La fiesta de la Lira cumple 100 años de vida

FOTO: EL TIEMPO

Hace un siglo, 47 personalidades vinculadas a las artes y a la cultura de la ciudad, principalmente a la literatura, firmaron el acta con la que se dio fe de la primera edición de la Fiesta de la Lira, un encuentro en que el que se demostraba lo mejor de la creación lírica. La primera edición fue el aire libre.

Hace 100 años, la quinta de Don Roberto Crespo Toral, un espacio cubierto de exuberante naturaleza, se convertía en el primer escenario de la Fiesta de la Lira, un encuentro en el que mujeres y hombres hacían gala de lo mejor de la poesía.

El acta de fundación del certamen lo firmaron 47 personalidades de la cultura local, de los cuales un poco más de la mitad eran poetas, según relató el fallecido cronista de Cuenca, Antonio Lloret Bastidas.

Entre los nombres que se eternizaron en el festival constan: Honorato Vásquez Ochoa, Remigio Crespo Toral, Rafael María Arízaga, Roberto Espinoza, Roberto Crespo Toral, Alfonso Jerves, Alfonso Borrero, Miguel Cordero Dávila.

Lloret Bastidas describe al encuentro como “el último calorcillo romántico de la ciudad de Cuenca, que en esos años centenarios y los que continuaron después de 1920, anduvo calada hasta los huesos por una multitud de versos sin memoria”. Previamente, un consistorio denominado ‘gay saber’, o grupo de conocedores de la poesía, conformado por seis poetas locales, convocó al encuentro literario.

Este grupo y el festival fueron criticados por su vinculación con la aristocracia, señala el historiador Juan Martínez Borrero, quien agrega que “la Fiesta siguió realizándose anualmente hasta que en 1932 fue atacada por Benjamín Carrión, que la calificó de arcaizante y elitista, propia de una sociedad que vivía de espaldas a la miseria y atraso en que se debatía el Ecuador, el Azuay”.

Poco tiempo después se sumaron las críticas de Francisco Ferrandiz Albors, quien escribía en El Telégrafo, y del joven literato Joaquín Gallegos Lara; manifestaron: “la tal Fiesta de la Lira era aberrante, de aristócratas terratenientes que consideraban al paisaje sin el hombre, eje de todo proyecto cultural por muy academicista que fuere”.

Aún así, la Fiesta siguió hasta 1935. En la primera edición del evento poético se instauraron cuatro premios: la ‘Lira de Oro’, el ‘Capulí de Oro’, la ‘Violeta de Oro’ y la ‘Flor Natural’.

Según relata Teodoro Rodríguez Muñoz, la Lira se instituyó y forjó no solo en “simples y efímeros concursos de poesía”, pues estos trascendieron en sus encuentros y certámenes a “verdaderos recitales y los más grandes eventos de la declamación que se conozca en el acervo cultural y literario del país”.

Hoy, el festival intenta retomar los escenarios abiertos movilizando recursos humanos y logísticos a plazas y plazoletas de la ciudad para protagonizar recitales tal como ocurría en 1919 cuando los exteriores de la casa de Crespo Toral se llenaban de poesía.

Según Eugenio Lloret Orellana, escritor cuencano, “la suprema aspiración del poeta consiste en escribir poesía que se sostenga en la transparencia de la palabra y haga de las cosas más simples un poema victorioso, una poesía inteligente, bella, conmovedora. Su misión es la de restituir a la palabra su símbolo mágico”. En este contexto, también destaca que entre los poetas de hoy y la gente que toma en serio la poesía, existe un doloroso reconocimiento de que algo está sucediendo. “Es como si la poesía hubiera perdido su peso, y por tanto su realidad y entonces su valor”, añade.

El Festival de la Lira defiende la calidad en las obras, aspecto con el que el jurados, tanto nacional como internacional, ha tenido que lidiar para entregar el primer premio de las últimas ediciones. (F)

Las obras ganadoras de las últimas ediciones del festival

Jorge Dávila Vázquez, coordinador de la séptima edición del Festival de la Lira, evento organizado por la Fundación Cultural Banco del Austro, señaló que cada una de las obras ganadoras, desde el 2013, cuando comenzó a tener contacto con el encuentro literario, “tienen características propias que las hacen únicas”. La del 2013, ‘Estereozen’ de Juan José Rodríguez, la califica de innovadora; la del peruano Willy Gómez Migliaro, 2015, a quien considera uno de los poetas de la élite de la literatura peruana, ‘Construcción Civil’, la reconoce por su capacidad de construir el mundo con sus problemas, falencias, dolores... ; en cuánto a ‘Las maneras del agua’, de la mexicana Margarita Minerva Villarreal, considera que se acerca a las creaciones profundas de Santa Teresa de Jesús y que es una fuente que se llena de luz al contacto con la obra y la idea que transmite. Para Dávila, todas la obras constituyen una suerte distinta y especial de ver el mundo, de interpretar lo actual. Sin embargo, el escritor destaca las finalistas como aquella titulada ‘Ruido blanco’ de Mario Pera, que en 2013 se hizo acreedora a la mención Municipalidad de Cuenca, y la obra del venezolano Rubén Ackerman, titulada ‘Los ausentes’, que recibió la misma mención en 2017, según el criterio recogido por Dávila de muchos literatos nacionales, era más intensas y digeribles. Lo que Dávila destaca de todas las obras ganadoras es la innovación siempre presente en la lírica contemporánea en las que siempre está presente la situación del ser humano frente al mundo, desde los conflictos internacionales, la destrucción del ser humano y otros temas. (F)

Fabián Campoverde S.
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La fiesta de la Lira cumple 100 años de vida

FOTO: EL TIEMPO

Hace un siglo, 47 personalidades vinculadas a las artes y a la cultura de la ciudad, principalmente a la literatura, firmaron el acta con la que se dio fe de la primera edición de la Fiesta de la Lira, un encuentro en que el que se demostraba lo mejor de la creación lírica. La primera edición fue el aire libre.

Hace 100 años, la quinta de Don Roberto Crespo Toral, un espacio cubierto de exuberante naturaleza, se convertía en el primer escenario de la Fiesta de la Lira, un encuentro en el que mujeres y hombres hacían gala de lo mejor de la poesía.

El acta de fundación del certamen lo firmaron 47 personalidades de la cultura local, de los cuales un poco más de la mitad eran poetas, según relató el fallecido cronista de Cuenca, Antonio Lloret Bastidas.

Entre los nombres que se eternizaron en el festival constan: Honorato Vásquez Ochoa, Remigio Crespo Toral, Rafael María Arízaga, Roberto Espinoza, Roberto Crespo Toral, Alfonso Jerves, Alfonso Borrero, Miguel Cordero Dávila.

Lloret Bastidas describe al encuentro como “el último calorcillo romántico de la ciudad de Cuenca, que en esos años centenarios y los que continuaron después de 1920, anduvo calada hasta los huesos por una multitud de versos sin memoria”. Previamente, un consistorio denominado ‘gay saber’, o grupo de conocedores de la poesía, conformado por seis poetas locales, convocó al encuentro literario.

Este grupo y el festival fueron criticados por su vinculación con la aristocracia, señala el historiador Juan Martínez Borrero, quien agrega que “la Fiesta siguió realizándose anualmente hasta que en 1932 fue atacada por Benjamín Carrión, que la calificó de arcaizante y elitista, propia de una sociedad que vivía de espaldas a la miseria y atraso en que se debatía el Ecuador, el Azuay”.

Poco tiempo después se sumaron las críticas de Francisco Ferrandiz Albors, quien escribía en El Telégrafo, y del joven literato Joaquín Gallegos Lara; manifestaron: “la tal Fiesta de la Lira era aberrante, de aristócratas terratenientes que consideraban al paisaje sin el hombre, eje de todo proyecto cultural por muy academicista que fuere”.

Aún así, la Fiesta siguió hasta 1935. En la primera edición del evento poético se instauraron cuatro premios: la ‘Lira de Oro’, el ‘Capulí de Oro’, la ‘Violeta de Oro’ y la ‘Flor Natural’.

Según relata Teodoro Rodríguez Muñoz, la Lira se instituyó y forjó no solo en “simples y efímeros concursos de poesía”, pues estos trascendieron en sus encuentros y certámenes a “verdaderos recitales y los más grandes eventos de la declamación que se conozca en el acervo cultural y literario del país”.

Hoy, el festival intenta retomar los escenarios abiertos movilizando recursos humanos y logísticos a plazas y plazoletas de la ciudad para protagonizar recitales tal como ocurría en 1919 cuando los exteriores de la casa de Crespo Toral se llenaban de poesía.

Según Eugenio Lloret Orellana, escritor cuencano, “la suprema aspiración del poeta consiste en escribir poesía que se sostenga en la transparencia de la palabra y haga de las cosas más simples un poema victorioso, una poesía inteligente, bella, conmovedora. Su misión es la de restituir a la palabra su símbolo mágico”. En este contexto, también destaca que entre los poetas de hoy y la gente que toma en serio la poesía, existe un doloroso reconocimiento de que algo está sucediendo. “Es como si la poesía hubiera perdido su peso, y por tanto su realidad y entonces su valor”, añade.

El Festival de la Lira defiende la calidad en las obras, aspecto con el que el jurados, tanto nacional como internacional, ha tenido que lidiar para entregar el primer premio de las últimas ediciones. (F)

Las obras ganadoras de las últimas ediciones del festival

Jorge Dávila Vázquez, coordinador de la séptima edición del Festival de la Lira, evento organizado por la Fundación Cultural Banco del Austro, señaló que cada una de las obras ganadoras, desde el 2013, cuando comenzó a tener contacto con el encuentro literario, “tienen características propias que las hacen únicas”. La del 2013, ‘Estereozen’ de Juan José Rodríguez, la califica de innovadora; la del peruano Willy Gómez Migliaro, 2015, a quien considera uno de los poetas de la élite de la literatura peruana, ‘Construcción Civil’, la reconoce por su capacidad de construir el mundo con sus problemas, falencias, dolores... ; en cuánto a ‘Las maneras del agua’, de la mexicana Margarita Minerva Villarreal, considera que se acerca a las creaciones profundas de Santa Teresa de Jesús y que es una fuente que se llena de luz al contacto con la obra y la idea que transmite. Para Dávila, todas la obras constituyen una suerte distinta y especial de ver el mundo, de interpretar lo actual. Sin embargo, el escritor destaca las finalistas como aquella titulada ‘Ruido blanco’ de Mario Pera, que en 2013 se hizo acreedora a la mención Municipalidad de Cuenca, y la obra del venezolano Rubén Ackerman, titulada ‘Los ausentes’, que recibió la misma mención en 2017, según el criterio recogido por Dávila de muchos literatos nacionales, era más intensas y digeribles. Lo que Dávila destaca de todas las obras ganadoras es la innovación siempre presente en la lírica contemporánea en las que siempre está presente la situación del ser humano frente al mundo, desde los conflictos internacionales, la destrucción del ser humano y otros temas. (F)

Fabián Campoverde S.
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