Los habitantes permanentes hacen historia en esta ciudad

Sus pequeños charoles están repletos de golosinas y productos varios. Pero también guardan anécdotas de vida, cuentos de las generaciones que ya no están y las que llegaron y, sobre todo, la evolución que ha tenido Cuenca con los años. Estos comerciantes son testigos de todo lo que pasa frente a sus ojos.
Benigno de la Paz Tenesaca lleva más de 50 años vendiendo sus productos en una de las esquinas del Parque Calderón, en la compañía de su hijo Geovanny.

Si hay frío, calor, lluvia o viento, su rutina no cambia. Ellos lo han visto todo porque nadie ha podido moverlos del lugar en el que están, haciendo historia o siendo parte de ella.


Los vendedores que se encuentran en los alrededores del Parque Calderón y sus calles aledañas son los que han dado sociológicamente el sobrenombre de ‘corazón de la ciudad’ a este sector del Centro Histórico.


La mayoría ha estado aquí por más de 20 años y sus ojos han sido testigos de innumerables anécdotas. Los pequeños charoles blancos como medio de producción y su presencia como un valor patrimonial pero, sobre todo, humano.


Benigno de la Paz
Su nombre no es una casualidad. La calma que transmite Benigno de la Paz Tenesaca es real. Está junto a su charol por 54 años en una de las esquinas del parque, pero no solo su pelo cano da cuenta de su sabiduría. Es el “don de gente” que lo ha llevado a hacer amigos de todas las edades, culturas y nacionalidades.
El plus es que amplió su negocio con libros y revistas, títulos que difícilmente se encuentran en las librerías o que se adquieren a precios altos, aquí están disponibles, algunos de ellos de segunda mano, pero en buen estado.


Aunque el negocio no solo se ha ampliado en contenido, sino también en personal. Aún así, para Benigno esto tiene un significado mayor de “compañía y familia”. Geovanny, uno de sus cinco hijos está a su lado con otro charol, precisamente en el que exhiben los libros y las revistas.


“Hay eventos por los que vale la pena estar acá. La alegría del Pase del Niño o la fiesta del Corpus Christi, imagínese lo lindo que es vivir para verlo cada año”, dice el vendedor con la voz ligeramente temblorosa, porque ya no es el joven que comenzó su vida laboral vendiendo piezas de fierro enlozado, “cobrando en ese tiempo en sucres”.


Pero el trato que tiene con los clientes, con esa misma voz pausada, de amabilidad y dulzura contagiosa, hace que si no se van con una compra, como mínimo lo hagan con una sonrisa.


Con los billetes de la lotería en mano, contempla la ciudad que, según cuenta, ha cambiado de formas diversas. Habla de la educación de los niños y los jóvenes, de las protestas en el parque, de la cantidad de migrantes que han llegado a Cuenca. Habla de todo, pero está consciente de que cada acontecimiento “forma parte del paisaje”.


Celia
Celia Saquipay se emociona al saber que su foto saldrá en el periódico. Se acomoda el cabello mientras recuerda que en 1996 comenzó a vender los dulces en su charol.


“Antes lavaba y planchaba la ropa en las casas de los ricos, pero luego me cansé y busqué ser más libre”, confiesa una Celia que al principio cuenta poco, pero al cabo de unos minutos se vuelve imparable.


Su jornada no tiene un horario fijo, aunque dice que los clientes sí lo son: “ya me conocen y hasta vienen a contarme cosas”. Ella llega todos los días a la ciudad desde Tarqui, para seguir trabajando y guardando todo lo que su memoria le permita.


Patricio
Desde los siete años, Patricio Bernal ayudaba a su madre Reina Bernal a vender los billetes de la lotería. Hoy, ella todavía los vende en la vereda del frente de donde está ubicado el charol de su hijo.


A Patricio lo ayuda su esposa Gladys porque ‘el Pachi’, como lo llaman, sufrió un accidente de tránsito y tiene un tipo de discapacidad en sus piernas. Confiesa que le gustaría estar sano “para poder buscar un mejor trabajo”, pero que los hijos y su manutención no esperan.
Se recupera de la nostalgia y habla de la distracción que le provoca el caminar de la gente, el poder de observar la vida a diario. (I)   


Hay eventos por los que vale la pena estar aquí. Imagínese lo lindo que es vivir para verlo”.
Benigno de la Paz Tenesaca
Vendedor cuencano.
Alrededor de 20 vendedores de golosinas y productos están ubicados en el sector del Parque Calderón y sus calles cercanas.

Isabel Aguilar
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Los habitantes permanentes hacen historia en esta ciudad

Benigno de la Paz Tenesaca lleva más de 50 años vendiendo sus productos en una de las esquinas del Parque Calderón, en la compañía de su hijo Geovanny.

Si hay frío, calor, lluvia o viento, su rutina no cambia. Ellos lo han visto todo porque nadie ha podido moverlos del lugar en el que están, haciendo historia o siendo parte de ella.


Los vendedores que se encuentran en los alrededores del Parque Calderón y sus calles aledañas son los que han dado sociológicamente el sobrenombre de ‘corazón de la ciudad’ a este sector del Centro Histórico.


La mayoría ha estado aquí por más de 20 años y sus ojos han sido testigos de innumerables anécdotas. Los pequeños charoles blancos como medio de producción y su presencia como un valor patrimonial pero, sobre todo, humano.


Benigno de la Paz
Su nombre no es una casualidad. La calma que transmite Benigno de la Paz Tenesaca es real. Está junto a su charol por 54 años en una de las esquinas del parque, pero no solo su pelo cano da cuenta de su sabiduría. Es el “don de gente” que lo ha llevado a hacer amigos de todas las edades, culturas y nacionalidades.
El plus es que amplió su negocio con libros y revistas, títulos que difícilmente se encuentran en las librerías o que se adquieren a precios altos, aquí están disponibles, algunos de ellos de segunda mano, pero en buen estado.


Aunque el negocio no solo se ha ampliado en contenido, sino también en personal. Aún así, para Benigno esto tiene un significado mayor de “compañía y familia”. Geovanny, uno de sus cinco hijos está a su lado con otro charol, precisamente en el que exhiben los libros y las revistas.


“Hay eventos por los que vale la pena estar acá. La alegría del Pase del Niño o la fiesta del Corpus Christi, imagínese lo lindo que es vivir para verlo cada año”, dice el vendedor con la voz ligeramente temblorosa, porque ya no es el joven que comenzó su vida laboral vendiendo piezas de fierro enlozado, “cobrando en ese tiempo en sucres”.


Pero el trato que tiene con los clientes, con esa misma voz pausada, de amabilidad y dulzura contagiosa, hace que si no se van con una compra, como mínimo lo hagan con una sonrisa.


Con los billetes de la lotería en mano, contempla la ciudad que, según cuenta, ha cambiado de formas diversas. Habla de la educación de los niños y los jóvenes, de las protestas en el parque, de la cantidad de migrantes que han llegado a Cuenca. Habla de todo, pero está consciente de que cada acontecimiento “forma parte del paisaje”.


Celia
Celia Saquipay se emociona al saber que su foto saldrá en el periódico. Se acomoda el cabello mientras recuerda que en 1996 comenzó a vender los dulces en su charol.


“Antes lavaba y planchaba la ropa en las casas de los ricos, pero luego me cansé y busqué ser más libre”, confiesa una Celia que al principio cuenta poco, pero al cabo de unos minutos se vuelve imparable.


Su jornada no tiene un horario fijo, aunque dice que los clientes sí lo son: “ya me conocen y hasta vienen a contarme cosas”. Ella llega todos los días a la ciudad desde Tarqui, para seguir trabajando y guardando todo lo que su memoria le permita.


Patricio
Desde los siete años, Patricio Bernal ayudaba a su madre Reina Bernal a vender los billetes de la lotería. Hoy, ella todavía los vende en la vereda del frente de donde está ubicado el charol de su hijo.


A Patricio lo ayuda su esposa Gladys porque ‘el Pachi’, como lo llaman, sufrió un accidente de tránsito y tiene un tipo de discapacidad en sus piernas. Confiesa que le gustaría estar sano “para poder buscar un mejor trabajo”, pero que los hijos y su manutención no esperan.
Se recupera de la nostalgia y habla de la distracción que le provoca el caminar de la gente, el poder de observar la vida a diario. (I)   


Hay eventos por los que vale la pena estar aquí. Imagínese lo lindo que es vivir para verlo”.
Benigno de la Paz Tenesaca
Vendedor cuencano.
Alrededor de 20 vendedores de golosinas y productos están ubicados en el sector del Parque Calderón y sus calles cercanas.

Isabel Aguilar
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