Cojitambo, un lugar rodeado de leyendas

Compuesto por las voces kichwas ‘Curi’ que significa oro y ‘Tampu’ o ‘Tambo’ que quiere decir depósito o descanso, el Cojitambo se interpreta como ‘un lugar de descanso’ o ‘un depósito de oro’. Su nombre le ha vinculado a varios mitos y leyendas, que alcanzan incluso al oro ofrecido por Atahualpa a los españoles.
Cojitambo fue un centro ceremonial y fuerte militar debido a su ubicación estratégica, pues se puede observar hacia los cuatro puntos cardinales.

Las ruinas del Cojitambo, hoy llamado Complejo Arqueológico, están localizadas junto al majestuoso cerro con el mismo nombre.
Compuesto por voces kichwas como ‘Curi’ que significa oro y ‘Tampu’ o ‘Tambo’ que es depósito o descanso, el Cojitambo se interpreta como ‘un lugar de descanso’ o ‘un lugar de depósito de oro’.

Su nombre le ha vinculado, desde tiempos antiguos, a la famosa ‘Leyenda del oro’, transmitida de generación en generación.

Mario Peralta, de 47 años y originario de esa zona, recuerda los relatos de sus padres y abuelos. “Ellos decían que el cerro es rico porque tiene oro, pero que el oro no le llega a todos”, asegura Mario, convencido de la veracidad de las historias que ha escuchado desde que era niño.

El hombre menciona que en los terrenos aledaños a las ruinas hace décadas se sembraba maíz y había un señor de apellido Rivera (propietario del cultivo) que cuando pasaba la yunta le salían las barras de oro.

“Mis abuelitos me contaban que el señor sacaba el oro y lo enterraba en su casa, él era una persona sola y ya murió”, señala.

También recuerda la ‘leyenda del oro vivo’. “Conversaban mis abuelos que había una gallina con sus pollitos, pero no eran pollitos: era el oro vivo. La gente antigua decía que para cogerlos debían sacarse el abrigo o el chale y tapar a los pollitos, luego con una vara larga tenían que retirar eso de encima y podían llevarse el oro”. Pero Mario advierte que si la persona retiraba el abrigo con la mano “le cogía un aire malo y podía morirse”.

Las leyendas alcanzan incluso a aquel oro que se trasladaba de Quito al Perú para pagar el rescate de Atahualpa, cautivo de los españoles. “Ese cuarto de oro que ofreció Atahualpa, se dice que está entre los túneles del ‘mashu juctu’ (cueva de murciélagos en kichwa)”, alrededor del Cojitambo”, dice Mario.

Delia Calle de 87 años y conocedora de la tradición oral, dice que en el ‘mashu juctu’ hay dos caminos subterráneos, uno que sale a Guayaquil y otro a Quito.

Wilson García Castillo, quien efectuó una investigación sobre las ruinas, señala que “el oro habría sido escondido por Rumiñahui en unión de sus cargadores con el fin de no dejar testigos”. Pero “no es más que una leyenda”, recalca.

Del ‘mashu juctu’, la gente ha creado mitos y leyendas. Se dice que allí vive la madre del cerro la ‘mama huaca’, que custodia el oro.
“Es un lugar atractivo por su carácter místico. Se trata de una bóveda subterránea que avanza alrededor de 40 metros. En ese punto se pierde la dimensión y se acaba la luz, para encontrarse en el recóndito silencio de la cueva”, señala J. Heriberto Rojas en su libro ‘Lugares de turismo en la provincia del Cañar’. (F)

DATOS
-Creencias. La tradición oral es una manifestación cultural de los pueblos originarios, pues evidencia sus costumbres y creencias.
-Sagrado. Los antiguos abuelos de la provincia del Cañar llaman a los cerros sagrados como ‘apus’ y dicen que están dotados de vida.
-Historia. El complejo contaba con un ‘ushnu’, un centro ceremonial donde se realizaban los rituales, sacrificios y se entregaban ofrendas.

Las ruinas comprenden un conjunto de construcciones de piedra

El sitio arqueológico del Cojitambo, localizado a siete kilómetros al oeste de la ciudad de Azogues en la provincia del Cañar, está a una altura aproximada de 3.085 metros sobre el nivel del mar y comprende un área aproximado de 52 hectáreas. El complejo cuenta con varias estructuras de piedra que se articulan con el camino del Inca, que pasa por la base del cerro y que se comunicaba con la antigua Tomebamba. Las ruinas comprenden un conjunto de construcciones de piedra, emplazadas en la ladera norte del cerro. Los vestigios se distribuyen en una terraza natural colindante con la cima. Se pueden observar terraplenes consolidados con muros de piedra, estructuras habitacionales, colcas o depósitos, muros y un tramo del Cápac Ñan.

En la parte baja había una plaza con un “ushnu”, en donde se realizaban los rituales, sacrificios y se entregaban ofrendas.

En la parte baja existe un pozo de agua con forma circular y revestido de piedra. El pozo de 1,5 metros de profundidad tiene una escalinata de tres peldaños ques servía para descender en tiempos de varano, cuando el agua bajaba. El Cojitambo fue habitado durante el periodo de los Desarrollos Regionales (500 A.C – 500 D.C.), el periodo de Integración (500 – 1460 D.C), en el periodo Inca (1460 – 1532 D.C.), por lo que el investigador Wilson García destaca que “el más prolongado período corresponde a la cultura cañari y solamente hay una fracción de un poco más de 60 años de ocupación incaica. (F)

Patricia Naula Herembás
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Cojitambo, un lugar rodeado de leyendas

Cojitambo fue un centro ceremonial y fuerte militar debido a su ubicación estratégica, pues se puede observar hacia los cuatro puntos cardinales.

Las ruinas del Cojitambo, hoy llamado Complejo Arqueológico, están localizadas junto al majestuoso cerro con el mismo nombre.
Compuesto por voces kichwas como ‘Curi’ que significa oro y ‘Tampu’ o ‘Tambo’ que es depósito o descanso, el Cojitambo se interpreta como ‘un lugar de descanso’ o ‘un lugar de depósito de oro’.

Su nombre le ha vinculado, desde tiempos antiguos, a la famosa ‘Leyenda del oro’, transmitida de generación en generación.

Mario Peralta, de 47 años y originario de esa zona, recuerda los relatos de sus padres y abuelos. “Ellos decían que el cerro es rico porque tiene oro, pero que el oro no le llega a todos”, asegura Mario, convencido de la veracidad de las historias que ha escuchado desde que era niño.

El hombre menciona que en los terrenos aledaños a las ruinas hace décadas se sembraba maíz y había un señor de apellido Rivera (propietario del cultivo) que cuando pasaba la yunta le salían las barras de oro.

“Mis abuelitos me contaban que el señor sacaba el oro y lo enterraba en su casa, él era una persona sola y ya murió”, señala.

También recuerda la ‘leyenda del oro vivo’. “Conversaban mis abuelos que había una gallina con sus pollitos, pero no eran pollitos: era el oro vivo. La gente antigua decía que para cogerlos debían sacarse el abrigo o el chale y tapar a los pollitos, luego con una vara larga tenían que retirar eso de encima y podían llevarse el oro”. Pero Mario advierte que si la persona retiraba el abrigo con la mano “le cogía un aire malo y podía morirse”.

Las leyendas alcanzan incluso a aquel oro que se trasladaba de Quito al Perú para pagar el rescate de Atahualpa, cautivo de los españoles. “Ese cuarto de oro que ofreció Atahualpa, se dice que está entre los túneles del ‘mashu juctu’ (cueva de murciélagos en kichwa)”, alrededor del Cojitambo”, dice Mario.

Delia Calle de 87 años y conocedora de la tradición oral, dice que en el ‘mashu juctu’ hay dos caminos subterráneos, uno que sale a Guayaquil y otro a Quito.

Wilson García Castillo, quien efectuó una investigación sobre las ruinas, señala que “el oro habría sido escondido por Rumiñahui en unión de sus cargadores con el fin de no dejar testigos”. Pero “no es más que una leyenda”, recalca.

Del ‘mashu juctu’, la gente ha creado mitos y leyendas. Se dice que allí vive la madre del cerro la ‘mama huaca’, que custodia el oro.
“Es un lugar atractivo por su carácter místico. Se trata de una bóveda subterránea que avanza alrededor de 40 metros. En ese punto se pierde la dimensión y se acaba la luz, para encontrarse en el recóndito silencio de la cueva”, señala J. Heriberto Rojas en su libro ‘Lugares de turismo en la provincia del Cañar’. (F)

DATOS
-Creencias. La tradición oral es una manifestación cultural de los pueblos originarios, pues evidencia sus costumbres y creencias.
-Sagrado. Los antiguos abuelos de la provincia del Cañar llaman a los cerros sagrados como ‘apus’ y dicen que están dotados de vida.
-Historia. El complejo contaba con un ‘ushnu’, un centro ceremonial donde se realizaban los rituales, sacrificios y se entregaban ofrendas.

Las ruinas comprenden un conjunto de construcciones de piedra

El sitio arqueológico del Cojitambo, localizado a siete kilómetros al oeste de la ciudad de Azogues en la provincia del Cañar, está a una altura aproximada de 3.085 metros sobre el nivel del mar y comprende un área aproximado de 52 hectáreas. El complejo cuenta con varias estructuras de piedra que se articulan con el camino del Inca, que pasa por la base del cerro y que se comunicaba con la antigua Tomebamba. Las ruinas comprenden un conjunto de construcciones de piedra, emplazadas en la ladera norte del cerro. Los vestigios se distribuyen en una terraza natural colindante con la cima. Se pueden observar terraplenes consolidados con muros de piedra, estructuras habitacionales, colcas o depósitos, muros y un tramo del Cápac Ñan.

En la parte baja había una plaza con un “ushnu”, en donde se realizaban los rituales, sacrificios y se entregaban ofrendas.

En la parte baja existe un pozo de agua con forma circular y revestido de piedra. El pozo de 1,5 metros de profundidad tiene una escalinata de tres peldaños ques servía para descender en tiempos de varano, cuando el agua bajaba. El Cojitambo fue habitado durante el periodo de los Desarrollos Regionales (500 A.C – 500 D.C.), el periodo de Integración (500 – 1460 D.C), en el periodo Inca (1460 – 1532 D.C.), por lo que el investigador Wilson García destaca que “el más prolongado período corresponde a la cultura cañari y solamente hay una fracción de un poco más de 60 años de ocupación incaica. (F)

Patricia Naula Herembás
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