Víctimas

Visto

El 31 de agosto de 1999 un avión se accidentó en Buenos Aires tras un despegue frustrado en el Aeroparque Jorge Newbery. Murieron 65 personas.
El periodista del canal de televisión donde yo trabajaba llegó al lugar de la tragedia, levantó frente a la cámara un pedazo de la nave siniestrada y dijo en vivo y en directo: “Si así quedó la carrocería del avión, cómo habrá quedado la gente en su interior”.
Esa anécdota recordaba el martes en un diálogo para comunicadores en Quito sobre Niñez y Migración, organizado por World Vision con FLACSO y ACNUR, en el que conversamos sobre la compleja relación que existe entre el periodista y las víctimas.
En los últimos años ha existido, especialmente desde la Academia y organizaciones civiles, un intento por educar a los profesionales de los medios en la forma en que deben referirse a determinados grupos cuando informan sobre ellos.
Es importante manejar una terminología adecuada al hablar de violencia de género, de grupos LGBTI, de inclusión social, de migrantes y de otros grupos vulnerables.
Yo recordaba en Quito cuando aprendí -gracias a la ACNUR- que no es lo mismo hablar de refugiados (personas obligadas por las circunstancias a cruzar una frontera) que de desplazados (aquellos que se movilizan, pero dentro de su propio país).
Estas diferencias, claves al momento de informar con precisión, son a veces ignoradas olímpicamente en notas de prensa, transmisiones en vivo o coberturas digitales. Como si diera lo mismo decir A que B.
Pero a veces los reclamos van más allá del lenguaje, y se nos quieren atribuir determinadas tareas que nada tienen que ver con nuestra misión de informar, como asistir a las víctimas, colaborar con las autoridades o contribuir –en situaciones de crisis- al esfuerzo para que todo vuelva a la normalidad.
Yo opinaba este martes que para la clase de periodistas como aquel colega que informó sobre el accidente aéreo no hay deontología que alcance, solo una materia en las carreras de comunicación que enseñe a no ser idiota.
Pero de ahí a asignarnos responsabilidades de médicos, bomberos, policías o funcionarios de la Secretaría de Gestión de Riesgos, hay un trecho largo.
Ya bastante difícil es tratar de entender y explicar esta cada vez más turbia realidad. (O)

Víctimas

El 31 de agosto de 1999 un avión se accidentó en Buenos Aires tras un despegue frustrado en el Aeroparque Jorge Newbery. Murieron 65 personas.
El periodista del canal de televisión donde yo trabajaba llegó al lugar de la tragedia, levantó frente a la cámara un pedazo de la nave siniestrada y dijo en vivo y en directo: “Si así quedó la carrocería del avión, cómo habrá quedado la gente en su interior”.
Esa anécdota recordaba el martes en un diálogo para comunicadores en Quito sobre Niñez y Migración, organizado por World Vision con FLACSO y ACNUR, en el que conversamos sobre la compleja relación que existe entre el periodista y las víctimas.
En los últimos años ha existido, especialmente desde la Academia y organizaciones civiles, un intento por educar a los profesionales de los medios en la forma en que deben referirse a determinados grupos cuando informan sobre ellos.
Es importante manejar una terminología adecuada al hablar de violencia de género, de grupos LGBTI, de inclusión social, de migrantes y de otros grupos vulnerables.
Yo recordaba en Quito cuando aprendí -gracias a la ACNUR- que no es lo mismo hablar de refugiados (personas obligadas por las circunstancias a cruzar una frontera) que de desplazados (aquellos que se movilizan, pero dentro de su propio país).
Estas diferencias, claves al momento de informar con precisión, son a veces ignoradas olímpicamente en notas de prensa, transmisiones en vivo o coberturas digitales. Como si diera lo mismo decir A que B.
Pero a veces los reclamos van más allá del lenguaje, y se nos quieren atribuir determinadas tareas que nada tienen que ver con nuestra misión de informar, como asistir a las víctimas, colaborar con las autoridades o contribuir –en situaciones de crisis- al esfuerzo para que todo vuelva a la normalidad.
Yo opinaba este martes que para la clase de periodistas como aquel colega que informó sobre el accidente aéreo no hay deontología que alcance, solo una materia en las carreras de comunicación que enseñe a no ser idiota.
Pero de ahí a asignarnos responsabilidades de médicos, bomberos, policías o funcionarios de la Secretaría de Gestión de Riesgos, hay un trecho largo.
Ya bastante difícil es tratar de entender y explicar esta cada vez más turbia realidad. (O)

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