El sufrimiento que hay detrás de unos lindos senos

Personas trans se someten a tratamientos para que su identidad de género concuerde con su apariencia, pero la mayoría se automedica y arriesga su salud.

El alumbrado público es tenue en la calle Antonio Vega Muñoz y Huayna Cápac, pero cada vez que asoma un carro las luces altas alumbran a Érika que camina por la vereda. Hace movimientos sensuales. Vende su cuerpo y los cacheteros de jeans ceñidos que luce la ayudan. Muestra sus curvas: cintura pequeña, caderas anchas, nalgas prominentes y unos senos pequeños, pero bien puestos, que roban la mirada de cualquiera.


Lograr ese físico le ha costado años de hormonización y se tuvo que inyectar silicona para hacerse de las “piernazas” que anhelaba cuando lucía varonil. Aunque es la debilidad de sus clientes -que contratan todos los fines de semana sus servicios sexuales- confiesa estar arrepentida y de haber sabido que los biopolímeros y las hormonas la pondrían en riesgo jamás lo habría hecho.


Junto a Érika trabajan Bárbara y Aylin Tatiana. Las tres se han inyectado variedad de sustancias para aumentar sus curvas y ninguna tuvo asesoría profesional a la hora de empezar la hormonización.
Érika recuerda que cuando era muchacha “pero lucía como un varoncito”, entre los 12 y 14 años, decidió que quería verse femenina para que su género psicológico tuviera congruencia con su apariencia física. Con tono de voz fino cuenta que empezó a conversar con chicas trans y le recomendaron tomar anticonceptivos.


A diario tomaba una píldora, o a veces más. Quería darle celeridad a su cambio. El cabello empezó a crecer y a tener más brillo, los vellos faciales se hacían cada vez más suaves, empezaron a crecer los senos, se ensancharon las caderas y los brazos lucían más delgados. Era lo que quería así que también empezó a inyectarse las hormonas.
Es de Machala, provincia de El Oro, pero decidió emigrar a Bogotá (Colombia) y empezó a vender su cuerpo. Aunque su apariencia era más femenina, todavía estaba muy delgada, quería lucir una figura más voluptuosa.


“Estaba cansada de hacerme el cuerpo con trapos y esponjas”, recuerda y suelta una sonrisa. Reunió 400 dólares, regresó a Ecuador, pero esta vez se fue a Quito y una enfermera, de manera clandestina, le inyectó silicona. “Tengo cuatro litros entre las nalgas y los muslos”.
Para esa época tenía 21 años y no sabía que el líquido se adhería a los huesos, que podía causar infección y  la muerte. Tampoco conocía que era una sustancia prohibida a escala mundial y que había cobrado varias vidas.


“No puedo estar mucho tiempo sentada porque me duele”, confiesa ahora que tiene voluntad de retirar el líquido; mientras que la automedicación de hormonas empezó a afectar su vesícula y se la extrajeron.
“Jamás volví a tomar pastillas ni a inyectarme, pero me hormonizo con parches, no es tan invasivo”, asegura. A sus 37 años no ha ido jamás a un endocrinólogo porque “es muy caro” y aunque intentó acudir al sistema de salud pública denuncia que existen muchas trabas.


El médico familiar, Édgar Zúñiga, explica vía telefónica desde Quito que la hormonización es necesaria en el proceso de transición de género, pero debe hacerse con supervisión médica para evitar daños.
El paciente debe ser tratado por psicólogos, sexólogos, psiquiátras, endocrinólogos y apoyo familiar. La atención multidisciplinaria garantiza una transición saludable. “Primero se debe vivir dos años con el género al cual pertenece su psiquis”, explica Zúñiga.


En el caso de las trans femeninas tienen que vestir con ropa de mujer, dejar crecer el cabello, maquillarse, usar tacos. Vivir 24/7 como una chica. Es después de este tiempo, en el que existe la convicción de tener apariencia femenina, que se puede empezar a hormonizar, detalla.


Se inicia la fase endocrina con el consumo de hormonas. La mujer trans empieza a experimentar una pubertad fisiológica y todos los cambios físicos,  como le ocurrió a Érika. Solo que ella lo hizo sin respetar esas fases, sin apoyo médico y terminó complicando su salud.


El último paso es el de la vaginoplastia, para dejar de ser transgénero y ser transexual. “Pero hay quienes prefieren conservar su genital masculino, aunque tengan apariencia femenina”, explica el activista por los derechos LGBTI y miembro de Verde Equilibrante, Jorge Betancourt.


Desde 2016 en el país existe un protocolo de atención en salud para personas LGBTI que expone que la Constitución garantiza en su artículo 11, numeral 2, el derecho a la no discriminación por motivos de orientación sexual e identidad de género y en el artículo 66, numeral 9, se establece el derecho a tomar decisiones informadas sobre su sexualidad.
“El Ministerio de Salud Pública tiene como objetivo mejorar el acceso, la disponibilidad, la aceptabilidad y la atención en servicios de salud (…) por lo que se debe garantizar el derecho a la atención de salud y al buen trato de las personas LGBTI”, pero a pesar de esto, hay muchas inconformidades dentro de la población porque aún sienten la discriminación.


El testimonio de Érika coincide con el resultado de una investigación hecha por Verde Equilibrante en donde se evidencia que no hay difusión de los riesgos del uso de hormonas.
“Muchas de las personas LGBTI tienen dificultades para encontrar servicios de salud debido a que algunos médicos no se encuentran cómodos atendiendo a esta población”, plantea la investigación.
Los resultados también arrojaron que nueve de cada 100 LGBTI ha utilizado hormonas. “No se recibió orientación aunque se exponen a un alto riesgo y es deber del Ministerio de Salud hacerlo”, agrega.
Érika es el reflejo de lo grave que es la falta de información. De noche sale a vender su cuerpo, pero en las mañanas estudia Derecho. A pesar de que ahora es más informada, se niega a dejar que sus facciones vuelvan a ser masculinas.


Las cejas maquilladas en forma de arco y la tez tersa le dan el toque perfecto. “Yo tengo que lucir femenina, por mi trabajo y porque me gusta”, concluye mientras sigue caminando de un lado a otro, con las luces de los autos adornando su figura a pesar del frío y la lluvia. (I)

Asistencia médica para LGBTI en el Vicente Corral Moscoso 

El gerente del Hospital Vicente Corral Moscoso, Óscar Chango, explica que la manera de acceder al servicio es a través de las unidades de salud que se encuentren más cercanas del sitio de residencia, pero el estigma que hay con las personas LGBTI cierra esa puerta.
Por lo que explica que también existe un sistema de agendamiento prioritario en el que entran las personas de la tercera edad, con discapacidad, niños, personas en situación de movilidad humanitaria y de los grupos LGBTI.
En el hospital se encargan de hacer una valoración psiquiátrica, además de exámenes completos. También interviene el endocrinólogo para una hormonización responsable.
Durante el proceso les advierten los efectos secundarios de consumir las hormonas, efectos tanto físicos como psicológicos. Una vez que el paciente está seguro se empieza la medicación. Actualmente atienden a nueve trans tanto femeninas como masculinos.
“Ahora hay que trabajar para crear una política pública y una guía que incluya procedimientos para atender estos casos y que tenga un enfoque terapeútico y que los medicamentos que se necesitan estén incluidos en el cuadro básico”, puntualiza Chango e invita a las trans que ya estén hormonizadas a acudir al sistema de salud para mejorar su calidad de vida.
Chango también comentó que en 2017atendieron a pacientes con infecciones por siliconas. (I)

El sufrimiento que hay detrás de unos lindos senos

El alumbrado público es tenue en la calle Antonio Vega Muñoz y Huayna Cápac, pero cada vez que asoma un carro las luces altas alumbran a Érika que camina por la vereda. Hace movimientos sensuales. Vende su cuerpo y los cacheteros de jeans ceñidos que luce la ayudan. Muestra sus curvas: cintura pequeña, caderas anchas, nalgas prominentes y unos senos pequeños, pero bien puestos, que roban la mirada de cualquiera.


Lograr ese físico le ha costado años de hormonización y se tuvo que inyectar silicona para hacerse de las “piernazas” que anhelaba cuando lucía varonil. Aunque es la debilidad de sus clientes -que contratan todos los fines de semana sus servicios sexuales- confiesa estar arrepentida y de haber sabido que los biopolímeros y las hormonas la pondrían en riesgo jamás lo habría hecho.


Junto a Érika trabajan Bárbara y Aylin Tatiana. Las tres se han inyectado variedad de sustancias para aumentar sus curvas y ninguna tuvo asesoría profesional a la hora de empezar la hormonización.
Érika recuerda que cuando era muchacha “pero lucía como un varoncito”, entre los 12 y 14 años, decidió que quería verse femenina para que su género psicológico tuviera congruencia con su apariencia física. Con tono de voz fino cuenta que empezó a conversar con chicas trans y le recomendaron tomar anticonceptivos.


A diario tomaba una píldora, o a veces más. Quería darle celeridad a su cambio. El cabello empezó a crecer y a tener más brillo, los vellos faciales se hacían cada vez más suaves, empezaron a crecer los senos, se ensancharon las caderas y los brazos lucían más delgados. Era lo que quería así que también empezó a inyectarse las hormonas.
Es de Machala, provincia de El Oro, pero decidió emigrar a Bogotá (Colombia) y empezó a vender su cuerpo. Aunque su apariencia era más femenina, todavía estaba muy delgada, quería lucir una figura más voluptuosa.


“Estaba cansada de hacerme el cuerpo con trapos y esponjas”, recuerda y suelta una sonrisa. Reunió 400 dólares, regresó a Ecuador, pero esta vez se fue a Quito y una enfermera, de manera clandestina, le inyectó silicona. “Tengo cuatro litros entre las nalgas y los muslos”.
Para esa época tenía 21 años y no sabía que el líquido se adhería a los huesos, que podía causar infección y  la muerte. Tampoco conocía que era una sustancia prohibida a escala mundial y que había cobrado varias vidas.


“No puedo estar mucho tiempo sentada porque me duele”, confiesa ahora que tiene voluntad de retirar el líquido; mientras que la automedicación de hormonas empezó a afectar su vesícula y se la extrajeron.
“Jamás volví a tomar pastillas ni a inyectarme, pero me hormonizo con parches, no es tan invasivo”, asegura. A sus 37 años no ha ido jamás a un endocrinólogo porque “es muy caro” y aunque intentó acudir al sistema de salud pública denuncia que existen muchas trabas.


El médico familiar, Édgar Zúñiga, explica vía telefónica desde Quito que la hormonización es necesaria en el proceso de transición de género, pero debe hacerse con supervisión médica para evitar daños.
El paciente debe ser tratado por psicólogos, sexólogos, psiquiátras, endocrinólogos y apoyo familiar. La atención multidisciplinaria garantiza una transición saludable. “Primero se debe vivir dos años con el género al cual pertenece su psiquis”, explica Zúñiga.


En el caso de las trans femeninas tienen que vestir con ropa de mujer, dejar crecer el cabello, maquillarse, usar tacos. Vivir 24/7 como una chica. Es después de este tiempo, en el que existe la convicción de tener apariencia femenina, que se puede empezar a hormonizar, detalla.


Se inicia la fase endocrina con el consumo de hormonas. La mujer trans empieza a experimentar una pubertad fisiológica y todos los cambios físicos,  como le ocurrió a Érika. Solo que ella lo hizo sin respetar esas fases, sin apoyo médico y terminó complicando su salud.


El último paso es el de la vaginoplastia, para dejar de ser transgénero y ser transexual. “Pero hay quienes prefieren conservar su genital masculino, aunque tengan apariencia femenina”, explica el activista por los derechos LGBTI y miembro de Verde Equilibrante, Jorge Betancourt.


Desde 2016 en el país existe un protocolo de atención en salud para personas LGBTI que expone que la Constitución garantiza en su artículo 11, numeral 2, el derecho a la no discriminación por motivos de orientación sexual e identidad de género y en el artículo 66, numeral 9, se establece el derecho a tomar decisiones informadas sobre su sexualidad.
“El Ministerio de Salud Pública tiene como objetivo mejorar el acceso, la disponibilidad, la aceptabilidad y la atención en servicios de salud (…) por lo que se debe garantizar el derecho a la atención de salud y al buen trato de las personas LGBTI”, pero a pesar de esto, hay muchas inconformidades dentro de la población porque aún sienten la discriminación.


El testimonio de Érika coincide con el resultado de una investigación hecha por Verde Equilibrante en donde se evidencia que no hay difusión de los riesgos del uso de hormonas.
“Muchas de las personas LGBTI tienen dificultades para encontrar servicios de salud debido a que algunos médicos no se encuentran cómodos atendiendo a esta población”, plantea la investigación.
Los resultados también arrojaron que nueve de cada 100 LGBTI ha utilizado hormonas. “No se recibió orientación aunque se exponen a un alto riesgo y es deber del Ministerio de Salud hacerlo”, agrega.
Érika es el reflejo de lo grave que es la falta de información. De noche sale a vender su cuerpo, pero en las mañanas estudia Derecho. A pesar de que ahora es más informada, se niega a dejar que sus facciones vuelvan a ser masculinas.


Las cejas maquilladas en forma de arco y la tez tersa le dan el toque perfecto. “Yo tengo que lucir femenina, por mi trabajo y porque me gusta”, concluye mientras sigue caminando de un lado a otro, con las luces de los autos adornando su figura a pesar del frío y la lluvia. (I)

Asistencia médica para LGBTI en el Vicente Corral Moscoso 

El gerente del Hospital Vicente Corral Moscoso, Óscar Chango, explica que la manera de acceder al servicio es a través de las unidades de salud que se encuentren más cercanas del sitio de residencia, pero el estigma que hay con las personas LGBTI cierra esa puerta.
Por lo que explica que también existe un sistema de agendamiento prioritario en el que entran las personas de la tercera edad, con discapacidad, niños, personas en situación de movilidad humanitaria y de los grupos LGBTI.
En el hospital se encargan de hacer una valoración psiquiátrica, además de exámenes completos. También interviene el endocrinólogo para una hormonización responsable.
Durante el proceso les advierten los efectos secundarios de consumir las hormonas, efectos tanto físicos como psicológicos. Una vez que el paciente está seguro se empieza la medicación. Actualmente atienden a nueve trans tanto femeninas como masculinos.
“Ahora hay que trabajar para crear una política pública y una guía que incluya procedimientos para atender estos casos y que tenga un enfoque terapeútico y que los medicamentos que se necesitan estén incluidos en el cuadro básico”, puntualiza Chango e invita a las trans que ya estén hormonizadas a acudir al sistema de salud para mejorar su calidad de vida.
Chango también comentó que en 2017atendieron a pacientes con infecciones por siliconas. (I)