Carlos Bustos: el repujador de San Sebastián que ama el fútbol

El artesano ha dedicado cerca de cinco décadas a trabajar el cobre, el bronce y hoy el latón. En noviembre cumplirá 80 años de edad que los ha vivido entre canchas de fútbol, indor, ecuavolley y su oficio artesanal. Actualmente es uno de los pocos artesanos de San Sebastián.

79 años han pasado ante los ojos de Carlos Bustos, un artesano repujador que lleva medio siglo moldeando entre sus manos el cobre, el bronce, el aluminio y el latón. Actualmente se lo encuentra en su taller en donde a más de dedicarse laboriosamente al oficio, comenta sus proezas deportivas.

Este año, luego de cumplir 80 años de edad, don Carlos plantea retirarse oficialmente del fútbol. La práctica profesional de este deporte ya lo dejó en la juventud, dejará el que aún juega entre amigos y familia.

Su primer ‘amor’ fue el fútbol, pero cortó esa relación cuando la necesidad apremió en casa. Desde entonces el arte de repujar copó su vida. De vez en cuando mantenía encuentros ‘extramaritales’ con su amado deporte.

“Cabeceador talentoso, un delantero de casta”, recuerda mientras cruza los brazos sentado sobre una banca mediana en la que reposa para crear decenas de piezas artísticas que exhibe en su taller-galería ubicado en la calle Coronel Tálbot y Presidente Córdova, en uno de los tradicionales y más antiguos barrios de la ciudad: San Sebastián.

Todas las obras se configuran en las paredes como una suerte de papel tapiz en la que decenas de colores y formas dejan ver la creatividad del artesano cuencano.

Marcos de espejos de todas las formas, principalmente de sol, además de cruces, animales, personajes ficticios y reales, artistas, formas ancestrales y mitológicas que han surgido de su imaginación, son plasmadas en el metal.

Con mano firme, cuyo pulso conserva intacto a pesar de los años transcurridos, don Carlos señala las líneas con las que inmortalizará los diseños que a su mente llegan.

Las herramientas las guarda celosamente en un pequeño cajón deslizable adherido a una mesa de madera, a la que es posible acceder fácilmente. “Mis herramientas no son nada especiales, adaptadas a mis ideas y necesidades eso sí”, contó sonriendo.

Tornillos, clavos y varillas de acero han sido adaptados a las manos del artesano de tal forma que se conviertan en extensiones de su cuerpo con las que puede transformar la hojas de latón y aluminio (actualmente trabaja con estos materiales pues el cobre y el bronce son muy costosos).

Pero dominar el oficio no fue fácil. Todo comenzó hace casi medio siglo, cuando mezclaba el deporte con la tapicería. “En esos días los futbolistas ganaban poco, me iba mejor en el trabajo tapicero, así que no le di mucha importancia”, reveló.

Finalmente conoció a Edgar Carrasco, el artesano que le enseño los secretos del metal. Sin embargo, se alejó de él buscando explotar su propia creatividad.

Dejó de crear ‘quijotes’, figuras que aprendió a profundidad de su maestro, y comenzó con nuevas formas. Desde entonces una infinidad de marcos para espejos y otras obras de arte comenzaron a desfilar sobre su mesa de trabajo.

También cambió el soporte de los lienzos, es decir, la base sobre la que posaba el metal para repujarlo. Dejó la brea para utilizar el papel periódico y el caucho.

El alto costo del cobre y del bronce le obligó a buscar otros materiales maleables que no le hagan perder la calidad de su obra. Gracias a esa búsqueda, dio con el latón, materia prima que incluso le permitió bajar el costo de sus obras.

Actualmente, el precio de sus piezas va desde los cinco y 10 dólares y puede superar los 80 dependiendo del tamaño y la dificultad que exija la petición del cliente.

Para el decorado final de sus obras, usa pintura de esmalte, las mismas que esperan ser utilizadas dentro de decenas de botellas de plástico esparcidas en el piso y sobre una de las dos mesas de su taller.

Su local es visitado por gente de todo el país y del mundo. “¿Qué si hay evidencia de eso? Claro que sí”, manifiesta don Carlos apuntando una carpeta en la que ha guardado publicaciones de diarios en español y en portugués.

La imaginación y la gran experiencia artesanal de don Carlos son tan claras como su cabello, su alegría y la paciencia para explicar los proceso creativos de su arte, lo hacen uno de los artesanos más importantes que tiene el barrio de San Sebastián.

En su pequeño taller, que no pasa de un área mayor a 12 metros cuadrados, y cuya entrada esta cuidadosamente decorada, el metal se confunde con sus memorias deportivas de los soleados días de fútbol en Guayaquil y de las inspiradoras tardes frías y de lluvia en Cuenca. (F)

Fabián Campoverde S.
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Carlos Bustos: el repujador de San Sebastián que ama el fútbol

El artesano ha dedicado cerca de cinco décadas a trabajar el cobre, el bronce y hoy el latón. En noviembre cumplirá 80 años de edad que los ha vivido entre canchas de fútbol, indor, ecuavolley y su oficio artesanal. Actualmente es uno de los pocos artesanos de San Sebastián.

79 años han pasado ante los ojos de Carlos Bustos, un artesano repujador que lleva medio siglo moldeando entre sus manos el cobre, el bronce, el aluminio y el latón. Actualmente se lo encuentra en su taller en donde a más de dedicarse laboriosamente al oficio, comenta sus proezas deportivas.

Este año, luego de cumplir 80 años de edad, don Carlos plantea retirarse oficialmente del fútbol. La práctica profesional de este deporte ya lo dejó en la juventud, dejará el que aún juega entre amigos y familia.

Su primer ‘amor’ fue el fútbol, pero cortó esa relación cuando la necesidad apremió en casa. Desde entonces el arte de repujar copó su vida. De vez en cuando mantenía encuentros ‘extramaritales’ con su amado deporte.

“Cabeceador talentoso, un delantero de casta”, recuerda mientras cruza los brazos sentado sobre una banca mediana en la que reposa para crear decenas de piezas artísticas que exhibe en su taller-galería ubicado en la calle Coronel Tálbot y Presidente Córdova, en uno de los tradicionales y más antiguos barrios de la ciudad: San Sebastián.

Todas las obras se configuran en las paredes como una suerte de papel tapiz en la que decenas de colores y formas dejan ver la creatividad del artesano cuencano.

Marcos de espejos de todas las formas, principalmente de sol, además de cruces, animales, personajes ficticios y reales, artistas, formas ancestrales y mitológicas que han surgido de su imaginación, son plasmadas en el metal.

Con mano firme, cuyo pulso conserva intacto a pesar de los años transcurridos, don Carlos señala las líneas con las que inmortalizará los diseños que a su mente llegan.

Las herramientas las guarda celosamente en un pequeño cajón deslizable adherido a una mesa de madera, a la que es posible acceder fácilmente. “Mis herramientas no son nada especiales, adaptadas a mis ideas y necesidades eso sí”, contó sonriendo.

Tornillos, clavos y varillas de acero han sido adaptados a las manos del artesano de tal forma que se conviertan en extensiones de su cuerpo con las que puede transformar la hojas de latón y aluminio (actualmente trabaja con estos materiales pues el cobre y el bronce son muy costosos).

Pero dominar el oficio no fue fácil. Todo comenzó hace casi medio siglo, cuando mezclaba el deporte con la tapicería. “En esos días los futbolistas ganaban poco, me iba mejor en el trabajo tapicero, así que no le di mucha importancia”, reveló.

Finalmente conoció a Edgar Carrasco, el artesano que le enseño los secretos del metal. Sin embargo, se alejó de él buscando explotar su propia creatividad.

Dejó de crear ‘quijotes’, figuras que aprendió a profundidad de su maestro, y comenzó con nuevas formas. Desde entonces una infinidad de marcos para espejos y otras obras de arte comenzaron a desfilar sobre su mesa de trabajo.

También cambió el soporte de los lienzos, es decir, la base sobre la que posaba el metal para repujarlo. Dejó la brea para utilizar el papel periódico y el caucho.

El alto costo del cobre y del bronce le obligó a buscar otros materiales maleables que no le hagan perder la calidad de su obra. Gracias a esa búsqueda, dio con el latón, materia prima que incluso le permitió bajar el costo de sus obras.

Actualmente, el precio de sus piezas va desde los cinco y 10 dólares y puede superar los 80 dependiendo del tamaño y la dificultad que exija la petición del cliente.

Para el decorado final de sus obras, usa pintura de esmalte, las mismas que esperan ser utilizadas dentro de decenas de botellas de plástico esparcidas en el piso y sobre una de las dos mesas de su taller.

Su local es visitado por gente de todo el país y del mundo. “¿Qué si hay evidencia de eso? Claro que sí”, manifiesta don Carlos apuntando una carpeta en la que ha guardado publicaciones de diarios en español y en portugués.

La imaginación y la gran experiencia artesanal de don Carlos son tan claras como su cabello, su alegría y la paciencia para explicar los proceso creativos de su arte, lo hacen uno de los artesanos más importantes que tiene el barrio de San Sebastián.

En su pequeño taller, que no pasa de un área mayor a 12 metros cuadrados, y cuya entrada esta cuidadosamente decorada, el metal se confunde con sus memorias deportivas de los soleados días de fútbol en Guayaquil y de las inspiradoras tardes frías y de lluvia en Cuenca. (F)

Fabián Campoverde S.
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.