Todo mal

Visto

La inherente inestabilidad de la economía de mercado global es un hecho, más que una crítica, mientras que, por otra parte, durante la historia de la democracia moderna y contemporánea de los últimos doscientos años, aquella que nace con las dos grandes revoluciones occidentales del siglo XVIII, la francesa y la norteamericana, hemos experimentado la convivencia entre democracia y capitalismo cuyo vínculo, como consecuencia de dicha inestabilidad, está en crisis. La fractura se agrava y profundiza a partir del hundimiento financiero global de 2008, el más importante a nivel mundial, desde la quiebra de las bolsas norteamericanas a finales de los años 20, mismo que sentimos de manera mitigada en Ecuador por encontrarnos, entonces, en un ciclo de crecimiento y ampliación de la economía.
En tiempos de capitalismo salvaje y caníbal, que se come el mundo a dentelladas, para entender mejor cómo son las cosas vale la pena recurrir a las propias palabras de uno de los oligarcas planetarios, Georges Soros, quien dice que “el capitalismo crea riqueza, pero no se puede depender de él para garantizar la libertad, la democracia y el Estado de derecho. Las empresas están motivadas por el beneficio, no tienen por objetivo salvaguardar los principios universales. Hasta la protección del mercado requiere mucho más que el beneficio propio: los participantes en el mercado compiten para ganar, y si pudieran eliminarían a la competencia. Por consiguiente, la libertad, la democracia y el Estado de derecho no pueden quedar al cuidado de las fuerzas del mercado: necesitamos garantías institucionales.” Dichas garantías implican, obligatoriamente, la presencia de organismos reguladores públicos convertidos en únicos y frágiles garantes del interés colectivo.
Fue a partir de la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, que se produjo el ascenso devastador del neoliberalismo, impuesto como sistema triunfante y único posible provocando, también, el desmantelamiento del estado de bienestar europeo. Sin embargo, lo que hoy debemos evitar ya no es la casi imposible convivencia entre capital y democracia sino la fáctica cohabitación entre fascismo global informal y democracia estatal formal, gracias al delirio globalizador del capital, que presupone la posibilidad de un capitalismo mundial sin Estado democrático, lo cual puede tener consecuencias catastróficas para nuestra especie. (O)
“La libertad, la democracia y el Estado de derecho no pueden quedar al cuidado de las fuerzas del mercado: necesitamos garantías”

Todo mal

La inherente inestabilidad de la economía de mercado global es un hecho, más que una crítica, mientras que, por otra parte, durante la historia de la democracia moderna y contemporánea de los últimos doscientos años, aquella que nace con las dos grandes revoluciones occidentales del siglo XVIII, la francesa y la norteamericana, hemos experimentado la convivencia entre democracia y capitalismo cuyo vínculo, como consecuencia de dicha inestabilidad, está en crisis. La fractura se agrava y profundiza a partir del hundimiento financiero global de 2008, el más importante a nivel mundial, desde la quiebra de las bolsas norteamericanas a finales de los años 20, mismo que sentimos de manera mitigada en Ecuador por encontrarnos, entonces, en un ciclo de crecimiento y ampliación de la economía.
En tiempos de capitalismo salvaje y caníbal, que se come el mundo a dentelladas, para entender mejor cómo son las cosas vale la pena recurrir a las propias palabras de uno de los oligarcas planetarios, Georges Soros, quien dice que “el capitalismo crea riqueza, pero no se puede depender de él para garantizar la libertad, la democracia y el Estado de derecho. Las empresas están motivadas por el beneficio, no tienen por objetivo salvaguardar los principios universales. Hasta la protección del mercado requiere mucho más que el beneficio propio: los participantes en el mercado compiten para ganar, y si pudieran eliminarían a la competencia. Por consiguiente, la libertad, la democracia y el Estado de derecho no pueden quedar al cuidado de las fuerzas del mercado: necesitamos garantías institucionales.” Dichas garantías implican, obligatoriamente, la presencia de organismos reguladores públicos convertidos en únicos y frágiles garantes del interés colectivo.
Fue a partir de la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, que se produjo el ascenso devastador del neoliberalismo, impuesto como sistema triunfante y único posible provocando, también, el desmantelamiento del estado de bienestar europeo. Sin embargo, lo que hoy debemos evitar ya no es la casi imposible convivencia entre capital y democracia sino la fáctica cohabitación entre fascismo global informal y democracia estatal formal, gracias al delirio globalizador del capital, que presupone la posibilidad de un capitalismo mundial sin Estado democrático, lo cual puede tener consecuencias catastróficas para nuestra especie. (O)
“La libertad, la democracia y el Estado de derecho no pueden quedar al cuidado de las fuerzas del mercado: necesitamos garantías”

Visto