Resentimiento social

Visto

Hasta hace poco tiempo atrás era desconcertante la fascinación y el ascenso que los discursos de odio ejercían sobre los privilegiados del mundo. Hoy estos reinan a sus anchas. De hecho, nosotros también estamos pagando el precio por haber entrado en la desaforada carrera que hizo del resentimiento social el núcleo más dinámico del discurso político de parte importante de la oposición, tanto de derecha cuanto de la izquierda antisistema.
Las redes sociales, aquellas que modificaron para siempre la comunicación haciendo de cada uno de nosotros potenciales articulistas, reporteros o cronistas, son, a la vez, el campo de batalla donde diariamente, gracias a un serio y triste defecto de configuración que permite la indiscriminada existencia de cuentas falsas y anónimas, así como el abuso irracional de la libertad de expresión, se derraman toneladas de insultos y toda clase de rumores y mentiras, emitidas sin responsabilidad ni beneficio de inventario. 
En esos espacios no predomina un debate de ideas, programas o modelos, sino ataques furiosos a personas, funcionarios o ex funcionarios; ataques que reflejan una voluntad de hacerse con el poder a cualquier precio por parte de quienes auspician e impulsan ese tipo de narrativas.
Estas disertaciones de resentimiento fueron especialmente fértiles en la clase media, quizás por rezagos atávicos de arribismo y vanidad, por sed de venganza entre aquellos que se consideran verdaderos elegidos del destino y que desprecian toda forma de ascenso social de las mayorías pobres, las cuales, de acuerdo con una lógica colonial, todavía muy presente en nuestras sociedades, deberían saber ocupar su lugar, pues, como dicen miembros del actual gobierno argentino, estas “se acostumbraron a vivir demasiado bien.”   
Es así como esta narrativa que se ha tomado la opinion publica nacional nos habla permanentemente de derroches, satanizando toda forma de gasto público y al Estado como institución, minimizando todos los esfuerzos emblemáticos de la administración anterior. En su cadencioso discurso todo está mal, nunca hemos estado peor y hablan de acabar con la pesadilla a cualquier costo.
Si hubiese buena fe, sano patriotismo y madurez histórica y social, deberíamos participar en debates y reflexiones por la agenda del país en el largo plazo para revisar críticamente aquellas cosas que hay que cambiar, mejorar, suprimir o modificar y continuar fortaleciendo las que están bien.
Pero analistas y lideres de opinión nos dan a entender que anhelan los años de inestabilidad donde el tuerto era rey y los oportunistas pescaban a río revuelto, con unas grandes mayorías que o migraban a algún país del norte o bregaban cotidianamente para sobrevivir, a duras penas, en un país sin oportunidades. En ese sentido estos son no solo discursos de odio y resentimiento, sino de terror. (O)

Resentimiento social

Hasta hace poco tiempo atrás era desconcertante la fascinación y el ascenso que los discursos de odio ejercían sobre los privilegiados del mundo. Hoy estos reinan a sus anchas. De hecho, nosotros también estamos pagando el precio por haber entrado en la desaforada carrera que hizo del resentimiento social el núcleo más dinámico del discurso político de parte importante de la oposición, tanto de derecha cuanto de la izquierda antisistema.
Las redes sociales, aquellas que modificaron para siempre la comunicación haciendo de cada uno de nosotros potenciales articulistas, reporteros o cronistas, son, a la vez, el campo de batalla donde diariamente, gracias a un serio y triste defecto de configuración que permite la indiscriminada existencia de cuentas falsas y anónimas, así como el abuso irracional de la libertad de expresión, se derraman toneladas de insultos y toda clase de rumores y mentiras, emitidas sin responsabilidad ni beneficio de inventario. 
En esos espacios no predomina un debate de ideas, programas o modelos, sino ataques furiosos a personas, funcionarios o ex funcionarios; ataques que reflejan una voluntad de hacerse con el poder a cualquier precio por parte de quienes auspician e impulsan ese tipo de narrativas.
Estas disertaciones de resentimiento fueron especialmente fértiles en la clase media, quizás por rezagos atávicos de arribismo y vanidad, por sed de venganza entre aquellos que se consideran verdaderos elegidos del destino y que desprecian toda forma de ascenso social de las mayorías pobres, las cuales, de acuerdo con una lógica colonial, todavía muy presente en nuestras sociedades, deberían saber ocupar su lugar, pues, como dicen miembros del actual gobierno argentino, estas “se acostumbraron a vivir demasiado bien.”   
Es así como esta narrativa que se ha tomado la opinion publica nacional nos habla permanentemente de derroches, satanizando toda forma de gasto público y al Estado como institución, minimizando todos los esfuerzos emblemáticos de la administración anterior. En su cadencioso discurso todo está mal, nunca hemos estado peor y hablan de acabar con la pesadilla a cualquier costo.
Si hubiese buena fe, sano patriotismo y madurez histórica y social, deberíamos participar en debates y reflexiones por la agenda del país en el largo plazo para revisar críticamente aquellas cosas que hay que cambiar, mejorar, suprimir o modificar y continuar fortaleciendo las que están bien.
Pero analistas y lideres de opinión nos dan a entender que anhelan los años de inestabilidad donde el tuerto era rey y los oportunistas pescaban a río revuelto, con unas grandes mayorías que o migraban a algún país del norte o bregaban cotidianamente para sobrevivir, a duras penas, en un país sin oportunidades. En ese sentido estos son no solo discursos de odio y resentimiento, sino de terror. (O)

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