Participemos

La crisis de la democracia representativa en los últimos años del siglo pasado e inicios de este en el Ecuador, sumada a la grave crisis económica, detonó una crisis del régimen político que culminó con la caída de tres gobiernos: Bucaram, Mahuad y Gutiérrez, pero además acrecentó la debilidad institucional. Así, al grito de ¡Que se vayan todos! El pueblo expresaba su descontento con la clase política, con las instituciones estatales y los partidos políticos. Fruto de esa ruptura se necesitaba de una democratización de la democracia, como señala el sociólogo jurídico Boaventura de Sousa Santos, por ello se decidió volver a activar el Poder Constituyente para redactar una nueva constitución que permita recomponer la relación Sociedad-Estado y evitar que la crisis política continúe o se agrave.
La constitución de Montecristi, como bien señala el constitucionalista Marco Navas Alvear, está estructurada en tres tendencias: garantista, participacionista, republicanismo desarrollista. En la tendencia participacionista, se expresa la necesidad de reconfigurar los espacios democráticos con el fin de que la ciudadanía pueda ser parte de la toma de decisiones, y que no únicamente se manifieste mediante el voto. Es decir, que todos empecemos a ver a la democracia en un sentido maximalista y no minimalista. Que no seamos meros espectadores por cuatro años de lo que hacen nuestros representantes sino actores en la profundización de la democracia.
En esa línea, la constitución reconoció nuevos derechos de participación, como a participar en los asuntos de interés público, presentar proyectos de iniciativa popular normativa, ser consultados, fiscalizar los actos del poder público, revocar el mandato que hayan conferido a las autoridades de elección popular, desempeñar empleos y funciones públicas con base en méritos y capacidades. Además, se reformaron y crearon nuevos mecanismos de participación ciudadana como la silla vacía, audiencias públicas, veedurías, asambleas, cabildos populares, consejos consultivos, observatorios y otros que la ciudadanía pueda promover. Se crearon nuevas funciones del Estado como la de Transparencia y Control Social, o la Electoral, y el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social. En conclusión, la apuesta constituyente por la participación no fue una moda, no es una quimera, sino una necesidad si queremos democratizar las instituciones y la sociedad, porque sin la participación ciudadana el Estado acrecentará su arbitrariedad. (O)
La apuesta constituyente por la participación no es una quimera, es una necesidad para democratizar las instituciones.

Participemos

La crisis de la democracia representativa en los últimos años del siglo pasado e inicios de este en el Ecuador, sumada a la grave crisis económica, detonó una crisis del régimen político que culminó con la caída de tres gobiernos: Bucaram, Mahuad y Gutiérrez, pero además acrecentó la debilidad institucional. Así, al grito de ¡Que se vayan todos! El pueblo expresaba su descontento con la clase política, con las instituciones estatales y los partidos políticos. Fruto de esa ruptura se necesitaba de una democratización de la democracia, como señala el sociólogo jurídico Boaventura de Sousa Santos, por ello se decidió volver a activar el Poder Constituyente para redactar una nueva constitución que permita recomponer la relación Sociedad-Estado y evitar que la crisis política continúe o se agrave.
La constitución de Montecristi, como bien señala el constitucionalista Marco Navas Alvear, está estructurada en tres tendencias: garantista, participacionista, republicanismo desarrollista. En la tendencia participacionista, se expresa la necesidad de reconfigurar los espacios democráticos con el fin de que la ciudadanía pueda ser parte de la toma de decisiones, y que no únicamente se manifieste mediante el voto. Es decir, que todos empecemos a ver a la democracia en un sentido maximalista y no minimalista. Que no seamos meros espectadores por cuatro años de lo que hacen nuestros representantes sino actores en la profundización de la democracia.
En esa línea, la constitución reconoció nuevos derechos de participación, como a participar en los asuntos de interés público, presentar proyectos de iniciativa popular normativa, ser consultados, fiscalizar los actos del poder público, revocar el mandato que hayan conferido a las autoridades de elección popular, desempeñar empleos y funciones públicas con base en méritos y capacidades. Además, se reformaron y crearon nuevos mecanismos de participación ciudadana como la silla vacía, audiencias públicas, veedurías, asambleas, cabildos populares, consejos consultivos, observatorios y otros que la ciudadanía pueda promover. Se crearon nuevas funciones del Estado como la de Transparencia y Control Social, o la Electoral, y el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social. En conclusión, la apuesta constituyente por la participación no fue una moda, no es una quimera, sino una necesidad si queremos democratizar las instituciones y la sociedad, porque sin la participación ciudadana el Estado acrecentará su arbitrariedad. (O)
La apuesta constituyente por la participación no es una quimera, es una necesidad para democratizar las instituciones.