Curas sin cura

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Un fantasma recorre la iglesia por todas partes del mundo. No es el fantasma de las tres navidades, la pasada, la presente y la futura, aunque bien haría falta una visita de Scrooge a todas esas conciencias inmóviles para remover la masa de comportamientos abyectos auto perdonados en función del más descarado y retorcido usufructo del don de confesar y perdonar los pecados que ostentan los sacerdotes. Se trata del fantasma de la pederastia, o mejor dicho, del escándalo que ha sacudido el mundo y especialmente las estructuras de la pesada maquinaria administrativa e institucional de la sacrosanta iglesia católica, dejando una estela de reivindicación, dolor y sed de justicia por aquellos lugares por donde ha pasado. Nuestra ciudad y país no han sido la excepción.


Las cifras en el mundo son escalofriantes. El cardenal prefecto de la Congregación para el Clero del Vaticano, el brasileño Claudio Hummes, quien calificó la pedofilia como ‘un crimen terrible’, reconocía en 2009 que el tema afectaba al 4% de los sacerdotes en el mundo entero. Teniendo en cuenta que hay alrededor de medio millón de sacerdotes católicos, el cálculo de Hummes daría como resultado que son, desde entonces, unos 20.000 los implicados supuestos en casos de estas características.
La presión hacia el Vaticano ha venido de todas partes y, como signatario del acuerdo, el Estado Vaticano está sometido también a la vigilancia del Comité sobre los Derechos del Niño. Dicho Comité ha demandado con firmeza a la Santa Sede el cese y puesta a disposición de la justicia de todos los sacerdotes denunciados.


Si bien la Iglesia Católica, Apostólica y Romana a diario pierde fichas entre sus clientes, por hechos que, finalmente, son de data tan antigua como sus inicios, la diferencia hoy estriba en que hasta hace no más de medio siglo eran casos silenciados por sus víctimas ya que muchas consideraban que se lo merecían debido a que algún cura pederasta había calificado alguno de sus actos como “mala conducta”, mientras que otras creían que era una “obligación” satisfacer las demandas perversas del sacerdote que le había tocado en “suerte” como docente o guía. Pero desde que se han conocido ahora una mínima parte de las perversiones sexuales de los curas que no “curan”, sino que enferman a quienes tienen que “padecer” esas perversiones, en esta ola de reivindicación mundial bajo Francisco, la tortilla se ha volteado. (O)

Curas sin cura

Un fantasma recorre la iglesia por todas partes del mundo. No es el fantasma de las tres navidades, la pasada, la presente y la futura, aunque bien haría falta una visita de Scrooge a todas esas conciencias inmóviles para remover la masa de comportamientos abyectos auto perdonados en función del más descarado y retorcido usufructo del don de confesar y perdonar los pecados que ostentan los sacerdotes. Se trata del fantasma de la pederastia, o mejor dicho, del escándalo que ha sacudido el mundo y especialmente las estructuras de la pesada maquinaria administrativa e institucional de la sacrosanta iglesia católica, dejando una estela de reivindicación, dolor y sed de justicia por aquellos lugares por donde ha pasado. Nuestra ciudad y país no han sido la excepción.


Las cifras en el mundo son escalofriantes. El cardenal prefecto de la Congregación para el Clero del Vaticano, el brasileño Claudio Hummes, quien calificó la pedofilia como ‘un crimen terrible’, reconocía en 2009 que el tema afectaba al 4% de los sacerdotes en el mundo entero. Teniendo en cuenta que hay alrededor de medio millón de sacerdotes católicos, el cálculo de Hummes daría como resultado que son, desde entonces, unos 20.000 los implicados supuestos en casos de estas características.
La presión hacia el Vaticano ha venido de todas partes y, como signatario del acuerdo, el Estado Vaticano está sometido también a la vigilancia del Comité sobre los Derechos del Niño. Dicho Comité ha demandado con firmeza a la Santa Sede el cese y puesta a disposición de la justicia de todos los sacerdotes denunciados.


Si bien la Iglesia Católica, Apostólica y Romana a diario pierde fichas entre sus clientes, por hechos que, finalmente, son de data tan antigua como sus inicios, la diferencia hoy estriba en que hasta hace no más de medio siglo eran casos silenciados por sus víctimas ya que muchas consideraban que se lo merecían debido a que algún cura pederasta había calificado alguno de sus actos como “mala conducta”, mientras que otras creían que era una “obligación” satisfacer las demandas perversas del sacerdote que le había tocado en “suerte” como docente o guía. Pero desde que se han conocido ahora una mínima parte de las perversiones sexuales de los curas que no “curan”, sino que enferman a quienes tienen que “padecer” esas perversiones, en esta ola de reivindicación mundial bajo Francisco, la tortilla se ha volteado. (O)

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