Alberto y Paola viven para salvar a los animales

Alberto Vele en la manga donde se rehabilitan las aves antes de reinsertarlas al hábitat natural.

El amor por los animales silvestres es evidente para Alberto y Paola; ellos reciben diferentes ejemplares, les curan, rehabilitan y evalúan si pueden ser reinsertados en su hábitat. Alberto abrió el zoológico Yaruk Allpa y desde ahí ayuda a las especies, mientras que Paola trabaja en el Amaru.

La relación que mantienen Paola Cañar y Alberto Vele con los animales es como la que cualquiera puede tener con un amigo, un hijo o el guagua de algún amigo querido. Se puede describir como cercana, compasiva, amigable y, ambos, suelen hablar con ellos mientras les curan o dan de comer.

Se trata de dos personas que no se conocen, pero que desde diferentes espacios dedican sus días a salvar animales silvestres.

El migrante
Por un lado está Alberto, que es un migrante retornado. Él invirtió sus ahorros para comprar tres hectáreas de tierra en Tarqui y construyó un zoológico en el año 2000.

Ahora, el zoológico Yaruk Allpa, más que un lugar para que jóvenes conozcan diferentes especies, es un refugio de animales silvestres. Allí, junto con su esposa y algunos voluntarios velan por la salud de cada animal y su alimentación saludable.

Al año, Yaruk Allpa recibe alrededor de 10 animales, la mayoría aves, que llegan con algún tipo de afección, herida o porque son rescatadas. Para él la naturaleza es su vida, en un recorrido por el zoológico recordó que cuando compró el terreno no había árboles.

“Todo era para sembrar maíz y porotos”, pues en la zona suelen hacer chacras, pero él decidió sembrar árboles para garantizar la sombra, la frescura y aportar con el medio ambiente.

Al principio pensó que podría ser el lugar para levantar viviendas, pues aprendió de construcción en Estados Unidos, y consideró que podía hacerlas y venderlas, pero decidió convertirlo en lo que es: un zoológico y refugio de animales silvestres.

Ahora cuenta con apoyo de la Prefectura y el de estudiantes de la Universidad de Cuenca hacen trabajos voluntarios.

“Hola mi chola”, dice Alberto mientras saluda a una tigrillo del zoológico. Aclara que el espacio no es un lugar de lucro, por lo que abre solo dos días a la semana, para que no haya tanta gente y poder mantener sin estrés a los animales que viven allí.

Cuando llega un ave, como un águila que ha vivido siempre en libertad, lo que hace Alberto es curarle, rehabilitarle en una manga hasta que pueda volar sola y cazar, para poder devolverle a la libertad y a su hábitat original.

Después de liberarles hace monitoreos para asegurarse de que su reinserción fue adecuada, pero si los animales silvestres que recibe han vivido siempre en cautiverio, él no los libera porque sería condenarles a muerte y les da una segunda oportunidad de vida en el refugio.

En el zoológico hay un cuarto en el que se guarda la comida de los animales, todo en cartones, limpio y organizado. “Ellos comen mejor que yo”, dice Alberto mientras se ríe.

La veterinaria
Paola Cañar es veterinaria, lleva dos años trabajando en el zoológico Amaru y también se dedica a sanar a animales que han sufrido algún accidente para luego reinsertarlos en su hábitat.

El zoológico recibe un promedio de 400 animales al año y la mayoría son aves, puercoespines y venados. Durante esta semana fue llevado un quillillico que fue encontrado por unos ciudadanos.

Paola le hizo la revisión médica y se dio cuenta que estaba bien de salud, anotó los datos de quienes le llevaron en una ficha técnica-legal, que tienen en el Amaru, para proceder a liberarlo 48 horas después.

Los colocó en una caja y se adentró en una cerro y con ayuda del viento el ave salió y emprendió un vuelo corto, aunque no había suficiente brisa para emprender el vuelo.

La veterinaria dice que esta es una pasión para ella y aclara que los animales silvestres, no saben que los humanos les quieren ayudar, por lo que ellos están en estrés cuando son atendidos por médicos.

Para ella la mayor satisfacción es lograr regresar a los animales a la naturaleza, pero aclara que no todos los casos es posible hacerlo. Contó el caso de un búho pichón que llegó al zoológico porque su madre murió y no puede regresar a su hábitat, porque no aprenden a sobrevivir. (I)

Edy Pérez Alvarado
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Alberto y Paola viven para salvar a los animales

Alberto Vele en la manga donde se rehabilitan las aves antes de reinsertarlas al hábitat natural.

El amor por los animales silvestres es evidente para Alberto y Paola; ellos reciben diferentes ejemplares, les curan, rehabilitan y evalúan si pueden ser reinsertados en su hábitat. Alberto abrió el zoológico Yaruk Allpa y desde ahí ayuda a las especies, mientras que Paola trabaja en el Amaru.

La relación que mantienen Paola Cañar y Alberto Vele con los animales es como la que cualquiera puede tener con un amigo, un hijo o el guagua de algún amigo querido. Se puede describir como cercana, compasiva, amigable y, ambos, suelen hablar con ellos mientras les curan o dan de comer.

Se trata de dos personas que no se conocen, pero que desde diferentes espacios dedican sus días a salvar animales silvestres.

El migrante
Por un lado está Alberto, que es un migrante retornado. Él invirtió sus ahorros para comprar tres hectáreas de tierra en Tarqui y construyó un zoológico en el año 2000.

Ahora, el zoológico Yaruk Allpa, más que un lugar para que jóvenes conozcan diferentes especies, es un refugio de animales silvestres. Allí, junto con su esposa y algunos voluntarios velan por la salud de cada animal y su alimentación saludable.

Al año, Yaruk Allpa recibe alrededor de 10 animales, la mayoría aves, que llegan con algún tipo de afección, herida o porque son rescatadas. Para él la naturaleza es su vida, en un recorrido por el zoológico recordó que cuando compró el terreno no había árboles.

“Todo era para sembrar maíz y porotos”, pues en la zona suelen hacer chacras, pero él decidió sembrar árboles para garantizar la sombra, la frescura y aportar con el medio ambiente.

Al principio pensó que podría ser el lugar para levantar viviendas, pues aprendió de construcción en Estados Unidos, y consideró que podía hacerlas y venderlas, pero decidió convertirlo en lo que es: un zoológico y refugio de animales silvestres.

Ahora cuenta con apoyo de la Prefectura y el de estudiantes de la Universidad de Cuenca hacen trabajos voluntarios.

“Hola mi chola”, dice Alberto mientras saluda a una tigrillo del zoológico. Aclara que el espacio no es un lugar de lucro, por lo que abre solo dos días a la semana, para que no haya tanta gente y poder mantener sin estrés a los animales que viven allí.

Cuando llega un ave, como un águila que ha vivido siempre en libertad, lo que hace Alberto es curarle, rehabilitarle en una manga hasta que pueda volar sola y cazar, para poder devolverle a la libertad y a su hábitat original.

Después de liberarles hace monitoreos para asegurarse de que su reinserción fue adecuada, pero si los animales silvestres que recibe han vivido siempre en cautiverio, él no los libera porque sería condenarles a muerte y les da una segunda oportunidad de vida en el refugio.

En el zoológico hay un cuarto en el que se guarda la comida de los animales, todo en cartones, limpio y organizado. “Ellos comen mejor que yo”, dice Alberto mientras se ríe.

La veterinaria
Paola Cañar es veterinaria, lleva dos años trabajando en el zoológico Amaru y también se dedica a sanar a animales que han sufrido algún accidente para luego reinsertarlos en su hábitat.

El zoológico recibe un promedio de 400 animales al año y la mayoría son aves, puercoespines y venados. Durante esta semana fue llevado un quillillico que fue encontrado por unos ciudadanos.

Paola le hizo la revisión médica y se dio cuenta que estaba bien de salud, anotó los datos de quienes le llevaron en una ficha técnica-legal, que tienen en el Amaru, para proceder a liberarlo 48 horas después.

Los colocó en una caja y se adentró en una cerro y con ayuda del viento el ave salió y emprendió un vuelo corto, aunque no había suficiente brisa para emprender el vuelo.

La veterinaria dice que esta es una pasión para ella y aclara que los animales silvestres, no saben que los humanos les quieren ayudar, por lo que ellos están en estrés cuando son atendidos por médicos.

Para ella la mayor satisfacción es lograr regresar a los animales a la naturaleza, pero aclara que no todos los casos es posible hacerlo. Contó el caso de un búho pichón que llegó al zoológico porque su madre murió y no puede regresar a su hábitat, porque no aprenden a sobrevivir. (I)

Edy Pérez Alvarado
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