Tejedoras

Con la conmemoración del Día Internacional de los Museos se celebra también a los trabajadores, gestores y custodios de estos espacios comprometidos con el quehacer cultural de la ciudad. Uno de estos espacios es el Economuseo Casa del Sombrero. Hasta aquí llegan tres veces por semana hombres y mujeres para aprender a tejer; y no solo se tejen sombreros, se tejen sueños, se tejen vidas. El ejercicio se vuelve un vibrante momento de gratos compartires y vivires, cumpliendo la misión del museo en el mundo contemporáneo: erigirse en un disparador de contenidos, generador de experiencias y de activación social donde la relación con la comunidad es prioritaria. Un ejemplo de ello es María Zhinzhin, maestra tejedora que viene de Mayancela, a enseñar este arte que lo aprendió de su madre. Está orgullosa de este oficio que le ha dado todo y que hoy le permite vivir. Varias generaciones han recibido sus enseñanzas. Mario Quito, un joven aprendiz, apuesta por este arte e intenta adaptar sus diseños a otras prendas, e incluso abrirse campo en el mundo de la joyería. Anastasia Kupriianova, una joven turista rusa, atraída por lo que había oído sobre la paja toquilla, quiso vivir de cerca esta experiencia. Ella observa detenidamente a doña María, emula los movimientos y va lentamente tejiendo un pequeño círculo con el que inicia la base del sombrero. Luego de armar varios puntos, termina la tarea por el día, anuda lo que queda de paja y se despide de las tejedoras que ese día llenan el patio del Economuseo Casa del Sombrero, único comprometido con la Economía Popular y Solidaria, -en palabras de su director-, Gerardo Machado, quien asegura que jamás se conseguirá hacer con las máquinas lo que se hace con las manos. (O)
Este saber adquiere un valor universal, declarado por la Unesco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

ROSI TOLEDO

Tejedoras

Con la conmemoración del Día Internacional de los Museos se celebra también a los trabajadores, gestores y custodios de estos espacios comprometidos con el quehacer cultural de la ciudad. Uno de estos espacios es el Economuseo Casa del Sombrero. Hasta aquí llegan tres veces por semana hombres y mujeres para aprender a tejer; y no solo se tejen sombreros, se tejen sueños, se tejen vidas. El ejercicio se vuelve un vibrante momento de gratos compartires y vivires, cumpliendo la misión del museo en el mundo contemporáneo: erigirse en un disparador de contenidos, generador de experiencias y de activación social donde la relación con la comunidad es prioritaria. Un ejemplo de ello es María Zhinzhin, maestra tejedora que viene de Mayancela, a enseñar este arte que lo aprendió de su madre. Está orgullosa de este oficio que le ha dado todo y que hoy le permite vivir. Varias generaciones han recibido sus enseñanzas. Mario Quito, un joven aprendiz, apuesta por este arte e intenta adaptar sus diseños a otras prendas, e incluso abrirse campo en el mundo de la joyería. Anastasia Kupriianova, una joven turista rusa, atraída por lo que había oído sobre la paja toquilla, quiso vivir de cerca esta experiencia. Ella observa detenidamente a doña María, emula los movimientos y va lentamente tejiendo un pequeño círculo con el que inicia la base del sombrero. Luego de armar varios puntos, termina la tarea por el día, anuda lo que queda de paja y se despide de las tejedoras que ese día llenan el patio del Economuseo Casa del Sombrero, único comprometido con la Economía Popular y Solidaria, -en palabras de su director-, Gerardo Machado, quien asegura que jamás se conseguirá hacer con las máquinas lo que se hace con las manos. (O)
Este saber adquiere un valor universal, declarado por la Unesco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

ROSI TOLEDO