Reflexión sobre el 10 de Agosto

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Hace un año en esta columna proponía una pregunta al lector que sigue abierta ¿Por qué los ecuatorianos dentro del país no celebramos al unísono una fiesta nacional? ¿Cuál es? ¿Es el 10 de agosto, el 24 de mayo u otra? No sucede igual con la comunidad migrante que cada 10 de agosto se reúne masivamente. Sabemos que los guayaquileños festejan en octubre y los cuencanos en noviembre.
No quiero decir que no le demos la importancia o el lugar que cada una de estas fechas tiene en nuestra historia. Las respetamos y observamos. Sin embargo, a diferencia digamos de la Argentina que celebra al unísono en mayo, o de Chile, que lo hace en septiembre, y no se diga de los Estados Unidos que se embandera de pies a cabeza con exagerado y estrambótico patriotismo cada 4 de julio, en Ecuador, dentro del territorio, vemos cada conmemoración como propia de cada ciudad.
Hay una razón histórica para ello la cual ha dado lugar a un enfrentamiento historiográfico de larga data, aquel que no ha podido superar el hecho de que el episodio del 10 de agosto de 1809 fuera protagonizado por la élite quiteña. La rebelión que daría pie a aquello de “Quito, luz de América”, lema inscrito en el faro de Valparaíso donde nace la denominación, estuvo, en efecto, comandado por la alta aristocracia de quiteños criollos con Juan Pío Montúfar a la cabeza. El evento fue tan inesperado que tanto Guayaquil como Cuenca se opusieron y, es más, un batallón guayaquileño participó de la represión y retoma de Quito junto al ejército realista, la cual fue “pacificada” a sangre y a fuego hasta su definitiva liberación el 24 de mayo de 1822 en la Batalla de Pichincha, dos años después de la independencia de Guayaquil, el nueve de octubre de 1820.
Precisamente lo que podemos llamar la línea guayaquileña de historiadores plantea que la verdadera primera independencia del futuro Ecuador fue la de Guayaquil en 1820, pues la revuelta de 1809, si bien depuso al Conde Ruíz de Castilla como Presidente de la Audiencia de Quito, proclamó su lealtad al Rey Fernando VII, lo cual es considerado por la línea quiteña de historiadores como un gesto simbólico de menor importancia pues la Junta Soberana de Quito proclamó su independencia, a través de una Constitución y un gobierno propio, lo cual fue un gesto pionero en toda América.
Los recelos de Guayaquil y Cuenca no parecieron estar tan infundados pues, al parecer, la intención de Montúfar sí era la de establecer un gobierno de corte monárquico donde la provincia de Quito someta a las demás provincias y eso resultaba inaceptable, especialmente para Guayaquil, que había adquirido un estatus económico y comercial muy importante. El resto, querido lector, es historia. Nuestra historia. (O)

Reflexión sobre el 10 de Agosto

Hace un año en esta columna proponía una pregunta al lector que sigue abierta ¿Por qué los ecuatorianos dentro del país no celebramos al unísono una fiesta nacional? ¿Cuál es? ¿Es el 10 de agosto, el 24 de mayo u otra? No sucede igual con la comunidad migrante que cada 10 de agosto se reúne masivamente. Sabemos que los guayaquileños festejan en octubre y los cuencanos en noviembre.
No quiero decir que no le demos la importancia o el lugar que cada una de estas fechas tiene en nuestra historia. Las respetamos y observamos. Sin embargo, a diferencia digamos de la Argentina que celebra al unísono en mayo, o de Chile, que lo hace en septiembre, y no se diga de los Estados Unidos que se embandera de pies a cabeza con exagerado y estrambótico patriotismo cada 4 de julio, en Ecuador, dentro del territorio, vemos cada conmemoración como propia de cada ciudad.
Hay una razón histórica para ello la cual ha dado lugar a un enfrentamiento historiográfico de larga data, aquel que no ha podido superar el hecho de que el episodio del 10 de agosto de 1809 fuera protagonizado por la élite quiteña. La rebelión que daría pie a aquello de “Quito, luz de América”, lema inscrito en el faro de Valparaíso donde nace la denominación, estuvo, en efecto, comandado por la alta aristocracia de quiteños criollos con Juan Pío Montúfar a la cabeza. El evento fue tan inesperado que tanto Guayaquil como Cuenca se opusieron y, es más, un batallón guayaquileño participó de la represión y retoma de Quito junto al ejército realista, la cual fue “pacificada” a sangre y a fuego hasta su definitiva liberación el 24 de mayo de 1822 en la Batalla de Pichincha, dos años después de la independencia de Guayaquil, el nueve de octubre de 1820.
Precisamente lo que podemos llamar la línea guayaquileña de historiadores plantea que la verdadera primera independencia del futuro Ecuador fue la de Guayaquil en 1820, pues la revuelta de 1809, si bien depuso al Conde Ruíz de Castilla como Presidente de la Audiencia de Quito, proclamó su lealtad al Rey Fernando VII, lo cual es considerado por la línea quiteña de historiadores como un gesto simbólico de menor importancia pues la Junta Soberana de Quito proclamó su independencia, a través de una Constitución y un gobierno propio, lo cual fue un gesto pionero en toda América.
Los recelos de Guayaquil y Cuenca no parecieron estar tan infundados pues, al parecer, la intención de Montúfar sí era la de establecer un gobierno de corte monárquico donde la provincia de Quito someta a las demás provincias y eso resultaba inaceptable, especialmente para Guayaquil, que había adquirido un estatus económico y comercial muy importante. El resto, querido lector, es historia. Nuestra historia. (O)

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