Plan de lectura

Visto

No se puede estar sino de acuerdo con el anuncio del Plan Nacional de Lectura del Ministro de Cultura. No es tiempo para mirar si un proyecto de esta naturaleza se propone tarde porque a todas luces la respuesta es afirmativa. El déficit de lectura de la sociedad ecuatoriana es muy alto, yo diría alarmante, tenemos uno de los promedios más bajos no solo de la región andina sino del continente.


La última estadística que tengo en mente decía que el ecuatoriano promedio lee un libro y medio por año. Y creo que, si mal no recuerdo, habíamos subido unas décimas en la medición y ya no era libro y medio sino 1,75 libros por habitante cada año. Mejoría para llorar. No llegamos ni a dos, que es el número que, modestia aparte, yo he podido leer este año, y ya voy por mi tercero, robándole precioso tiempo a las redes sociales y la televisión, donde uno encuentra cosas mucho más importantes, constructivas y productivas como que, por ejemplo, estos días una señorita de no se dónde ha dicho no sé qué de toditos los ecuatorianos.


Tan arraigado puede llegar a ser el hecho de no leer que popularmente y en ciertos segmentos de la población existe hasta aversión por la lectura por considerarla ‘cosa de vagos’. Recuerdo que esa fue la respuesta de un hombre costeño a quien yo veía trabajar duramente todo el día y ante mi pregunta de si alguna vez podía leer una revista, un periódico o un libro, y yo no preguntaba con mala intención porque aquella persona me pareciese ignorante sino por saber si un hombre del pueblo tiene la oportunidad de conectarse con otras realidades a través de la lectura, él me dijo riendo “es que no soy vago.” No tuve réplica. Comprendí que, por evidentes condiciones de vida, la experiencia le había sido vedada y es la razón por la cual el hábito de la lectura debe implantarse en las más tempranas edades del ser humano porque, de lo contrario, cambiar una costumbre hecha, en este caso de ausencia, que ha modelado las aptitudes de una persona adulta en su rutina resulta sumamente difícil, caro y extenuante. Y muchas veces imposible.


Es de esperar, así mismo, que el desarrollo y ejecución del Plan de Lectura utilice mecanismos metodológicos y científicos que lo hagan auditable y medible, no solo en términos de recursos sino de permanencia en el tiempo porque solo en el mediano plazo veremos resultados verdaderos, sabiendo que una sociedad que lee más es una sociedad más crítica y pensante y que, además, puede complejizar sus consumos simbólicos beneficiando el desarrollo de nuestra balbuceante industria cultural dentro de la cual se encuentra el sector editorial. ¿Cómo es ser librero en el Ecuador? Pregunta para otra columna y hasta para un ensayo sobre el quijotismo moderno. (O)

Plan de lectura

No se puede estar sino de acuerdo con el anuncio del Plan Nacional de Lectura del Ministro de Cultura. No es tiempo para mirar si un proyecto de esta naturaleza se propone tarde porque a todas luces la respuesta es afirmativa. El déficit de lectura de la sociedad ecuatoriana es muy alto, yo diría alarmante, tenemos uno de los promedios más bajos no solo de la región andina sino del continente.


La última estadística que tengo en mente decía que el ecuatoriano promedio lee un libro y medio por año. Y creo que, si mal no recuerdo, habíamos subido unas décimas en la medición y ya no era libro y medio sino 1,75 libros por habitante cada año. Mejoría para llorar. No llegamos ni a dos, que es el número que, modestia aparte, yo he podido leer este año, y ya voy por mi tercero, robándole precioso tiempo a las redes sociales y la televisión, donde uno encuentra cosas mucho más importantes, constructivas y productivas como que, por ejemplo, estos días una señorita de no se dónde ha dicho no sé qué de toditos los ecuatorianos.


Tan arraigado puede llegar a ser el hecho de no leer que popularmente y en ciertos segmentos de la población existe hasta aversión por la lectura por considerarla ‘cosa de vagos’. Recuerdo que esa fue la respuesta de un hombre costeño a quien yo veía trabajar duramente todo el día y ante mi pregunta de si alguna vez podía leer una revista, un periódico o un libro, y yo no preguntaba con mala intención porque aquella persona me pareciese ignorante sino por saber si un hombre del pueblo tiene la oportunidad de conectarse con otras realidades a través de la lectura, él me dijo riendo “es que no soy vago.” No tuve réplica. Comprendí que, por evidentes condiciones de vida, la experiencia le había sido vedada y es la razón por la cual el hábito de la lectura debe implantarse en las más tempranas edades del ser humano porque, de lo contrario, cambiar una costumbre hecha, en este caso de ausencia, que ha modelado las aptitudes de una persona adulta en su rutina resulta sumamente difícil, caro y extenuante. Y muchas veces imposible.


Es de esperar, así mismo, que el desarrollo y ejecución del Plan de Lectura utilice mecanismos metodológicos y científicos que lo hagan auditable y medible, no solo en términos de recursos sino de permanencia en el tiempo porque solo en el mediano plazo veremos resultados verdaderos, sabiendo que una sociedad que lee más es una sociedad más crítica y pensante y que, además, puede complejizar sus consumos simbólicos beneficiando el desarrollo de nuestra balbuceante industria cultural dentro de la cual se encuentra el sector editorial. ¿Cómo es ser librero en el Ecuador? Pregunta para otra columna y hasta para un ensayo sobre el quijotismo moderno. (O)

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