Un aire de familia

Visto

E l cine ecuatoriano de la última década trajo novedades que refrescaron el panorama cultural del país pero, por diversas razones, terminó agotado en la reproducción de una familiaridad de temas y estilos que lo dejó con poco oxigeno. 
Podemos suponer que el histórico aislamiento del Ecuador y la limitada frecuencia de exposición de sus artistas, incluidos los cineastas, presionó en la adopción de un tipo de cine que se mimetizara con una corriente principal de la producción latinoamericana durante las primeras décadas del siglo XXI, para integrarnos y ser parte del grupo ¿Perdimos la oportunidad de inventar algo completamente nuevo con la Ley de 2006? Probablemente. La adopción de la ley de cine en el país abrió una etapa de optimismo efervescente que, en alguna medida, nos hizo creer que ese imperfecto instrumento legal sería suficiente, no solo para competir con la gran industria hegemónica, sino para construir una cinematografía que seduzca al mundo entero. 
Evidentemente la herramienta ha resultado más útil para empezar a caminar únicamente y eso, a la larga, permitirá algún momento alcanzar maestría y madurez en el dominio de un arte y lenguaje extremadamente complejos.
La cinematografía ecuatoriana se comporta generacionalmente de acuerdo a patrones que marcan con claridad tendencias o corrientes principales adoptadas en grupo por los cineastas que provienen mayoritariamente de estratos medios y urbanos de la sociedad. Si bien una de las características visibles del cine nacional es su diversidad, en tanto estilos, estos se opacan detrás de elecciones de forma y fondo que, finalmente, construyen una atmósfera familiar en un número importante de obras.
En Ecuador el género documental goza de mayor fortaleza y recorrido que el cine de ficción por razones fundamentalmente estructurales. Sin embargo el impulso autobiográfico presente en la mayoría de películas documentales las conduce también dentro de una corriente principal en la que se echan de menos riesgos formales que impliquen apuestas por un diálogo, dramático y dramatúrgico, con referentes cinematográficos más amplios.
La expresión cinematográfica de los anhelos y utopías de la clase media ecuatoriana inevitablemente conduce a la creación de estereotipos, reflejados en hechos triviales y en banalidades individualistas de sus personajes. Ese universo simbólico ha dominado los relatos durante los últimos años. El desafío de los autores del cine nacional es trascenderse a sí mismos, utilizando aquellas vocaciones autobiográficas para construir relatos más complejos. Necesariamente, se hará camino al andar.

Un aire de familia

E l cine ecuatoriano de la última década trajo novedades que refrescaron el panorama cultural del país pero, por diversas razones, terminó agotado en la reproducción de una familiaridad de temas y estilos que lo dejó con poco oxigeno. 
Podemos suponer que el histórico aislamiento del Ecuador y la limitada frecuencia de exposición de sus artistas, incluidos los cineastas, presionó en la adopción de un tipo de cine que se mimetizara con una corriente principal de la producción latinoamericana durante las primeras décadas del siglo XXI, para integrarnos y ser parte del grupo ¿Perdimos la oportunidad de inventar algo completamente nuevo con la Ley de 2006? Probablemente. La adopción de la ley de cine en el país abrió una etapa de optimismo efervescente que, en alguna medida, nos hizo creer que ese imperfecto instrumento legal sería suficiente, no solo para competir con la gran industria hegemónica, sino para construir una cinematografía que seduzca al mundo entero. 
Evidentemente la herramienta ha resultado más útil para empezar a caminar únicamente y eso, a la larga, permitirá algún momento alcanzar maestría y madurez en el dominio de un arte y lenguaje extremadamente complejos.
La cinematografía ecuatoriana se comporta generacionalmente de acuerdo a patrones que marcan con claridad tendencias o corrientes principales adoptadas en grupo por los cineastas que provienen mayoritariamente de estratos medios y urbanos de la sociedad. Si bien una de las características visibles del cine nacional es su diversidad, en tanto estilos, estos se opacan detrás de elecciones de forma y fondo que, finalmente, construyen una atmósfera familiar en un número importante de obras.
En Ecuador el género documental goza de mayor fortaleza y recorrido que el cine de ficción por razones fundamentalmente estructurales. Sin embargo el impulso autobiográfico presente en la mayoría de películas documentales las conduce también dentro de una corriente principal en la que se echan de menos riesgos formales que impliquen apuestas por un diálogo, dramático y dramatúrgico, con referentes cinematográficos más amplios.
La expresión cinematográfica de los anhelos y utopías de la clase media ecuatoriana inevitablemente conduce a la creación de estereotipos, reflejados en hechos triviales y en banalidades individualistas de sus personajes. Ese universo simbólico ha dominado los relatos durante los últimos años. El desafío de los autores del cine nacional es trascenderse a sí mismos, utilizando aquellas vocaciones autobiográficas para construir relatos más complejos. Necesariamente, se hará camino al andar.

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