Postcensura

Como están las cosas, tenemos que pensar más de una vez lo que queremos decir o publicar en internet. La censura, actividad otrora ejercida con exclusividad por el bando conservador, últimamente ha adquirido nuevas facetas y matices bajo la conducción de las alas más progresistas de la sociedad.

Aun recuerdo cuando el puritanismo clásico activó todas sus células para condenar -y finalmente reubicar- el controversial ‘Milagroso Altar Blasfemo’, exhibido en el Centro Cultural de Quito. La sociedad tradicional demostró que no ha claudicado en su histórica cruzada por la defensa de sus valores.

Sin embargo, hasta cierto punto -y sin estar de acuerdo- este tipo de reacciones no llaman la atención. A lo largo de la historia del Ecuador, la Iglesia católica ha tenido fuerte injerencia en varios gobiernos y su toque particular ha estado presente en la definición de políticas, formulación de leyes y, muy especialmente, en el proceso de decidir qué está bien y qué está mal para la sociedad y la familia.

Pero lo novedoso está en la esquina del frente: en la izquierda, en el progresismo. En su afán de reafirmar los derechos, que con mucha justicia han logrado alcanzar varios grupos históricamente excluidos, han montado una maquinaria mediática al servicio de la corrección política y de la dictadura de lo políticamente correcto.

Hoy, ciertas palabras deben ser empleadas con una precisión solo comparable a la de una cirugía de alta complejidad. Se están llegando a excesos en donde el no repetir el “los y las, el y la” -cinco veces en un párrafo- puede valernos la etiqueta de retrógrados o enemigos de la inclusión.

No se trata de justificar el insulto, el machismo o el racismo, pero bajo la tiranía de la corrección política nos estamos convirtiendo en seres obsesionados en no ofender. Y son en estos contextos capciosos en donde personas que se atreven a decir sin tapujos lo que piensan, de forma radical, empiezan a brillar y ser referentes para las masas: Trump y Bolsonaro.

Conservadores y progresistas convergen, luchan y muestran sus armas en territorio hostil: las redes sociales. Sin conscripción previa, todos estamos invitados a enlistarnos en uno de los ejércitos y ser un soldado censor más, con misión de condenar a quien comenta cualquier ‘crimen lingüístico’.

Juan Soto define a esta censura como “postcensura”, una censura posmoderna, que ya no es vertical sino horizontal. Sin embargo, en este maremágnum de ideas contrapuestas, sigo creyendo que la única censura tolerable es la autocensura. (O)
"La represión y el escarnio ya no viene desde la autoridad, sino de la misma sociedad. De nuestros pares e iguales. "

Postcensura

Como están las cosas, tenemos que pensar más de una vez lo que queremos decir o publicar en internet. La censura, actividad otrora ejercida con exclusividad por el bando conservador, últimamente ha adquirido nuevas facetas y matices bajo la conducción de las alas más progresistas de la sociedad.

Aun recuerdo cuando el puritanismo clásico activó todas sus células para condenar -y finalmente reubicar- el controversial ‘Milagroso Altar Blasfemo’, exhibido en el Centro Cultural de Quito. La sociedad tradicional demostró que no ha claudicado en su histórica cruzada por la defensa de sus valores.

Sin embargo, hasta cierto punto -y sin estar de acuerdo- este tipo de reacciones no llaman la atención. A lo largo de la historia del Ecuador, la Iglesia católica ha tenido fuerte injerencia en varios gobiernos y su toque particular ha estado presente en la definición de políticas, formulación de leyes y, muy especialmente, en el proceso de decidir qué está bien y qué está mal para la sociedad y la familia.

Pero lo novedoso está en la esquina del frente: en la izquierda, en el progresismo. En su afán de reafirmar los derechos, que con mucha justicia han logrado alcanzar varios grupos históricamente excluidos, han montado una maquinaria mediática al servicio de la corrección política y de la dictadura de lo políticamente correcto.

Hoy, ciertas palabras deben ser empleadas con una precisión solo comparable a la de una cirugía de alta complejidad. Se están llegando a excesos en donde el no repetir el “los y las, el y la” -cinco veces en un párrafo- puede valernos la etiqueta de retrógrados o enemigos de la inclusión.

No se trata de justificar el insulto, el machismo o el racismo, pero bajo la tiranía de la corrección política nos estamos convirtiendo en seres obsesionados en no ofender. Y son en estos contextos capciosos en donde personas que se atreven a decir sin tapujos lo que piensan, de forma radical, empiezan a brillar y ser referentes para las masas: Trump y Bolsonaro.

Conservadores y progresistas convergen, luchan y muestran sus armas en territorio hostil: las redes sociales. Sin conscripción previa, todos estamos invitados a enlistarnos en uno de los ejércitos y ser un soldado censor más, con misión de condenar a quien comenta cualquier ‘crimen lingüístico’.

Juan Soto define a esta censura como “postcensura”, una censura posmoderna, que ya no es vertical sino horizontal. Sin embargo, en este maremágnum de ideas contrapuestas, sigo creyendo que la única censura tolerable es la autocensura. (O)
"La represión y el escarnio ya no viene desde la autoridad, sino de la misma sociedad. De nuestros pares e iguales. "