Trabajadoras rurales sostienen la vida

En Ecuador, el 49,4 por ciento de las mujeres viven en la zona rural, mayoritariamente son indígenas, afroecuatorianas y montuvias, de acuerdo con el último Censo del INEC, del año 2010.

De aquel estudio, hasta hoy, las condiciones de las mujeres no han cambiado; por el contrario, es necesario que se promueva un nuevo censo agropecuario para conocer sus actuales necesidades, asegura Alejandra Santillana, coordinadora del Observatorio del Cambio Rural, OCARU.

Atender a los niños, ancianos, enfermos, preparar alimentos, lavar, cocer, además de dedicarse al cuidado de los animales, así como de la siembra, solo son algunas de las tareas que diariamente realizan las trabajadoras del campo.
“Las mujeres rurales son el sostén de todo el ámbito familiar y que, históricamente, nunca ha sido reconocido su labor como un trabajo, sino fue asumido como un rol natural por el cual no deben recibir un pago”, añade.
Aclara que a este trabajo diario se lo debe comprender como el mantenedor de la vida, sin el que no podría verse el otro trabajo de los hombres que salen a las plantaciones, a las oficinas, a las fábricas.


De acuerdo con los datos recolectados por el Observatorio, en conjunto con otras organizaciones, se detalla que las mujeres rurales trabajan seis horas más a la semana que las mujeres urbanas y trabajan 25 horas más a la semana que los hombres indígenas.
De las 842.882 Unidades de Producción Agrícola, UPAS, existentes en el país, el 25,4 por ciento están en manos de mujeres productoras y el 74,6 por ciento de los hombres. Está desigual el resultado de estructuras de discriminación hacia las mujeres, con mucho arraigo en el ámbito productivo, detalla el tercer Censo Nacional Agropecuario INEC 2000, en Agenda Nacional de las Mujeres y la Igualdad de Género 2014-2017.


Protección
Santillana resalta que las mujeres rurales, además de estar en sus hogares, sostienen la vida y el cuidado de la naturaleza, cuando realizan mingas por la preservación de los páramos, de los ojos de agua, de los manglares e, incluso, cuando siembran semillas ancestrales y que no son propiedad de alguna empresa trasnacional.
“Aquellas mujeres de las que hablamos son las mismas mujeres que mantienen la soberanía alimentaria, nos proveen de comida a la ciudad y han logrando que en el país se produzcan alimentos y que no se necesite importar de los países vecinos”, enfatizó y finalizó que, pese a su gran labor, las actuales políticas públicas están orientadas a la productividad de monocultivos y no de una real redistribución, de tal forma que las peores condiciones para acceder al agua o a tener una propiedad se las llevan las mujeres que habitan las zonas rurales. (XTM) (I)

Rosa Zambrano

Cargaba a Joselyn en su espalda, esperaba a su hija Tatiana y Elver. Ella es oriunda de Azogues, pero actualmente vive en Nulti.

Su jornada inicia a las 04:00, cuando se despierta para preparar el desayuno y alistar a los pequeños. Si el tiempo le alcanza, limpia su casa y luego va a dejar a su hijos en la escuela.

Al regreso, cuida de su hijo menor, y, al mismo tiempo, riega y acomoda el huerto familiar, lugar de donde obtiene alimentos frescos y sanos para su familia, como las papas, el maíz y las habas. En las tardes, continua con sus labores dentro del hogar: cocina, lava ropa y ayuda en los deberes escolares.

Reconoce que su vida en el campo es totalmente diferente a la de la ciudad. “Cuando era pequeña, mi madre me daba algunos consejos, mientras mi padrastro me maltrataba; entonces, decidí casarme pronto. Tengo siete hijos, tres de ellos casados”, asegura y completa que “enviudé y me volví a casar, aún su última pareja optó por el divorcio”. (I)

María Carmen Jarana

Caminando por las calles de San Joaquín, María Carmen recorre los sembríos de sus vecinos con su carro de hierro. Ella recoge plantas medicinales para luego ofrecerlas a los comerciantes del Mercado Diez de Agosto y, en ocasiones, para que sean transportados hacia las ferias de Guayaquil.

Esta labor la desarrolla desde hace 30 años. Despierta a las 04:00, hace el café y sale a trabajar. “Yo recojo toronjil, ruda, menta, Santa María, malva, ascalcel, así todas las plantitas que son remedio y que también sirven para curar del espanto”, comparte.

A las 10:00, regresa a su casa para elaborar atados. Luego prepara el almuerzo, da de comer a sus cuyes y pollos; y, nuevamente, vuelve a salir para recoger plantitas. Regresa, cena, arregla su casa y, si es posible, duerme antes de las 21:00.

Agrega que “la mujer en la ciudad no cuenta con nada, solo vive encerrada; uno acá, en el campo, puede moverse de un lado a otro, dar de comer a los animales. Es cierto, aquí se pasa sucio y mojado, pero es por la lluvia y el trabajo con la tierra”. (I).

Mariana Muñoz

Actualmente, cuenta con una tienda de barrio, actividad que conjuga con sus labores de la casa y el cuidado de su nieto.

Ella es oriunda de la parroquia San Joaquín y, aunque reconoce que ya no se dedica al cultivo ni a la siembra de plantas, cuenta con algunas plantitas y animales pequeños como cuyes y pollos, que son para el consumo interno y para fechas especiales.

“Con mi tía que también vive en la zona, nosotros no nos vendemos los productos, nos entregamos. Ella me dice ‘tú no tienes nabo’, ¡toma! Y, de igual forma, si yo tengo col, rábano, lechuga, coliflor o brócoli, también le comparto”, detalla. El intercambio se hace cada vez que se necesita.

Sobre la diferencia entre la ciudad y las zonas rurales, comenta que, en su localidad hay un centro de salud, establecimientos educativos, buses y algunos profesionales, aunque, reveló que “el acceso es limitado si se busca un especialista”, que se solventa, acudiendo únicamente a la ciudad. (I)

 

Cuenca. 

Trabajadoras rurales sostienen la vida

De aquel estudio, hasta hoy, las condiciones de las mujeres no han cambiado; por el contrario, es necesario que se promueva un nuevo censo agropecuario para conocer sus actuales necesidades, asegura Alejandra Santillana, coordinadora del Observatorio del Cambio Rural, OCARU.

Atender a los niños, ancianos, enfermos, preparar alimentos, lavar, cocer, además de dedicarse al cuidado de los animales, así como de la siembra, solo son algunas de las tareas que diariamente realizan las trabajadoras del campo.
“Las mujeres rurales son el sostén de todo el ámbito familiar y que, históricamente, nunca ha sido reconocido su labor como un trabajo, sino fue asumido como un rol natural por el cual no deben recibir un pago”, añade.
Aclara que a este trabajo diario se lo debe comprender como el mantenedor de la vida, sin el que no podría verse el otro trabajo de los hombres que salen a las plantaciones, a las oficinas, a las fábricas.


De acuerdo con los datos recolectados por el Observatorio, en conjunto con otras organizaciones, se detalla que las mujeres rurales trabajan seis horas más a la semana que las mujeres urbanas y trabajan 25 horas más a la semana que los hombres indígenas.
De las 842.882 Unidades de Producción Agrícola, UPAS, existentes en el país, el 25,4 por ciento están en manos de mujeres productoras y el 74,6 por ciento de los hombres. Está desigual el resultado de estructuras de discriminación hacia las mujeres, con mucho arraigo en el ámbito productivo, detalla el tercer Censo Nacional Agropecuario INEC 2000, en Agenda Nacional de las Mujeres y la Igualdad de Género 2014-2017.


Protección
Santillana resalta que las mujeres rurales, además de estar en sus hogares, sostienen la vida y el cuidado de la naturaleza, cuando realizan mingas por la preservación de los páramos, de los ojos de agua, de los manglares e, incluso, cuando siembran semillas ancestrales y que no son propiedad de alguna empresa trasnacional.
“Aquellas mujeres de las que hablamos son las mismas mujeres que mantienen la soberanía alimentaria, nos proveen de comida a la ciudad y han logrando que en el país se produzcan alimentos y que no se necesite importar de los países vecinos”, enfatizó y finalizó que, pese a su gran labor, las actuales políticas públicas están orientadas a la productividad de monocultivos y no de una real redistribución, de tal forma que las peores condiciones para acceder al agua o a tener una propiedad se las llevan las mujeres que habitan las zonas rurales. (XTM) (I)

Rosa Zambrano

Cargaba a Joselyn en su espalda, esperaba a su hija Tatiana y Elver. Ella es oriunda de Azogues, pero actualmente vive en Nulti.

Su jornada inicia a las 04:00, cuando se despierta para preparar el desayuno y alistar a los pequeños. Si el tiempo le alcanza, limpia su casa y luego va a dejar a su hijos en la escuela.

Al regreso, cuida de su hijo menor, y, al mismo tiempo, riega y acomoda el huerto familiar, lugar de donde obtiene alimentos frescos y sanos para su familia, como las papas, el maíz y las habas. En las tardes, continua con sus labores dentro del hogar: cocina, lava ropa y ayuda en los deberes escolares.

Reconoce que su vida en el campo es totalmente diferente a la de la ciudad. “Cuando era pequeña, mi madre me daba algunos consejos, mientras mi padrastro me maltrataba; entonces, decidí casarme pronto. Tengo siete hijos, tres de ellos casados”, asegura y completa que “enviudé y me volví a casar, aún su última pareja optó por el divorcio”. (I)

María Carmen Jarana

Caminando por las calles de San Joaquín, María Carmen recorre los sembríos de sus vecinos con su carro de hierro. Ella recoge plantas medicinales para luego ofrecerlas a los comerciantes del Mercado Diez de Agosto y, en ocasiones, para que sean transportados hacia las ferias de Guayaquil.

Esta labor la desarrolla desde hace 30 años. Despierta a las 04:00, hace el café y sale a trabajar. “Yo recojo toronjil, ruda, menta, Santa María, malva, ascalcel, así todas las plantitas que son remedio y que también sirven para curar del espanto”, comparte.

A las 10:00, regresa a su casa para elaborar atados. Luego prepara el almuerzo, da de comer a sus cuyes y pollos; y, nuevamente, vuelve a salir para recoger plantitas. Regresa, cena, arregla su casa y, si es posible, duerme antes de las 21:00.

Agrega que “la mujer en la ciudad no cuenta con nada, solo vive encerrada; uno acá, en el campo, puede moverse de un lado a otro, dar de comer a los animales. Es cierto, aquí se pasa sucio y mojado, pero es por la lluvia y el trabajo con la tierra”. (I).

Mariana Muñoz

Actualmente, cuenta con una tienda de barrio, actividad que conjuga con sus labores de la casa y el cuidado de su nieto.

Ella es oriunda de la parroquia San Joaquín y, aunque reconoce que ya no se dedica al cultivo ni a la siembra de plantas, cuenta con algunas plantitas y animales pequeños como cuyes y pollos, que son para el consumo interno y para fechas especiales.

“Con mi tía que también vive en la zona, nosotros no nos vendemos los productos, nos entregamos. Ella me dice ‘tú no tienes nabo’, ¡toma! Y, de igual forma, si yo tengo col, rábano, lechuga, coliflor o brócoli, también le comparto”, detalla. El intercambio se hace cada vez que se necesita.

Sobre la diferencia entre la ciudad y las zonas rurales, comenta que, en su localidad hay un centro de salud, establecimientos educativos, buses y algunos profesionales, aunque, reveló que “el acceso es limitado si se busca un especialista”, que se solventa, acudiendo únicamente a la ciudad. (I)

 

Cuenca.