¿Y la cultura?

A lo largo del siglo XX en Ecuador nos caracterizamos por proyectar al mundo una posición culturalmente discreta, tímida en muchos campos, con poca y contada participación en los movimientos culturales continentales y globales. Es penoso constatar en antologías de obras emblemáticas por país, en distintas disciplinas artísticas, la permanente ausencia del nuestro cuyo nombre, de marcado acento cartográfico, subraya la ironía de no aparecer en los mapas culturales del mundo. Tal fue el caso del boom literario latinoamericano que no contó con un representante de las letras ecuatorianas a pesar de los nombres disponibles ¿Qué pasó?


Precisamente, la ausencia no significa que no existan valores artísticos nacionales de talla mundial sino que estos han sido poco expuestos a la mirada y valoración de los expertos, de las “comunidades epistémicas” de las letras, o de los “colegios invisibles” del momento que impusieron sus favoritos revelando así, por tanto, una actividad poco efectiva de la débil institucionalidad cultural ecuatoriana, que no ha logrado integrarse, salvo breves excepciones, a dinámicas internacionales de peso.


Tomemos en cuenta la existencia de la Casa de la Cultura Ecuatoriana desde 1942, fundada por Velasco Ibarra al inicio de su segunda presidencia. Al hacer hoy un balance de su existencia lo que perdura es una formidable infraestructura, subutilizada, y el discurso inaugural de su fundador, Benjamín Carrión, con aquella envejecida figura de la “nación pequeña”, que, de todas formas, representa quizás el desafío intelectual más potente del Ecuador del siglo XX, pero cuyos ecos son, hoy, débiles y enmohecidos.


Es decir, aquel sueño de Carrión, anclado en una visión fatalmente modernista propia del momento histórico, daría pie a que el cargo de Presidente de la institución sea entregado como una suerte de homenaje en vida a escritores, pintores o artistas activos en la vida cultural local, lo cual terminaría por generar un permanente conflicto de intereses con personas activas en su oficio pero que, a su vez, debían dirigir programas de fomento para los artistas en su conjunto. De esta forma decenas o centenas de autores/directivos publicaban, por ejemplo, su propia obra en las imprentas institucionales mientras eran sus representantes legales, usando recursos y dinero sin que, de ninguna manera, tal atribución conste en la Ley. De ahí al clientelismo había que dar solamente un paso. (O)

¿Y la cultura?

A lo largo del siglo XX en Ecuador nos caracterizamos por proyectar al mundo una posición culturalmente discreta, tímida en muchos campos, con poca y contada participación en los movimientos culturales continentales y globales. Es penoso constatar en antologías de obras emblemáticas por país, en distintas disciplinas artísticas, la permanente ausencia del nuestro cuyo nombre, de marcado acento cartográfico, subraya la ironía de no aparecer en los mapas culturales del mundo. Tal fue el caso del boom literario latinoamericano que no contó con un representante de las letras ecuatorianas a pesar de los nombres disponibles ¿Qué pasó?


Precisamente, la ausencia no significa que no existan valores artísticos nacionales de talla mundial sino que estos han sido poco expuestos a la mirada y valoración de los expertos, de las “comunidades epistémicas” de las letras, o de los “colegios invisibles” del momento que impusieron sus favoritos revelando así, por tanto, una actividad poco efectiva de la débil institucionalidad cultural ecuatoriana, que no ha logrado integrarse, salvo breves excepciones, a dinámicas internacionales de peso.


Tomemos en cuenta la existencia de la Casa de la Cultura Ecuatoriana desde 1942, fundada por Velasco Ibarra al inicio de su segunda presidencia. Al hacer hoy un balance de su existencia lo que perdura es una formidable infraestructura, subutilizada, y el discurso inaugural de su fundador, Benjamín Carrión, con aquella envejecida figura de la “nación pequeña”, que, de todas formas, representa quizás el desafío intelectual más potente del Ecuador del siglo XX, pero cuyos ecos son, hoy, débiles y enmohecidos.


Es decir, aquel sueño de Carrión, anclado en una visión fatalmente modernista propia del momento histórico, daría pie a que el cargo de Presidente de la institución sea entregado como una suerte de homenaje en vida a escritores, pintores o artistas activos en la vida cultural local, lo cual terminaría por generar un permanente conflicto de intereses con personas activas en su oficio pero que, a su vez, debían dirigir programas de fomento para los artistas en su conjunto. De esta forma decenas o centenas de autores/directivos publicaban, por ejemplo, su propia obra en las imprentas institucionales mientras eran sus representantes legales, usando recursos y dinero sin que, de ninguna manera, tal atribución conste en la Ley. De ahí al clientelismo había que dar solamente un paso. (O)