Pentecostés

En Pentecostés, tercera fiesta en importancia de la liturgia católica, se pone la primera piedra de una comunidad universal, a la que se encomienda la trascendental misión de la construcción y desarrollo del reino de Dios en este mundo. Modelo vivido con urgencia, profetismo, parresia por los miembros de las primeras comunidades cristianas.  
Ya sabemos, que no se trata de una vuelta nostálgica a los orígenes del cristianismo, como algunos pretenden: carecería de todo sentido. Pero sí de un avistar cómo se desenvolvió el cristianismo primitivo (siglos I al V) en un mundo fundamentalmente grecorromano, con cuyo pensamiento y cultura se las arriesgaron para permanecer vigentes. La Iglesia anda hoy preocupada por muchas cosas. Las gentes abandonan la práctica religiosa. Dios parece interesar cada vez menos. Las comunidades cristianas envejecen. Todo son problemas y dificultades. ¿Qué futuro nos espera? ¿Qué será de la fe en la sociedad de mañana? Las reacciones son diversas. Hay quienes viven añorando con nostalgia aquellos tiempos en que la religión parecía tener respuesta segura para todo. Bastantes han caído en el pesimismo: es inútil echar remiendos, el cristianismo se desmorona. Otros buscan soluciones drásticas: hay que recuperar las seguridades fundamentales, fortalecer la autoridad, defender la ortodoxia. Sólo una Iglesia disciplinada y fuerte podrá afrontar el futuro.
Pero, ¿dónde está la verdadera fuerza de los creyentes? ¿De dónde puede recibir la Iglesia vigor y aliento nuevo? En las primeras comunidades cristianas se puede observar un hecho esencial: los creyentes viven de una experiencia que ellos llaman “el Espíritu” y que no es otra cosa que la comunicación interior del mismo Dios. Él es el principio vital. Sin el Espíritu, Dios se ausenta, Cristo queda lejos como un personaje del pasado, el evangelio se convierte en letra muerta, la Iglesia en pura organización. Sin el Espíritu, la misión evangelizadora se reduce a propaganda, la audacia de la fe desaparece. Sin el Espíritu, las puertas de la Iglesia se cierran, el horizonte del cristianismo se empequeñece, el pueblo y la jerarquía se separan. Sin el Espíritu, la catequesis se hace adoctrinamiento, se produce un divorcio entre teología y espiritualidad, la vida cristiana se degrada en “moral de esclavos”. Sin el Espíritu, la libertad se asfixia, surge la apatía o el fanatismo. Lo esencial hoy es hacer sitio al Espíritu. Sin Pentecostés no hay Iglesia. (O)
Sin el Espíritu, la catequesis se hace adoctrinamiento, la libertad se asfixia, la vida cristiana se degrada en moral de esclavos.

Pentecostés

En Pentecostés, tercera fiesta en importancia de la liturgia católica, se pone la primera piedra de una comunidad universal, a la que se encomienda la trascendental misión de la construcción y desarrollo del reino de Dios en este mundo. Modelo vivido con urgencia, profetismo, parresia por los miembros de las primeras comunidades cristianas.  
Ya sabemos, que no se trata de una vuelta nostálgica a los orígenes del cristianismo, como algunos pretenden: carecería de todo sentido. Pero sí de un avistar cómo se desenvolvió el cristianismo primitivo (siglos I al V) en un mundo fundamentalmente grecorromano, con cuyo pensamiento y cultura se las arriesgaron para permanecer vigentes. La Iglesia anda hoy preocupada por muchas cosas. Las gentes abandonan la práctica religiosa. Dios parece interesar cada vez menos. Las comunidades cristianas envejecen. Todo son problemas y dificultades. ¿Qué futuro nos espera? ¿Qué será de la fe en la sociedad de mañana? Las reacciones son diversas. Hay quienes viven añorando con nostalgia aquellos tiempos en que la religión parecía tener respuesta segura para todo. Bastantes han caído en el pesimismo: es inútil echar remiendos, el cristianismo se desmorona. Otros buscan soluciones drásticas: hay que recuperar las seguridades fundamentales, fortalecer la autoridad, defender la ortodoxia. Sólo una Iglesia disciplinada y fuerte podrá afrontar el futuro.
Pero, ¿dónde está la verdadera fuerza de los creyentes? ¿De dónde puede recibir la Iglesia vigor y aliento nuevo? En las primeras comunidades cristianas se puede observar un hecho esencial: los creyentes viven de una experiencia que ellos llaman “el Espíritu” y que no es otra cosa que la comunicación interior del mismo Dios. Él es el principio vital. Sin el Espíritu, Dios se ausenta, Cristo queda lejos como un personaje del pasado, el evangelio se convierte en letra muerta, la Iglesia en pura organización. Sin el Espíritu, la misión evangelizadora se reduce a propaganda, la audacia de la fe desaparece. Sin el Espíritu, las puertas de la Iglesia se cierran, el horizonte del cristianismo se empequeñece, el pueblo y la jerarquía se separan. Sin el Espíritu, la catequesis se hace adoctrinamiento, se produce un divorcio entre teología y espiritualidad, la vida cristiana se degrada en “moral de esclavos”. Sin el Espíritu, la libertad se asfixia, surge la apatía o el fanatismo. Lo esencial hoy es hacer sitio al Espíritu. Sin Pentecostés no hay Iglesia. (O)
Sin el Espíritu, la catequesis se hace adoctrinamiento, la libertad se asfixia, la vida cristiana se degrada en moral de esclavos.