Gastronomía cuencana se recrea en un nuevo museo

En tres horas de recorrido se pueden conocer 936 piezas relacionadas con la cocina local. La historia, la nostalgia y el factor sorpresa son inevitables en este lugar ubicado en una geografía privilegiada y distante de la ciudad. Además, la comida es el final de una experiencia que no se parece a otra.

Son 936 piezas exhibidas en el ‘Museo de la Gastronomía Cuencana’. Una experiencia posible gracias a la colección de una familia empecinada en el rescate de la historia de la alimentación, como un acto que deja el buen sabor de los recuerdos.


Miguel Urgilés y Karen Cueva son esposos. Él es ingeniero en turismo y ella chef. Esta fusión dio origen a la idea de un museo restaurante que abrió hace apenas un mes.


Tal innovación es el resultado de una recopilación de piezas originales utilizadas antiguamente en la cocina, que pertenecieron a los bisabuelos de Miguel, para luego pasar a las manos de sus abuelos, de sus padres, y finalmente a las suyas-


Recorrido
“La historia y las tradiciones cambian de pueblo a pueblo” sentencia una leyenda que está en la entrada del museo ubicado a 30 minutos del Centro Histórico de la ciudad, en Challuabamba, sector que cuenta con un clima algo más cálido y un ambiente alejado del caos.
El lugar, dividido en salas que se visitan en un tiempo aproximado de tres horas, es al comienzo del recorrido, un homenaje a las culturas Tacalshapa e Inca.


Miguel, como guía designado, brinda una bebida aromática a la que ha denominado ‘de la abuela’, mientras se proyecta un pequeño video de bienvenida que explica el concepto de la propuesta: una profunda reflexión sobre la producción agroecológica, la recuperación de los utensilios culinarios de antaño y mucho aprendizaje.


En el segundo piso la sala tiene un aroma peculiar: el ají está por todos lados. Aquí se disfruta de una visita vivencial donde se puede moler el maíz con una enorme piedra, romper toctes con una más pequeña y moler el ‘uchu’ que traducido al castellano significa ají, el que fue el primer condimento para los incas.


A diferencia del común de los museos, las vitrinas son inexistentes. En cada espacio este patrimonio se puede tocar, a pesar de la valía de las piezas. Esto, explica el propietario, con la finalidad de que las personas sientan los materiales, el peso, el tiempo.


Tiempo sobre el que se reflexiona al contemplar las salas en las que se conservan los alimentos tradicionales y que de a poco se han perdido, pero que en la cocina del chef Edwin Reinoso se mantienen. Ocas, mellocos, zanahoria blanca y maíz morado son parte.


Luego, la evolución de los tipos de cocina según la época, ocupan un gran espacio al que le siguen otros, donde se ven, perciben y tocan las especias, alimentos y utensilios traídos por los españoles.


Cada artefacto tiene una historia para ser discutida y cuestionada. La colección de balanzas para pesar los alimentos, las pailas de bronce y cobre, y las ‘chuspas’ en las que pronto se preparará “el café de la abuela por las tardes”.
Saber lo que se come y a quiénes se deben los alimentos, es el propósito de un museo en el que para los aficionados con las fotografías, es el ‘paraíso’.


Una notable diferencia con los otros restaurantes está marcada en ‘la cocina viva’, que invita a que el comensal vea ‘in situ’ cómo se preparan sus alimentos y platillos inamovibles del menú, pero que según la época, se renuevan.


La visita con comida incluida tiene un valor de 20 dólares por persona. Solo el recorrido, cuesta 8.  
El Museo de la Gastronomía Cuencana está abierto los jueves, viernes y sábados de 10:00 a 21:00, y los domingos de 09:00 a 16:00, día en el que también funciona un mercado agroecológico. Es un lugar del que se sale con la barriga llena y un recuerdo histórico completo. (I)

Isabel Aguilar
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Gastronomía cuencana se recrea en un nuevo museo

En tres horas de recorrido se pueden conocer 936 piezas relacionadas con la cocina local. La historia, la nostalgia y el factor sorpresa son inevitables en este lugar ubicado en una geografía privilegiada y distante de la ciudad. Además, la comida es el final de una experiencia que no se parece a otra.

Son 936 piezas exhibidas en el ‘Museo de la Gastronomía Cuencana’. Una experiencia posible gracias a la colección de una familia empecinada en el rescate de la historia de la alimentación, como un acto que deja el buen sabor de los recuerdos.


Miguel Urgilés y Karen Cueva son esposos. Él es ingeniero en turismo y ella chef. Esta fusión dio origen a la idea de un museo restaurante que abrió hace apenas un mes.


Tal innovación es el resultado de una recopilación de piezas originales utilizadas antiguamente en la cocina, que pertenecieron a los bisabuelos de Miguel, para luego pasar a las manos de sus abuelos, de sus padres, y finalmente a las suyas-


Recorrido
“La historia y las tradiciones cambian de pueblo a pueblo” sentencia una leyenda que está en la entrada del museo ubicado a 30 minutos del Centro Histórico de la ciudad, en Challuabamba, sector que cuenta con un clima algo más cálido y un ambiente alejado del caos.
El lugar, dividido en salas que se visitan en un tiempo aproximado de tres horas, es al comienzo del recorrido, un homenaje a las culturas Tacalshapa e Inca.


Miguel, como guía designado, brinda una bebida aromática a la que ha denominado ‘de la abuela’, mientras se proyecta un pequeño video de bienvenida que explica el concepto de la propuesta: una profunda reflexión sobre la producción agroecológica, la recuperación de los utensilios culinarios de antaño y mucho aprendizaje.


En el segundo piso la sala tiene un aroma peculiar: el ají está por todos lados. Aquí se disfruta de una visita vivencial donde se puede moler el maíz con una enorme piedra, romper toctes con una más pequeña y moler el ‘uchu’ que traducido al castellano significa ají, el que fue el primer condimento para los incas.


A diferencia del común de los museos, las vitrinas son inexistentes. En cada espacio este patrimonio se puede tocar, a pesar de la valía de las piezas. Esto, explica el propietario, con la finalidad de que las personas sientan los materiales, el peso, el tiempo.


Tiempo sobre el que se reflexiona al contemplar las salas en las que se conservan los alimentos tradicionales y que de a poco se han perdido, pero que en la cocina del chef Edwin Reinoso se mantienen. Ocas, mellocos, zanahoria blanca y maíz morado son parte.


Luego, la evolución de los tipos de cocina según la época, ocupan un gran espacio al que le siguen otros, donde se ven, perciben y tocan las especias, alimentos y utensilios traídos por los españoles.


Cada artefacto tiene una historia para ser discutida y cuestionada. La colección de balanzas para pesar los alimentos, las pailas de bronce y cobre, y las ‘chuspas’ en las que pronto se preparará “el café de la abuela por las tardes”.
Saber lo que se come y a quiénes se deben los alimentos, es el propósito de un museo en el que para los aficionados con las fotografías, es el ‘paraíso’.


Una notable diferencia con los otros restaurantes está marcada en ‘la cocina viva’, que invita a que el comensal vea ‘in situ’ cómo se preparan sus alimentos y platillos inamovibles del menú, pero que según la época, se renuevan.


La visita con comida incluida tiene un valor de 20 dólares por persona. Solo el recorrido, cuesta 8.  
El Museo de la Gastronomía Cuencana está abierto los jueves, viernes y sábados de 10:00 a 21:00, y los domingos de 09:00 a 16:00, día en el que también funciona un mercado agroecológico. Es un lugar del que se sale con la barriga llena y un recuerdo histórico completo. (I)

Isabel Aguilar
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