¿Y Diana Carolina?

Hoy se está volviendo común hablar de los ‘feminismos’, recordando con ello el lenguaje diversionista que se puso de moda en los años 60 en boca de sociólogos y académicos ante el avance vertiginoso de la Revolución Cubana. Entonces florecieron los grupúsculos convocando a unirse a las ‘izquierdas’. No resulta extraño –y menos aún novedoso- dado el momento que estamos viviendo: un cambio de época. Lo sucedido en Ibarra no es un hecho casual ni aislado; ahí convergen algunas circunstancias. No hablemos ya de la traición develada en Mayo del 2017, ni de la ‘mesa no servida’ de la década ganada. Se trata de unir los hilos de la política orquestada desde dentro y fuera del territorio nacional. Es de dominio público que para ayudar a la restauración de la democracia en Cuba, Venezuela y Nicaragua, el Presidente Trump entregó a algunos gobiernos, entre ellos al ecuatoriano, un no despreciable aporte en dólares para que reciba a los migrantes venezolanos ‘obligados’ a abandonar su país como resultado de una crisis económica inducida desde la Casa Blanca.
La escena repetida en las calles de las principales ciudades del Ecuador con jóvenes implorando ayuda para poder adquirir algo de comida o encontrar un lugar para dormir o, incluso, para poder continuar su viaje a Perú o Chile, tiene una carta de presentación: “somos venezolanos”. Ecuador, como lo reconocían los gobiernos de este lado del Mundo, fue en las décadas de la Operación Cóndor en el Cono Sur, una isla de paz. Nuestro país, nuestro pueblo, abrió sus brazos para acoger a los exiliados que escapaban de la muerte: argentinos, uruguayos, chilenos o de cualquier país donde se impusieron dictaduras. Nadie puede afirmar que aquí haya sido víctima de xenofobia o de cualquier tipo de discriminación. Resultaría simplista afirmar que lo sucedido en Ibarra es consecuencia de un comportamiento psicópata generalizado en la sociedad ecuatoriana. Existen de hecho otras motivaciones que tienen su explicación con el modelo social impuesto por la burguesía y, particularmente, con la mercantilización de toda la actividad humana. Acaso no fue la burguesía la que colocó a la mujer en un florero y la convirtió en objeto decorativo? Hoy todo lo femenino es mercancía en el marco del consumismo. Esto no significa que toda mujer haya aceptado esta condición, como tampoco todo hombre. La inmensa mayoría, hombres y mujeres, seguimos asumiendo el rol que la sobrevivencia de la humanidad demanda. (O)
¿Cómo explicar la criminosa actitud de indolencia asumida por los miembros del cuerpo policial ante la violencia del agresor?

¿Y Diana Carolina?

Hoy se está volviendo común hablar de los ‘feminismos’, recordando con ello el lenguaje diversionista que se puso de moda en los años 60 en boca de sociólogos y académicos ante el avance vertiginoso de la Revolución Cubana. Entonces florecieron los grupúsculos convocando a unirse a las ‘izquierdas’. No resulta extraño –y menos aún novedoso- dado el momento que estamos viviendo: un cambio de época. Lo sucedido en Ibarra no es un hecho casual ni aislado; ahí convergen algunas circunstancias. No hablemos ya de la traición develada en Mayo del 2017, ni de la ‘mesa no servida’ de la década ganada. Se trata de unir los hilos de la política orquestada desde dentro y fuera del territorio nacional. Es de dominio público que para ayudar a la restauración de la democracia en Cuba, Venezuela y Nicaragua, el Presidente Trump entregó a algunos gobiernos, entre ellos al ecuatoriano, un no despreciable aporte en dólares para que reciba a los migrantes venezolanos ‘obligados’ a abandonar su país como resultado de una crisis económica inducida desde la Casa Blanca.
La escena repetida en las calles de las principales ciudades del Ecuador con jóvenes implorando ayuda para poder adquirir algo de comida o encontrar un lugar para dormir o, incluso, para poder continuar su viaje a Perú o Chile, tiene una carta de presentación: “somos venezolanos”. Ecuador, como lo reconocían los gobiernos de este lado del Mundo, fue en las décadas de la Operación Cóndor en el Cono Sur, una isla de paz. Nuestro país, nuestro pueblo, abrió sus brazos para acoger a los exiliados que escapaban de la muerte: argentinos, uruguayos, chilenos o de cualquier país donde se impusieron dictaduras. Nadie puede afirmar que aquí haya sido víctima de xenofobia o de cualquier tipo de discriminación. Resultaría simplista afirmar que lo sucedido en Ibarra es consecuencia de un comportamiento psicópata generalizado en la sociedad ecuatoriana. Existen de hecho otras motivaciones que tienen su explicación con el modelo social impuesto por la burguesía y, particularmente, con la mercantilización de toda la actividad humana. Acaso no fue la burguesía la que colocó a la mujer en un florero y la convirtió en objeto decorativo? Hoy todo lo femenino es mercancía en el marco del consumismo. Esto no significa que toda mujer haya aceptado esta condición, como tampoco todo hombre. La inmensa mayoría, hombres y mujeres, seguimos asumiendo el rol que la sobrevivencia de la humanidad demanda. (O)
¿Cómo explicar la criminosa actitud de indolencia asumida por los miembros del cuerpo policial ante la violencia del agresor?