Los rostros y cuerpos del barrio Cayambe

Estigmatizado, el sector conocido como la ‘Zona de Tolerancia’ recibe a miles de personas los fines de semana. Su reubicación es una opción en pausa y la vida en el lugar un colorido y peligroso caos.


A 200 metros de ‘La Curva’ de la calle Cayambe, un saludo poco usual recibe a quienes pretenden pasar por transeúntes: “Flaco ¿un polvito? A sota nomás”, dice un hombre que tarda en desaparecer lo que tarda en desvanecerse el humo del tabaco que lleva entre los dedos. Es la bienvenida al Barrio Cayambe, el espacio ocupado por los burdeles de la ciudad que viven más allá del estigma.


En esta calle habitan unas 200 personas, al menos 50 dependen directamente del trabajo en los burdeles, los demás son arrendatarios cuyas vidas no se distancian del trabajo nocturno. “Son chulos y gente... gente indeseable podríamos decir”, comenta Narcisa Guillén, administradora de dos de los Night Club.


El barrio, delimitado internamente por un UPC muestra dos caras antagónicas. Antes de llegar al puesto policial la calle está limpia, casi vacía, se respira orden y quien lo impone tiene rostro de mujer. Blanca Guillén es “la que manda”. La propietaria de El Mirador y Chicas Chicas es dirigente de la Zona de Tolerancia, pero tolerancia es lo que menos tiene.


“Pasando el UPC yo no me hago cargo, allá ellos”, sentencia Blanca Guillén.  Y allá, el paisaje cambia. La calle deja de mostrarse vacía y el caos se apodera del espacio con ventas informales, portones resguardados por gorras planas, camisetas largas, personajes con el cuello y las muñecas adornadas con cadenas y manillas doradas y brillantes.


Negocio
Acompañada de tres pequeños perros, Blanca recorre las calles del que con propiedad llama “mi barrio”. Nació y creció allí, “y si reubican los cabarets aquí me he de quedar”, asegura.


Muestra con orgullo el logo del burdel El Mirador, marcado por un “Desde 1964”, prueba de que el lugar ha prestado servicios a Cuenca hace 55 años.
Este es un negocio familiar, dice su hija Narcisa. Ella es economista y lleva las cuentas de los negocios, sus hijos estudian la universidad y ayudan con el orden, su hermano y su papá se encargan de la logística. “Es una empresa más, no hay porqué mirarla con otros ojos”, señala. Los Guillén tienen como regla la frase “juntos pero no revueltos”, para ellos esto es un trabajo, no una forma de vida.


Pero no es igual para todos, otra de las caras del negocio son las trabajadoras sexuales. Al rededor de 90 de ellas rotan semanalmente por el barrio Cayambe y sus cuerpos forman parte del paisaje interno de la Zona de Tolerancia, interno porque afuera y con la luz del  día se puede ver a padres paseando con niños en brazos, comercio informal y vehículos que vienen y van con clientes y proveedores.


Fuera de los burdeles hay otra vida nocturna, y no siempre de carácter sexual. Algunas trabajadoras sexuales, como ‘Catrina’, quien adopta este seudónimo como “nombre artístico”, al salir del trabajo va a casa a cuidar de su hijo de dos años, al que ve solo en el almuerzo y a la hora de dormir. “Aquí vienen clientes que quieren enamorarla a una, si supieran que yo solo estoy enamorada de mi hijo”, comenta y ríe alumbrada por luces de neón.


Una tercera cara del negocio es la ilegalidad. En el último operativo efectuado por la Policía Nacional hace tres semanas, en el sector se decomisaron armas y droga. Un mes antes, la Intendencia clausuró tres burdeles por incumplir con las regulaciones legales.


El intendente Jorge Cabrera señala que los controles son constantes, el ECU-911 mantiene cámarasde seguridad y el UPC de la zona se mantiene activo. Narcisa Guillén sostiene que más allá de los controles se requiere de la unión del barrio y la prevención, por eso han organizado un campeonato de índor y gestionan la ampliación del puesto policial.


Los dirigentes creen que la reubicación no es la solución, desaparecer tampoco. “No nos van a remover como si fuésemos sarna”, dice Blanca. Están dispuestos a mejorar, pues se resisten a dejar de “prestar servicio a la comunidad”.  Después de todo, dice la dirigente, “qué sería de Cuenca sin los... ¿chongos?, no, chongos no, que fea palabra, estamos dispuestos a ser cabarets de primera”. (I)


Historia. El barrio Cayambe lleva 55 años acogiendo burdeles. Ese es su principal motor económico. Cinco locales están regularizados.
Reclamos. Los vecinos de barrios aledaños solicitan mayor control en la Zona de Tolerancia, o su reubicación por motivos de seguridad.
Proyecto. Un estudio de la Universidad de Cuenca estableció la consolidación de la zona de tolerancia en el barrio Cayambe como una opción.
El Concejo Cantonal decidió en la anterior administración poner en pausa la reubicación del sector por al menos 10 años.
50
personas viven directamente de los centros nocturnos del barrio Cayambe.

Los rostros y cuerpos del barrio Cayambe

Estigmatizado, el sector conocido como la ‘Zona de Tolerancia’ recibe a miles de personas los fines de semana. Su reubicación es una opción en pausa y la vida en el lugar un colorido y peligroso caos.


A 200 metros de ‘La Curva’ de la calle Cayambe, un saludo poco usual recibe a quienes pretenden pasar por transeúntes: “Flaco ¿un polvito? A sota nomás”, dice un hombre que tarda en desaparecer lo que tarda en desvanecerse el humo del tabaco que lleva entre los dedos. Es la bienvenida al Barrio Cayambe, el espacio ocupado por los burdeles de la ciudad que viven más allá del estigma.


En esta calle habitan unas 200 personas, al menos 50 dependen directamente del trabajo en los burdeles, los demás son arrendatarios cuyas vidas no se distancian del trabajo nocturno. “Son chulos y gente... gente indeseable podríamos decir”, comenta Narcisa Guillén, administradora de dos de los Night Club.


El barrio, delimitado internamente por un UPC muestra dos caras antagónicas. Antes de llegar al puesto policial la calle está limpia, casi vacía, se respira orden y quien lo impone tiene rostro de mujer. Blanca Guillén es “la que manda”. La propietaria de El Mirador y Chicas Chicas es dirigente de la Zona de Tolerancia, pero tolerancia es lo que menos tiene.


“Pasando el UPC yo no me hago cargo, allá ellos”, sentencia Blanca Guillén.  Y allá, el paisaje cambia. La calle deja de mostrarse vacía y el caos se apodera del espacio con ventas informales, portones resguardados por gorras planas, camisetas largas, personajes con el cuello y las muñecas adornadas con cadenas y manillas doradas y brillantes.


Negocio
Acompañada de tres pequeños perros, Blanca recorre las calles del que con propiedad llama “mi barrio”. Nació y creció allí, “y si reubican los cabarets aquí me he de quedar”, asegura.


Muestra con orgullo el logo del burdel El Mirador, marcado por un “Desde 1964”, prueba de que el lugar ha prestado servicios a Cuenca hace 55 años.
Este es un negocio familiar, dice su hija Narcisa. Ella es economista y lleva las cuentas de los negocios, sus hijos estudian la universidad y ayudan con el orden, su hermano y su papá se encargan de la logística. “Es una empresa más, no hay porqué mirarla con otros ojos”, señala. Los Guillén tienen como regla la frase “juntos pero no revueltos”, para ellos esto es un trabajo, no una forma de vida.


Pero no es igual para todos, otra de las caras del negocio son las trabajadoras sexuales. Al rededor de 90 de ellas rotan semanalmente por el barrio Cayambe y sus cuerpos forman parte del paisaje interno de la Zona de Tolerancia, interno porque afuera y con la luz del  día se puede ver a padres paseando con niños en brazos, comercio informal y vehículos que vienen y van con clientes y proveedores.


Fuera de los burdeles hay otra vida nocturna, y no siempre de carácter sexual. Algunas trabajadoras sexuales, como ‘Catrina’, quien adopta este seudónimo como “nombre artístico”, al salir del trabajo va a casa a cuidar de su hijo de dos años, al que ve solo en el almuerzo y a la hora de dormir. “Aquí vienen clientes que quieren enamorarla a una, si supieran que yo solo estoy enamorada de mi hijo”, comenta y ríe alumbrada por luces de neón.


Una tercera cara del negocio es la ilegalidad. En el último operativo efectuado por la Policía Nacional hace tres semanas, en el sector se decomisaron armas y droga. Un mes antes, la Intendencia clausuró tres burdeles por incumplir con las regulaciones legales.


El intendente Jorge Cabrera señala que los controles son constantes, el ECU-911 mantiene cámarasde seguridad y el UPC de la zona se mantiene activo. Narcisa Guillén sostiene que más allá de los controles se requiere de la unión del barrio y la prevención, por eso han organizado un campeonato de índor y gestionan la ampliación del puesto policial.


Los dirigentes creen que la reubicación no es la solución, desaparecer tampoco. “No nos van a remover como si fuésemos sarna”, dice Blanca. Están dispuestos a mejorar, pues se resisten a dejar de “prestar servicio a la comunidad”.  Después de todo, dice la dirigente, “qué sería de Cuenca sin los... ¿chongos?, no, chongos no, que fea palabra, estamos dispuestos a ser cabarets de primera”. (I)


Historia. El barrio Cayambe lleva 55 años acogiendo burdeles. Ese es su principal motor económico. Cinco locales están regularizados.
Reclamos. Los vecinos de barrios aledaños solicitan mayor control en la Zona de Tolerancia, o su reubicación por motivos de seguridad.
Proyecto. Un estudio de la Universidad de Cuenca estableció la consolidación de la zona de tolerancia en el barrio Cayambe como una opción.
El Concejo Cantonal decidió en la anterior administración poner en pausa la reubicación del sector por al menos 10 años.
50
personas viven directamente de los centros nocturnos del barrio Cayambe.