La forja, una tradición familiar en hábiles manos de los artesanos

Humberto Guerra es herrero desde los 15 años, aprendió el oficio de su primo y la mayor parte de sus familiares se desarrollan dentro de este oficio.
FOTO: Miguel Arévalo EL TIEMPO

Humberto Guerra llegó a Cuenca a los 15 años. Él buscaba un oficio junto a su familia, que ya estaba asentada en la calle Antonio Valdiviezo, hoy conocida como Las Herrerías.

“Mi primo Manuel Guerra, mi papá y otros familiares que llegamos desde Gualaceo ya se dedicaban a elaborar herrajes y herramientas para los campesinos en este lugar. Cuando llegué, tuve que aprender el oficio. Fue difícil al inicio, pero no imposible”, recuerda Humberto mientras sonríe.

Y es que este oficio, así como Humberto lo aprendió de su familia, esta lo tomó de alguien más que estuvo antes y este círculo nos lleva a retroceder a la época en la que los españoles llegaron a América.

El arte de la herrería se trasladó al barrio El Vergel de las parroquias San Sebastián y San Blas (sectores conocidos por ser de indígenas), a inicios del siglo XX, como detalla el libro La vida de La Herrería de Cecilia Ulloa. Estos lugares eran de tránsito obligatorio de viajantes y arrieros.

“Los forjadores se dedicaron a adornar las iglesias y viviendas de los potentados y adinerados ciudadanos, así como también a la elaboración de balaustradas para plazas públicas y rejas para protección de las imágenes religiosas en los templos”, reseña Ulloa en su obra.

la forja barrio el vergel las herrerías

Ingreso de los viajantes a la ciudad

Mercedes Mechán, nacida en el barrio El Vergel, recuerda que en su niñez su abuela la sentaba en el corredor de su casa para que observara la llegada de los indígenas y viajantes que entraban en la ciudad.

“En fila se les veía cómo bajaban por el cerro y a medida que llegaban dejaban sus caballos y mulas amarradas en los portales de las casas de aquí y ellos seguían avanzando hasta la ciudad a hacer sus compras”, recuerda Marchán.

Agrega que tras la llegada “los herreros comenzaban su trabajo. El sonido del martillo contra el yunque es una verdadera añoranza para mí”, asegura.

Tanta importancia tenían estos artesanos en la ciudad que eran considerados como “cirujanos que operaban a los animales, valiéndose de una herramienta llamada pusamante (parecida a un formón) con la que aplanaban los cascos de las acémilas”, reseña Ulloa en su libro.

La autora agrega que luego acoplaban el herraje y “finalmente lo clavaban con unos clavos especiales con cabezas trapezoidales”.

forja las herrerías cuenca

Objetos que elaboran los herreros

Humberto tiene su objeto favorito al momento de hacer su trabajo. Los candados y las llaves son su pasión, sin embargo él cuenta con un amplio portafolio como faroles, lámparas, herraduras, pedestales, sillas, cuadros y más.

Antiguamente, los objetos que eran comúnmente elaborados por los forjadores consistían en herrajes, hoces, chapas, rejas, destorcedores, palas, cuchillos, zapapicos, faroles, clavos, candados, tiraderas.

A esa lista se agregaban goznes, machetes, martillos, rejas para el arado, castillos para máquinas de coser, frenos y estribos. No podían faltar las famosas cruces para los techos de las casas.

Ahora este oficio se orienta más hacia lo decorativo. “Ahora mi trabajo es la decoración de casas de campo, realizo objetos exclusivos bajo pedido que han recorrido el mundo. Mis clientes vienen de diferentes lugares”, dice Humberto.

La depresión del oficio no es de ahora, esto viene desde 1950 con la llegada masiva de vehículos y la disminución del uso de caballos como medio de transporte. Sin embargo, se mantiene y se niega a morir de la mano de nuevas generaciones.

Tanto así, que actualmente ha dejado de ser un trabajo exclusivo de hombres. Lucila Morocho aprendió la forja de su exesposo y desde hace 14 años tiene su propio taller con el que ha mantenido a sus 7 hijos.

“Mientras estaba casada le ayudaba en las obras que llegaban a nuestro taller, pero cuando nos divorciamos el conocimiento se quedó conmigo y sin dudarlo abrí mi propio negocio”, comentó Lucila.

Ella, además, enseñó el oficio a su hijo y junto a él comparte el gusto de dar forma al hierro. (I)

Por: Claudia Pazán

La forja, una tradición familiar en hábiles manos de los artesanos

Humberto Guerra es herrero desde los 15 años, aprendió el oficio de su primo y la mayor parte de sus familiares se desarrollan dentro de este oficio.
FOTO: Miguel Arévalo EL TIEMPO

Humberto Guerra llegó a Cuenca a los 15 años. Él buscaba un oficio junto a su familia, que ya estaba asentada en la calle Antonio Valdiviezo, hoy conocida como Las Herrerías.

“Mi primo Manuel Guerra, mi papá y otros familiares que llegamos desde Gualaceo ya se dedicaban a elaborar herrajes y herramientas para los campesinos en este lugar. Cuando llegué, tuve que aprender el oficio. Fue difícil al inicio, pero no imposible”, recuerda Humberto mientras sonríe.

Y es que este oficio, así como Humberto lo aprendió de su familia, esta lo tomó de alguien más que estuvo antes y este círculo nos lleva a retroceder a la época en la que los españoles llegaron a América.

El arte de la herrería se trasladó al barrio El Vergel de las parroquias San Sebastián y San Blas (sectores conocidos por ser de indígenas), a inicios del siglo XX, como detalla el libro La vida de La Herrería de Cecilia Ulloa. Estos lugares eran de tránsito obligatorio de viajantes y arrieros.

“Los forjadores se dedicaron a adornar las iglesias y viviendas de los potentados y adinerados ciudadanos, así como también a la elaboración de balaustradas para plazas públicas y rejas para protección de las imágenes religiosas en los templos”, reseña Ulloa en su obra.

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Ingreso de los viajantes a la ciudad

Mercedes Mechán, nacida en el barrio El Vergel, recuerda que en su niñez su abuela la sentaba en el corredor de su casa para que observara la llegada de los indígenas y viajantes que entraban en la ciudad.

“En fila se les veía cómo bajaban por el cerro y a medida que llegaban dejaban sus caballos y mulas amarradas en los portales de las casas de aquí y ellos seguían avanzando hasta la ciudad a hacer sus compras”, recuerda Marchán.

Agrega que tras la llegada “los herreros comenzaban su trabajo. El sonido del martillo contra el yunque es una verdadera añoranza para mí”, asegura.

Tanta importancia tenían estos artesanos en la ciudad que eran considerados como “cirujanos que operaban a los animales, valiéndose de una herramienta llamada pusamante (parecida a un formón) con la que aplanaban los cascos de las acémilas”, reseña Ulloa en su libro.

La autora agrega que luego acoplaban el herraje y “finalmente lo clavaban con unos clavos especiales con cabezas trapezoidales”.

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Objetos que elaboran los herreros

Humberto tiene su objeto favorito al momento de hacer su trabajo. Los candados y las llaves son su pasión, sin embargo él cuenta con un amplio portafolio como faroles, lámparas, herraduras, pedestales, sillas, cuadros y más.

Antiguamente, los objetos que eran comúnmente elaborados por los forjadores consistían en herrajes, hoces, chapas, rejas, destorcedores, palas, cuchillos, zapapicos, faroles, clavos, candados, tiraderas.

A esa lista se agregaban goznes, machetes, martillos, rejas para el arado, castillos para máquinas de coser, frenos y estribos. No podían faltar las famosas cruces para los techos de las casas.

Ahora este oficio se orienta más hacia lo decorativo. “Ahora mi trabajo es la decoración de casas de campo, realizo objetos exclusivos bajo pedido que han recorrido el mundo. Mis clientes vienen de diferentes lugares”, dice Humberto.

La depresión del oficio no es de ahora, esto viene desde 1950 con la llegada masiva de vehículos y la disminución del uso de caballos como medio de transporte. Sin embargo, se mantiene y se niega a morir de la mano de nuevas generaciones.

Tanto así, que actualmente ha dejado de ser un trabajo exclusivo de hombres. Lucila Morocho aprendió la forja de su exesposo y desde hace 14 años tiene su propio taller con el que ha mantenido a sus 7 hijos.

“Mientras estaba casada le ayudaba en las obras que llegaban a nuestro taller, pero cuando nos divorciamos el conocimiento se quedó conmigo y sin dudarlo abrí mi propio negocio”, comentó Lucila.

Ella, además, enseñó el oficio a su hijo y junto a él comparte el gusto de dar forma al hierro. (I)

Por: Claudia Pazán