Cuencanos calman los estragos de las protestas

Ayer, el Centro Histórico de Cuenca estaba tranquilo y soleado, cerca del mediodía. Algunas tiendas estaban cerradas, otras abiertas y con ofertas para sus clientes... Desde varios portales se escuchaba una música alegre que se mezclaba con el sonido de la ciudad. Hace unos días por allí pasaron  cuencanos que se apoderaron de su ciudad para expresar su inconformidad con los últimos temas económicos y políticos.


El miércoles pasado, Mireya Carrillo de 17 años cuidaba de su pequeña hermana de un año en su casa. Sus padres se fueron a trabajar cuando escuchó un gran estruendo cerca de su vivienda ubicada en el Centro Histórico. Era el inicio de la paralización. Ella preparaba los alimentos para darle de comer a su hermanita.

“Estaba cocinando y mi hermana dormía en la habitación que está cerca de la calle, cuando de repente escuché gritos y un sonido muy fuerte, como una explosión”, contó. La pequeña se despertó llorando; un olor “desagradable” afectó su visión y le provocó estornudos. Era gas lacrimógeno. Lo que hizo fue cerrar las ventanas.
Las protestas provocaron que Mireya y su hermana no salieran de la casa. Esa y las siguientes tres noches no pudieron descansar bien por el conflicto; tuvieron que trasladarse hasta la casa de  sus abuelos, donde permanecieron hasta ayer.


La historia de Mireya Carrillo se asemeja con la de Cristian Morales quien posee un negocio en el centro de la ciudad. Le acompaña su padre, un adulto mayor de 88 años; aunque para él, las protestas fueron un recordatorio de lo que sucedió hace alrededor de 20 años, no se asustó porque “supo tomar sus precauciones”, destacó el hijo. “Él, como todos los días,  se sentó frente al televisor a ver su programa favorito, escuchó los ruidos, pero no interrumpió para nada su jornada”, asentó.


Los gases lacrimógenos ingresaron al local y por la manifestación de la calle “tuve que cerrar, fue una pérdida para el negocio. Salimos de aquí ya pasadas las 21:00, cubiertos el rostro para que no nos afecte”.


Transcurridos dos días después de las protestas, volvieron a abrir, pero con temor por saqueos y nuevos enfrentamientos: “Abrimos hasta que la ‘vaina’ se ponga más grave; necesitamos ya trabajar y reponernos”.   


Juguetes regados por doquier, reclamos por no poder salir al parque cuando no tenía clases, pedir golosinas y no poder comprarlas, así vivió Renata Arévalo estos días de caos, junto con sus dos hijos de cinco y siete años: “Tenía miedo de salir, no teníamos muchos alimentos y también anunciaron desabastecimiento de gas doméstico por las vías cerradas; me preocupaba el no poder alimentar a mis dos pequeños”.


Huir del Centro Histórico fue la única opción para todos los protagonistas de estas historias; unos cerraron negocios, otros los encomendaron a Dios y al final tuvieron que arreglar los destrozos provocados en las fachadas de sus viviendas, limpiar la suciedad y los residuos de las llantas quemadas, retirar piedras y palos.


“Las protestas dejaron un mal sabor de boca, por así decirlo”, recalcó Rómulo Cárdenas, un adulto mayor de 78 años, quien no pudo realizar sus caminatas diarias por el centro e ir a la misa como de costumbre, para luego sentarse en uno de los bancos del Parque Calderón donde se encuentra siempre con sus amigos de jorga.
Sin embargo, ayer la vida en la ciudad se retomaba poco a poco. Ciudadanos apurados en hacer las compras para la semana, carros que se dirigían a sus destinos, niños que correteaban bajo la vigilancia de sus padres mientras se comían un helado... Las paredes de Cuenca daban cuenta días atrás allí hubo una manifestación ciudadana. (I)

Cuencanos calman los estragos de las protestas

Ayer, el Centro Histórico de Cuenca estaba tranquilo y soleado, cerca del mediodía. Algunas tiendas estaban cerradas, otras abiertas y con ofertas para sus clientes... Desde varios portales se escuchaba una música alegre que se mezclaba con el sonido de la ciudad. Hace unos días por allí pasaron  cuencanos que se apoderaron de su ciudad para expresar su inconformidad con los últimos temas económicos y políticos.


El miércoles pasado, Mireya Carrillo de 17 años cuidaba de su pequeña hermana de un año en su casa. Sus padres se fueron a trabajar cuando escuchó un gran estruendo cerca de su vivienda ubicada en el Centro Histórico. Era el inicio de la paralización. Ella preparaba los alimentos para darle de comer a su hermanita.

“Estaba cocinando y mi hermana dormía en la habitación que está cerca de la calle, cuando de repente escuché gritos y un sonido muy fuerte, como una explosión”, contó. La pequeña se despertó llorando; un olor “desagradable” afectó su visión y le provocó estornudos. Era gas lacrimógeno. Lo que hizo fue cerrar las ventanas.
Las protestas provocaron que Mireya y su hermana no salieran de la casa. Esa y las siguientes tres noches no pudieron descansar bien por el conflicto; tuvieron que trasladarse hasta la casa de  sus abuelos, donde permanecieron hasta ayer.


La historia de Mireya Carrillo se asemeja con la de Cristian Morales quien posee un negocio en el centro de la ciudad. Le acompaña su padre, un adulto mayor de 88 años; aunque para él, las protestas fueron un recordatorio de lo que sucedió hace alrededor de 20 años, no se asustó porque “supo tomar sus precauciones”, destacó el hijo. “Él, como todos los días,  se sentó frente al televisor a ver su programa favorito, escuchó los ruidos, pero no interrumpió para nada su jornada”, asentó.


Los gases lacrimógenos ingresaron al local y por la manifestación de la calle “tuve que cerrar, fue una pérdida para el negocio. Salimos de aquí ya pasadas las 21:00, cubiertos el rostro para que no nos afecte”.


Transcurridos dos días después de las protestas, volvieron a abrir, pero con temor por saqueos y nuevos enfrentamientos: “Abrimos hasta que la ‘vaina’ se ponga más grave; necesitamos ya trabajar y reponernos”.   


Juguetes regados por doquier, reclamos por no poder salir al parque cuando no tenía clases, pedir golosinas y no poder comprarlas, así vivió Renata Arévalo estos días de caos, junto con sus dos hijos de cinco y siete años: “Tenía miedo de salir, no teníamos muchos alimentos y también anunciaron desabastecimiento de gas doméstico por las vías cerradas; me preocupaba el no poder alimentar a mis dos pequeños”.


Huir del Centro Histórico fue la única opción para todos los protagonistas de estas historias; unos cerraron negocios, otros los encomendaron a Dios y al final tuvieron que arreglar los destrozos provocados en las fachadas de sus viviendas, limpiar la suciedad y los residuos de las llantas quemadas, retirar piedras y palos.


“Las protestas dejaron un mal sabor de boca, por así decirlo”, recalcó Rómulo Cárdenas, un adulto mayor de 78 años, quien no pudo realizar sus caminatas diarias por el centro e ir a la misa como de costumbre, para luego sentarse en uno de los bancos del Parque Calderón donde se encuentra siempre con sus amigos de jorga.
Sin embargo, ayer la vida en la ciudad se retomaba poco a poco. Ciudadanos apurados en hacer las compras para la semana, carros que se dirigían a sus destinos, niños que correteaban bajo la vigilancia de sus padres mientras se comían un helado... Las paredes de Cuenca daban cuenta días atrás allí hubo una manifestación ciudadana. (I)