¿Retroceso en la cultura tributaria?

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Los voceros de las ‘cámaras de la producción’ (dirigentes de los gremios industriales, de comercio, agricultura, turismo, minería, etc, y algunos políticos y académicos defensores del libre mercado), desde hace rato -diríamos, desde siempre- están empeñados en el desmantelamiento tributario; pues consideran que Ecuador es poco menos que un ‘infierno tributario’.

Durante la última década, se triplicó la recaudación, incrementando la ‘presión fiscal’ al 21 por ciento, que es más o menos el promedio latinoamericano. Lo que no se dice es que el notable incremento se debe fundamentalmente al drástico cambio de la cultura tributaria, provocado por la institucionalización, eficiencia y profesionalización de la administración tributaria. En los países vecinos, las tarifas impositivas, particularmente de renta e IVA, son sustancialmente mayores. El impuesto a la renta para sociedades es del orden del 30 por ciento y el IVA es cercano al 20 por ciento.

Las propuestas en materia tributaria de la candidatura presidencial perdedora pretenden imponerse a como dé lugar. Se pone énfasis en: cambiar la forma de cálculo para el anticipo del impuesto a la renta, eliminando su carácter presuntivo, eliminar el impuesto a la salida de divisas, acabar con el impuesto que grava la especulación del suelo (plusvalía), eliminar el impuesto sobre los activos en el exterior, entre otros planteamientos. El costo fiscal total de semejante propuesta superaría los 2.000 millones de dólares. El beneficio iría a parar, fundamentalmente, en los sectores de mayores ingresos, ni un solo dólar quedaría entre los pobres. A pesar de los sustanciales cambios y modulaciones aprobados desde la legislación, puede aceptarse el cambio de la fórmula para el cálculo del anticipo del IR, también puede bajarse la tarifa del llamado impuesto sobre la plusvalía; pero nada más. Desde luego, habrá que acordar en las mesas de diálogo el mecanismo compensatorio. Las alicaídas finanzas públicas no resisten recortes en sus ingresos.
 

Ratificamos la necesidad de simplificar el sistema tributario así como en la obligación de aplicar los preceptos constitucionales que mandan priorizar los impuestos directos y progresivos así como la consideración del principio de suficiencia recaudatoria. Habría que preguntarles a los detractores de la tributación si creen o no en la equidad, en la inclusión social y económica, en la redistribución de la renta, en la salud y educación fiscal, de excelencia y universales. Aprovechando la generosa apertura al diálogo por parte del Presidente Moreno, sería deseable arribar a un Pacto Fiscal.

A partir de consensuar el país que queremos, hay que definir la política tributaria de corto y mediano plazos. Muchos estaremos de acuerdo en el camino del desarrollo seguido por algunos países, los nórdicos, por ejemplo. A la hora de pagar la factura, que se cubre con tributos, querrán mirar hacia otro lado. Si no existe un mínimo de solidaridad, es imposible construir una sociedad justa. La propia sobrevivencia del capital y su buena salud, en gran medida, depende de la capacidad adquisitiva del conjunto de la población. Un mercado lleno de escaparates, vitrinas y centros comerciales, no es sostenible sin fábricas y sin ciudadanos consumidores, sin trabajadores con trabajo digno- por lo tanto.

Esperemos que en el Comité Productivo Tributario se conjuguen todos los intereses, principalmente los macroeconómicos  y no solamente aquellos  que pertenecen a las elites económicas. Diálogo no únicamente es recibir, también significa ceder, dar, renunciar, conciliar... (O)  

¿Retroceso en la cultura tributaria?

Los voceros de las ‘cámaras de la producción’ (dirigentes de los gremios industriales, de comercio, agricultura, turismo, minería, etc, y algunos políticos y académicos defensores del libre mercado), desde hace rato -diríamos, desde siempre- están empeñados en el desmantelamiento tributario; pues consideran que Ecuador es poco menos que un ‘infierno tributario’.

Durante la última década, se triplicó la recaudación, incrementando la ‘presión fiscal’ al 21 por ciento, que es más o menos el promedio latinoamericano. Lo que no se dice es que el notable incremento se debe fundamentalmente al drástico cambio de la cultura tributaria, provocado por la institucionalización, eficiencia y profesionalización de la administración tributaria. En los países vecinos, las tarifas impositivas, particularmente de renta e IVA, son sustancialmente mayores. El impuesto a la renta para sociedades es del orden del 30 por ciento y el IVA es cercano al 20 por ciento.

Las propuestas en materia tributaria de la candidatura presidencial perdedora pretenden imponerse a como dé lugar. Se pone énfasis en: cambiar la forma de cálculo para el anticipo del impuesto a la renta, eliminando su carácter presuntivo, eliminar el impuesto a la salida de divisas, acabar con el impuesto que grava la especulación del suelo (plusvalía), eliminar el impuesto sobre los activos en el exterior, entre otros planteamientos. El costo fiscal total de semejante propuesta superaría los 2.000 millones de dólares. El beneficio iría a parar, fundamentalmente, en los sectores de mayores ingresos, ni un solo dólar quedaría entre los pobres. A pesar de los sustanciales cambios y modulaciones aprobados desde la legislación, puede aceptarse el cambio de la fórmula para el cálculo del anticipo del IR, también puede bajarse la tarifa del llamado impuesto sobre la plusvalía; pero nada más. Desde luego, habrá que acordar en las mesas de diálogo el mecanismo compensatorio. Las alicaídas finanzas públicas no resisten recortes en sus ingresos.
 

Ratificamos la necesidad de simplificar el sistema tributario así como en la obligación de aplicar los preceptos constitucionales que mandan priorizar los impuestos directos y progresivos así como la consideración del principio de suficiencia recaudatoria. Habría que preguntarles a los detractores de la tributación si creen o no en la equidad, en la inclusión social y económica, en la redistribución de la renta, en la salud y educación fiscal, de excelencia y universales. Aprovechando la generosa apertura al diálogo por parte del Presidente Moreno, sería deseable arribar a un Pacto Fiscal.

A partir de consensuar el país que queremos, hay que definir la política tributaria de corto y mediano plazos. Muchos estaremos de acuerdo en el camino del desarrollo seguido por algunos países, los nórdicos, por ejemplo. A la hora de pagar la factura, que se cubre con tributos, querrán mirar hacia otro lado. Si no existe un mínimo de solidaridad, es imposible construir una sociedad justa. La propia sobrevivencia del capital y su buena salud, en gran medida, depende de la capacidad adquisitiva del conjunto de la población. Un mercado lleno de escaparates, vitrinas y centros comerciales, no es sostenible sin fábricas y sin ciudadanos consumidores, sin trabajadores con trabajo digno- por lo tanto.

Esperemos que en el Comité Productivo Tributario se conjuguen todos los intereses, principalmente los macroeconómicos  y no solamente aquellos  que pertenecen a las elites económicas. Diálogo no únicamente es recibir, también significa ceder, dar, renunciar, conciliar... (O)  

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