Recordando al Can

Así, con mayúscula, porque Vinicio Jáuregui era de esos personajes clásicos, enraizado en las tradiciones del sur ecuatoriano, donde cada ciudadano se hace merecedor del debido apodo para ser reconocido y tratado con respeto. Todos le llamaban por el nombre común con el que se reconoce a ese animal casero que, después del caballo, es el amigo más fiel del hombre, excepto yo que siempre le traté de manera especial y por eso le llamaba Can, incluso, cuando lo encontraba en la calle le silbaba como suele hacerse con esta especie para no tratarle de manera vulgar; él lo reconocía.
La noche que llegó a una reunión partidaria me llamó la atención por su presencia un tanto desgarbada, su rostro casi infantil y su penetrante mirada; apenas dejó escapar entre sus labios un ‘buenas noches’ y siguió hasta el fondo de la sala donde se mantuvo de pie y atento hasta el final de la reunión. Pronto se convirtió en un militante infaltable, cumplidor de las tareas a él encomendadas, valiente y dispuesto a todos los avatares del quehacer revolucionario, no solo en el ámbito universitario sino también en las marchas que realizábamos, en los campamentos, en los cursos de capacitación y en las tareas con los pioneros.
De su personalidad lo que siempre aprecié fue su irreverencia, respetuoso, pero jamás dispuesto a aceptar, no ya imposiciones, sino criterios con los cuales no compartía mientras no se convenciera de que estaba equivocado; sensible ante el dolor y las necesidades, ante las falencias de cualquier tipo. Cultivó el arte, actor y director de teatro, pero también titiritero y, como buen cuencano, poeta.
Mi querido Can, como no recordarte en estos días llenos de incertidumbres y comportamientos tan ajenos a las buenas normas y buenas costumbres. No puede decirse que hayamos sido ajenos a las divergencias, no, siempre estuvimos dispuestos al debate, incluso a los enfrentamientos, pero lo hicimos con respeto y reconociendo en el opuesto a otro ser humano. Ciudadanos como tú, irreverentes, que no se doblegan ante el poder, jamás dispuestos al engaño y mucho menos a la traición, siempre serán recordados porque son precisamente los indispensables. (O)

Recordando al Can

Así, con mayúscula, porque Vinicio Jáuregui era de esos personajes clásicos, enraizado en las tradiciones del sur ecuatoriano, donde cada ciudadano se hace merecedor del debido apodo para ser reconocido y tratado con respeto. Todos le llamaban por el nombre común con el que se reconoce a ese animal casero que, después del caballo, es el amigo más fiel del hombre, excepto yo que siempre le traté de manera especial y por eso le llamaba Can, incluso, cuando lo encontraba en la calle le silbaba como suele hacerse con esta especie para no tratarle de manera vulgar; él lo reconocía.
La noche que llegó a una reunión partidaria me llamó la atención por su presencia un tanto desgarbada, su rostro casi infantil y su penetrante mirada; apenas dejó escapar entre sus labios un ‘buenas noches’ y siguió hasta el fondo de la sala donde se mantuvo de pie y atento hasta el final de la reunión. Pronto se convirtió en un militante infaltable, cumplidor de las tareas a él encomendadas, valiente y dispuesto a todos los avatares del quehacer revolucionario, no solo en el ámbito universitario sino también en las marchas que realizábamos, en los campamentos, en los cursos de capacitación y en las tareas con los pioneros.
De su personalidad lo que siempre aprecié fue su irreverencia, respetuoso, pero jamás dispuesto a aceptar, no ya imposiciones, sino criterios con los cuales no compartía mientras no se convenciera de que estaba equivocado; sensible ante el dolor y las necesidades, ante las falencias de cualquier tipo. Cultivó el arte, actor y director de teatro, pero también titiritero y, como buen cuencano, poeta.
Mi querido Can, como no recordarte en estos días llenos de incertidumbres y comportamientos tan ajenos a las buenas normas y buenas costumbres. No puede decirse que hayamos sido ajenos a las divergencias, no, siempre estuvimos dispuestos al debate, incluso a los enfrentamientos, pero lo hicimos con respeto y reconociendo en el opuesto a otro ser humano. Ciudadanos como tú, irreverentes, que no se doblegan ante el poder, jamás dispuestos al engaño y mucho menos a la traición, siempre serán recordados porque son precisamente los indispensables. (O)