¿Por qué el 8 de marzo?

Visto

Varias fuentes indican que un 8 de marzo de 1857 una marcha pionera de obreras textiles recorrió los suburbios ricos de la ciudad de Nueva York para protestar por sus miserables condiciones de trabajo y que 51 años más tarde, en marzo de 1908, seguramente inspiradas por el anterior suceso, cerca de 130 trabajadoras de la fábrica Sirtwoot Cotton de Nueva York se declaraban en huelga ocupando su lugar de trabajo. Sus reivindicaciones eran simples y justas: conseguir una jornada laboral de 10 horas, salario igual que el de los hombres y una mejora de las condiciones higiénicas ¿Suena algo familiar en el siglo XXI?
Los dueños de la empresa, míster Max Blanck y míster Isaac Harris, ordenaron cerrar las puertas y provocar un incendio con la intención de dar una lección para que las empleadas desistieran de su insolente actitud. Sin embargo, las llamas se extendieron y, oh! cruel error de cálculo, no pudieron ser controladas. Las mujeres murieron brutalmente abrasadas en el interior de la fábrica. Gravísimo suceso en la historia del trabajo y de la lucha sindical en general y muy particularmente significativo para las mujeres del siglo XX.
Dos años más tarde, durante la Segunda Internacional Socialista, la revolucionaria alemana Clara Zetkin convoca en Copenhague una reunión de camaradas mujeres durante la cual propone bautizar el 8 de marzo, en memoria de las trabajadoras sacrificadas, como el “Día Internacional de la Mujer Trabajadora.” A partir de ese momento la fecha adquiriría gran valor simbólico alrededor del mundo entero.
Recordemos que, todavía, a principios de siglo XX la lucha de las mujeres permitiría recién desvirtuar aquello de “Imbecilita sexus”, presente en el Senadoconsulto Veleyano, una de las fuentes del derecho romano, que sostenía que las mujeres eran imbéciles por naturaleza, y que por lo tanto debían ser equiparadas a los niños o directamente a los tarados.
Ya por el año 1977 las Naciones Unidas declaran el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, adquiriendo la fecha un alcance definitivamente global. El color lila con el que se identifica este día en particular es porque ese era el tono del tejido que hacían las obreras neoyorquinas la jornada que murieron incineradas por la voracidad de sus patrones. El día de la mujer trabajadora es, por tanto, una conmemoración y no una celebración, porque recuerda un hecho muy desgraciado como para festejarlo. Así que es de esperar que los lectores masculinos de esta columna no hayan regalado flores ni mucho menos deseado un “feliz día” a las mujeres de su entorno. La mejor forma de recordar el 8 de marzo es incorporando prácticas no machistas en nuestra vida diaria y favoreciendo la construcción de un mundo menos inequitativo entre géneros. (O)

¿Por qué el 8 de marzo?

Varias fuentes indican que un 8 de marzo de 1857 una marcha pionera de obreras textiles recorrió los suburbios ricos de la ciudad de Nueva York para protestar por sus miserables condiciones de trabajo y que 51 años más tarde, en marzo de 1908, seguramente inspiradas por el anterior suceso, cerca de 130 trabajadoras de la fábrica Sirtwoot Cotton de Nueva York se declaraban en huelga ocupando su lugar de trabajo. Sus reivindicaciones eran simples y justas: conseguir una jornada laboral de 10 horas, salario igual que el de los hombres y una mejora de las condiciones higiénicas ¿Suena algo familiar en el siglo XXI?
Los dueños de la empresa, míster Max Blanck y míster Isaac Harris, ordenaron cerrar las puertas y provocar un incendio con la intención de dar una lección para que las empleadas desistieran de su insolente actitud. Sin embargo, las llamas se extendieron y, oh! cruel error de cálculo, no pudieron ser controladas. Las mujeres murieron brutalmente abrasadas en el interior de la fábrica. Gravísimo suceso en la historia del trabajo y de la lucha sindical en general y muy particularmente significativo para las mujeres del siglo XX.
Dos años más tarde, durante la Segunda Internacional Socialista, la revolucionaria alemana Clara Zetkin convoca en Copenhague una reunión de camaradas mujeres durante la cual propone bautizar el 8 de marzo, en memoria de las trabajadoras sacrificadas, como el “Día Internacional de la Mujer Trabajadora.” A partir de ese momento la fecha adquiriría gran valor simbólico alrededor del mundo entero.
Recordemos que, todavía, a principios de siglo XX la lucha de las mujeres permitiría recién desvirtuar aquello de “Imbecilita sexus”, presente en el Senadoconsulto Veleyano, una de las fuentes del derecho romano, que sostenía que las mujeres eran imbéciles por naturaleza, y que por lo tanto debían ser equiparadas a los niños o directamente a los tarados.
Ya por el año 1977 las Naciones Unidas declaran el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, adquiriendo la fecha un alcance definitivamente global. El color lila con el que se identifica este día en particular es porque ese era el tono del tejido que hacían las obreras neoyorquinas la jornada que murieron incineradas por la voracidad de sus patrones. El día de la mujer trabajadora es, por tanto, una conmemoración y no una celebración, porque recuerda un hecho muy desgraciado como para festejarlo. Así que es de esperar que los lectores masculinos de esta columna no hayan regalado flores ni mucho menos deseado un “feliz día” a las mujeres de su entorno. La mejor forma de recordar el 8 de marzo es incorporando prácticas no machistas en nuestra vida diaria y favoreciendo la construcción de un mundo menos inequitativo entre géneros. (O)

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