La alfarería se resiste a desaparecer en el Cañar

La aplicación de las técnicas ancestrales para elaborar las vasijas de barro se mantiene en la parroquia San Miguel de Porotos, sin embargo, este oficio se ha visto afectado por la migración.
Aurora Fernández sostiene una olla hecha con sus manos, lista para ser quemada en el horno de leña.
FOTO: Diego Cáceres EL TIEMPO

En la parroquia San Miguel de Porotos, en la provincia del Cañar, la vida de las mujeres transcurre entre la agricultura, el cuidado de la casa y la alfarería. En las comunidades Jatunpamba, Pacchapamba y Olleros, las artesanas se dedican a la elaboración de las vasijas de barro, aunque en los últimos años el oficio ha ido en descenso.

Aurora Fernández, originaria de Pacchapamba, recuerda que aprendió a moldear las ollas cuando tenía 12 años de edad. Hoy a sus 60, aún aplica las técnicas ancestrales y los conocimientos que le heredaron sus padres Manuel Fernández y Natividad Sigüencia.

“Aquí todos saben este oficio pero ya no se dedican, solo hay seis familias que todavía hacen ollas. En Jatunpamba también, toditos saben pero ya no hacen (…) es que tienen los hijos en Estados Unidos y les dan facilidades”, cuenta Aurora.

Elaborar las vasijas de barro sin instrumento más que sus manos “es un trabajo duro”, dice la artesana, que es la última de su familia que se entrega a esta labor. “Mis hijas me ayudan a traer el material, a preparar la tierra, pero ellas tienen sus trabajos en Azogues”, relata la mujer.

Con sus callosas y toscas manos, Aurora da forma al barro para hacer ollas, vasijas, cántaros, tinajas y maceteros: “Todo empieza con la traída de la tierra desde el cerro Ingapirca. Sacamos unos 10 quintales y en la casa ponemos a secar al sol tendiendo en costales o esteras durante una semana; después remojamos, mezclamos con arena y batimos con los pies siquiera una hora para hacer la pasta”.

Una vez preparada la materia prima, Aurora coloca un pedazo de barro sobre una tinaja vieja y aplica la técnica del jalado, que consiste en empezar a darle forma a la olla.

“El torno es una misma”, explica la mujer, mientras hace el ‘wisanchir’, es decir, crear la boca de la olla utilizando un pedazo de cuero mojado y rotando alrededor de la pieza que va moldeando. Luego, con el mismo cuero la artesana hace incisiones en el borde a manera de decoración.

Este producto lo dejan que se oree para proceder al golpeado. Para esto se utilizan dos huactanas: hembra (cóncava) y macho (convexa): “El macho va por fuera y la hembra por dentro, se les moja constantemente y se va golpeando, golpeando hasta dar forma a la olla”. Después viene el ‘llambur’ o acabado. Con las mismas huactanas se pule la superficie hasta dejarla lisa.

Al terminar se hace el ‘percado’, que consiste en colocar una sobre otra las ollas para que se sequen a la sombra. Finalmente está la quema. Aurora carga su horno con 100 ollas, coloca la leña encima, tapa con zinc y prende fuego. “La leña se mete constantemente, dos horas tienen que estar las 100 ollas en una buena candela para que se hagan coloraditas”, asegura. Como Aurora, son pocas las mujeres que mantienen la alfarería en Cañar. El historiador Mario Garzón señala que la cerámica de Jatunpamba tiene vínculo con el pasado cañari.

Sin embargo, hay una tendencia a desaparecer, “por la influencia de factores como la migración y la introducción de nuevas formas de vida, lo van viendo como un símbolo de pobreza; el mundo globalizado hace que se vaya perdiendo la identidad cultural”. (F)

DESTACADO
El horno de la casa de Aurora en la comunidad Pacchapamba, tiene capacidad para 100 ollas.

La alfarería se resiste a desaparecer en el Cañar

Aurora Fernández sostiene una olla hecha con sus manos, lista para ser quemada en el horno de leña.
FOTO: Diego Cáceres EL TIEMPO

En la parroquia San Miguel de Porotos, en la provincia del Cañar, la vida de las mujeres transcurre entre la agricultura, el cuidado de la casa y la alfarería. En las comunidades Jatunpamba, Pacchapamba y Olleros, las artesanas se dedican a la elaboración de las vasijas de barro, aunque en los últimos años el oficio ha ido en descenso.

Aurora Fernández, originaria de Pacchapamba, recuerda que aprendió a moldear las ollas cuando tenía 12 años de edad. Hoy a sus 60, aún aplica las técnicas ancestrales y los conocimientos que le heredaron sus padres Manuel Fernández y Natividad Sigüencia.

“Aquí todos saben este oficio pero ya no se dedican, solo hay seis familias que todavía hacen ollas. En Jatunpamba también, toditos saben pero ya no hacen (…) es que tienen los hijos en Estados Unidos y les dan facilidades”, cuenta Aurora.

Elaborar las vasijas de barro sin instrumento más que sus manos “es un trabajo duro”, dice la artesana, que es la última de su familia que se entrega a esta labor. “Mis hijas me ayudan a traer el material, a preparar la tierra, pero ellas tienen sus trabajos en Azogues”, relata la mujer.

Con sus callosas y toscas manos, Aurora da forma al barro para hacer ollas, vasijas, cántaros, tinajas y maceteros: “Todo empieza con la traída de la tierra desde el cerro Ingapirca. Sacamos unos 10 quintales y en la casa ponemos a secar al sol tendiendo en costales o esteras durante una semana; después remojamos, mezclamos con arena y batimos con los pies siquiera una hora para hacer la pasta”.

Una vez preparada la materia prima, Aurora coloca un pedazo de barro sobre una tinaja vieja y aplica la técnica del jalado, que consiste en empezar a darle forma a la olla.

“El torno es una misma”, explica la mujer, mientras hace el ‘wisanchir’, es decir, crear la boca de la olla utilizando un pedazo de cuero mojado y rotando alrededor de la pieza que va moldeando. Luego, con el mismo cuero la artesana hace incisiones en el borde a manera de decoración.

Este producto lo dejan que se oree para proceder al golpeado. Para esto se utilizan dos huactanas: hembra (cóncava) y macho (convexa): “El macho va por fuera y la hembra por dentro, se les moja constantemente y se va golpeando, golpeando hasta dar forma a la olla”. Después viene el ‘llambur’ o acabado. Con las mismas huactanas se pule la superficie hasta dejarla lisa.

Al terminar se hace el ‘percado’, que consiste en colocar una sobre otra las ollas para que se sequen a la sombra. Finalmente está la quema. Aurora carga su horno con 100 ollas, coloca la leña encima, tapa con zinc y prende fuego. “La leña se mete constantemente, dos horas tienen que estar las 100 ollas en una buena candela para que se hagan coloraditas”, asegura. Como Aurora, son pocas las mujeres que mantienen la alfarería en Cañar. El historiador Mario Garzón señala que la cerámica de Jatunpamba tiene vínculo con el pasado cañari.

Sin embargo, hay una tendencia a desaparecer, “por la influencia de factores como la migración y la introducción de nuevas formas de vida, lo van viendo como un símbolo de pobreza; el mundo globalizado hace que se vaya perdiendo la identidad cultural”. (F)

DESTACADO
El horno de la casa de Aurora en la comunidad Pacchapamba, tiene capacidad para 100 ollas.