener vocación”, agregó Astudillo trsite por la partida de su mentor.

Aunque un poco alejada de las aulas, Carmen Saquicela también recuerda a Tamayo como un hombre fielmente apegado a la enseñanza. Ella levantaba el texto y diagramaba la gaceta escolar bajo su dirección cuando esta se imprimía en Diario EL TIEMPO.

Unos 25 años, dice Saquicela, compartió con ‘Don Julito’, como cariñosamente lo nombra. Ella reveló que lo conoció mucho antes, en la primaria cuando era estudiante de la escuela Tres de Noviembre.

Jorge Álvarez, periodista retirado, señaló que su afición por la lectura creció cuando en la escuela, entre 1970-1976, esperaba con ansias que llegaran las páginas de ‘Mi Escuelita’ para “devorarlas”.

Lamentó que Cuenca haya perdido a un gran referente de la educación. (F)

Fabián Campoverde
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