Las cuatro generaciones de las guitarras Uyaguari-Quezada

Los artesanos Luis Enrique y Pablo Andrés Uyaguari trabajan juntos en el taller de guitarras de su casa.
FOTO: Miguel Arévalo EL TIEMPO

Desde hace cuatro generaciones la familia mantiene la tradición de construir instrumentos de cuerda y actualmente Luis Enrique y Pablo Andrés, padre e hijo, comparten en el taller de luthería.

Cuando era niño, Pablo Andrés Uyaguari jugaba a diario en el taller de su padre sin saber que al cumplir 21 años convertiría a este espacio en su vida.

Él cumplió ayer 28 y es la cuarta generación de una familia dedicada a la construcción de instrumentos de cuerda, principalmente de la guitarra.

En ese mismo taller, hoy trabaja junto a su progenitor, Luis Enrique Uyaguari, el tercero de los ocho hijos de don Julio Uyaguari, artesano oriundo de la comunidad Sigsillano, parroquia San Bartolomé del cantón Sígsig, zona reconocida en el país por ser la tierra de las guitarras.

Luis Enrique tuvo su primer contacto con la que sería su pasión, la luthería, a los 13 años. Siempre guiado por su antecesor comenzó haciendo incrustaciones en las rosetas (figuras que rodean la boca de la tapa armónica del instrumento). Su tío, Antonio, aportó en su aprendizaje de incrustaciones.

Todos los conocimientos de su padre le fueron otorgados rápidamente ante las necesidades que apremiaban a su familia por los escasos recursos y, sobre todo, por la grave enfermedad cardíaca que padecía su progenitor y que disminuía su capacidad laboral. Lo que no perdió fue ingenio y creatividad que compartía en un taller que abrieron junto con sus hermanos Antonio y Alfonso.

Luis Enrique le propuso a don Julio independizarse y tener su propio taller “quería ayudar a mi padre, ya no estaba bien de salud y cada día empeoraba más”. En medio de grandes dificultades levantaron su propio taller.

Transcurrieron unos 10 años hasta que un día el ímpetu y la motivación de don Julio, quien por su enfermedad llegó a dirigir a su hijo desde la cama en la que reposaba, consiguieron que el todavía ‘novel’ constructor de guitarras participara en un concurso de artesanos en Quito que se promocionaba en Diario El Comercio.

Luis Enrique le manifestó a su padre que hacerlo sería demasiado difícil y que no tendrían ninguna oportunidad de ganar.

Sin embargo, por el gran impulso de don Julio guardaron su mejor guitarra y su mejor requinto dentro de un estuche, los acomodaron con poca esperanza y mucha incertidumbre y arribaron a la Capital. “Me acompañó un cuñado que trabaja con nosotros... ni nos tomaron en cuenta... pocos que observaron a detalle nuestros instrumentos manifestaron que tendríamos oportunidad”.

Antes de continuar con el relato, la mirada de Luis Enrique se pierde en el tumulto de guitarras que tiene colocadas en estantes dentro de su taller. Suelta un suspiro y hace una estremecedora revelación. “Tres meses después, en el mismo diario, conocimos que ganamos el concurso. Viajé a Quito. Cuando regresaba a casa en el trayecto sentía algo, al llegar me enteré que mi papá había muerto”. Aquel premio se había convertido en lo mejor que le había pasado hasta entonces y en el golpe más duro de su vida. “Con los 50.000 sucres que ganamos en el concurso, enterramos a mi padre” recordó muy triste.

Desde entonces no solo se hizo cargo del taller, también de su familia. Con Luis Enrique se mantuvo la ‘dinastía’ que, según le contó su padre, apareció en el siglo XIX con su abuelo Isidoro Uyaguari quien anecdóticamente, luego de tener una guitarra en sus manos la desarmó para entender su estructura. Según Luis Enrique, fue este punto de la historia de su familia la que dio origen a la luthería.

Dos años antes de la muerte de su padre, Luis Enrique se casó y de ese matrimonio nacieron Luis Alberto, Diego Felipe y Pablo Andrés. Este último se ha convertido en el más joven de la ‘dinastía’ artesanal. Pablo Andrés dejó la carrera de medicina cuando cursaba el tercer año “nunca fue lo mío” reveló. Un día comenzó a tomar fotografías del trabajo de su padre que luego subía a redes sociales. Al observar las imágenes se enamoró de los detalles. Un día simplemente decidió ayudarle.

Pablo Andrés comenzó lijando la madera de las guitarras. Pasó el tiempo y la frustración apareció porque le parecía imposible construir una guitarra. Pero todo cambió el día que, bajo la tutela de su progenitor, construyó su primera guitarra. “Cuando la entregué al dueño y vi la alegría con la que la recibió supe que este era mi camino”.

Desde entonces no solo aprende de su padre, gracias a la tecnología mantiene contacto con constructores del mundo y estudia a afamados constructores. Sin duda a lo que más a dedicado tiempo es al estudio de la construcción de la ‘tapa armónica’ “la clave del sonido de la guitarra”. Según ambos constructores es por esta pieza que el instrumento logra la perfección.

Pero hay otro detalle al que le han prestado crucial importancia: la sensibilidad. Ambos coinciden que este elemento le lleva al artesano a determinar si una guitarra “sirve o no... únicamente con el tacto”.

Este y otros conocimientos comparten en el taller en el que escuchan todo tipo de música, sobre todo la música ecuatoriana, la trova, la latinoamericana e incluso el rock. A la presencia de su hijo Pablo en el taller, Luis Enrique la considera un milagro que ha calmado sus ansias de conseguir quien herede el oficio.

De la madera del capulí, el ciprés, la teca y el nogal salen los charangos, tiples, bandolas, bandolines y sobre todo la guitarra clásica, la especialidad de ‘Guitarras Uyaguari-Quezada’.

Hoy, el niño que solo jugaba en el taller, ubicado en la calle Arquímedes 2-53 y Abelardo J. Andrade se adentra en él y en los procesos creativos de la guitarra en busca de la perfección. (F)

Las cuatro generaciones de las guitarras Uyaguari-Quezada

Los artesanos Luis Enrique y Pablo Andrés Uyaguari trabajan juntos en el taller de guitarras de su casa.
FOTO: Miguel Arévalo EL TIEMPO

Desde hace cuatro generaciones la familia mantiene la tradición de construir instrumentos de cuerda y actualmente Luis Enrique y Pablo Andrés, padre e hijo, comparten en el taller de luthería.

Cuando era niño, Pablo Andrés Uyaguari jugaba a diario en el taller de su padre sin saber que al cumplir 21 años convertiría a este espacio en su vida.

Él cumplió ayer 28 y es la cuarta generación de una familia dedicada a la construcción de instrumentos de cuerda, principalmente de la guitarra.

En ese mismo taller, hoy trabaja junto a su progenitor, Luis Enrique Uyaguari, el tercero de los ocho hijos de don Julio Uyaguari, artesano oriundo de la comunidad Sigsillano, parroquia San Bartolomé del cantón Sígsig, zona reconocida en el país por ser la tierra de las guitarras.

Luis Enrique tuvo su primer contacto con la que sería su pasión, la luthería, a los 13 años. Siempre guiado por su antecesor comenzó haciendo incrustaciones en las rosetas (figuras que rodean la boca de la tapa armónica del instrumento). Su tío, Antonio, aportó en su aprendizaje de incrustaciones.

Todos los conocimientos de su padre le fueron otorgados rápidamente ante las necesidades que apremiaban a su familia por los escasos recursos y, sobre todo, por la grave enfermedad cardíaca que padecía su progenitor y que disminuía su capacidad laboral. Lo que no perdió fue ingenio y creatividad que compartía en un taller que abrieron junto con sus hermanos Antonio y Alfonso.

Luis Enrique le propuso a don Julio independizarse y tener su propio taller “quería ayudar a mi padre, ya no estaba bien de salud y cada día empeoraba más”. En medio de grandes dificultades levantaron su propio taller.

Transcurrieron unos 10 años hasta que un día el ímpetu y la motivación de don Julio, quien por su enfermedad llegó a dirigir a su hijo desde la cama en la que reposaba, consiguieron que el todavía ‘novel’ constructor de guitarras participara en un concurso de artesanos en Quito que se promocionaba en Diario El Comercio.

Luis Enrique le manifestó a su padre que hacerlo sería demasiado difícil y que no tendrían ninguna oportunidad de ganar.

Sin embargo, por el gran impulso de don Julio guardaron su mejor guitarra y su mejor requinto dentro de un estuche, los acomodaron con poca esperanza y mucha incertidumbre y arribaron a la Capital. “Me acompañó un cuñado que trabaja con nosotros... ni nos tomaron en cuenta... pocos que observaron a detalle nuestros instrumentos manifestaron que tendríamos oportunidad”.

Antes de continuar con el relato, la mirada de Luis Enrique se pierde en el tumulto de guitarras que tiene colocadas en estantes dentro de su taller. Suelta un suspiro y hace una estremecedora revelación. “Tres meses después, en el mismo diario, conocimos que ganamos el concurso. Viajé a Quito. Cuando regresaba a casa en el trayecto sentía algo, al llegar me enteré que mi papá había muerto”. Aquel premio se había convertido en lo mejor que le había pasado hasta entonces y en el golpe más duro de su vida. “Con los 50.000 sucres que ganamos en el concurso, enterramos a mi padre” recordó muy triste.

Desde entonces no solo se hizo cargo del taller, también de su familia. Con Luis Enrique se mantuvo la ‘dinastía’ que, según le contó su padre, apareció en el siglo XIX con su abuelo Isidoro Uyaguari quien anecdóticamente, luego de tener una guitarra en sus manos la desarmó para entender su estructura. Según Luis Enrique, fue este punto de la historia de su familia la que dio origen a la luthería.

Dos años antes de la muerte de su padre, Luis Enrique se casó y de ese matrimonio nacieron Luis Alberto, Diego Felipe y Pablo Andrés. Este último se ha convertido en el más joven de la ‘dinastía’ artesanal. Pablo Andrés dejó la carrera de medicina cuando cursaba el tercer año “nunca fue lo mío” reveló. Un día comenzó a tomar fotografías del trabajo de su padre que luego subía a redes sociales. Al observar las imágenes se enamoró de los detalles. Un día simplemente decidió ayudarle.

Pablo Andrés comenzó lijando la madera de las guitarras. Pasó el tiempo y la frustración apareció porque le parecía imposible construir una guitarra. Pero todo cambió el día que, bajo la tutela de su progenitor, construyó su primera guitarra. “Cuando la entregué al dueño y vi la alegría con la que la recibió supe que este era mi camino”.

Desde entonces no solo aprende de su padre, gracias a la tecnología mantiene contacto con constructores del mundo y estudia a afamados constructores. Sin duda a lo que más a dedicado tiempo es al estudio de la construcción de la ‘tapa armónica’ “la clave del sonido de la guitarra”. Según ambos constructores es por esta pieza que el instrumento logra la perfección.

Pero hay otro detalle al que le han prestado crucial importancia: la sensibilidad. Ambos coinciden que este elemento le lleva al artesano a determinar si una guitarra “sirve o no... únicamente con el tacto”.

Este y otros conocimientos comparten en el taller en el que escuchan todo tipo de música, sobre todo la música ecuatoriana, la trova, la latinoamericana e incluso el rock. A la presencia de su hijo Pablo en el taller, Luis Enrique la considera un milagro que ha calmado sus ansias de conseguir quien herede el oficio.

De la madera del capulí, el ciprés, la teca y el nogal salen los charangos, tiples, bandolas, bandolines y sobre todo la guitarra clásica, la especialidad de ‘Guitarras Uyaguari-Quezada’.

Hoy, el niño que solo jugaba en el taller, ubicado en la calle Arquímedes 2-53 y Abelardo J. Andrade se adentra en él y en los procesos creativos de la guitarra en busca de la perfección. (F)