Para leer el Pato Donald

Desempolvar viejos/nuevos textos de comunicación política a la hora de interpretar la realidad ecuatoriana tras la inédita y trascendental sucesión presidencial resulta útil y divertido. Es el caso del texto firmado por Ariel Dorfman y Armand Mattelart que da título a la columna del día de hoy, que constituye un texto político clave de la década de los sesenta en literatura sociológica. Un clásico, de hecho.
El contexto político en el que surge la publicación tiene que ver con el gobierno de la Unidad Popular en Chile y Salvador Allende electo como el primer presidente comunista que llega al poder mediante elecciones, cosa que sucedía en 1970 en este país sudamericano. Allende intentó fundar un camino no violento hacia la instauración del socialismo que terminó como una pesadilla totalitaria encabezada por Augusto Pinochet, condecorado por nuestras fuerzas armadas.
El texto de marras, fundacional en América latina para la crítica a los medios de comunicación y a los consumos culturales como conformadores de subjetividad, reconstruye el contexto socioeconómico de aquella época y, recogiendo elementos del Chile de esos años, de una manera analítica y detallista en los trucos que conforman la narrativa de la tira cómica del Pato Donald, da cuenta de los procesos de construcción de la identidad y la subjetividad de la sociedad chilena de entonces.
Los autores sugieren fundamentadamente que Walt Disney no fue solamente un mero hombre de negocios, sino que fue también un cómplice consiente del colonialismo cultural norteamericano contemporáneo a través de relatos que naturalizan estereotipos. Los personajes de este universo representan y difunden valores capitalistas, dirigiéndolos a los niños, y generando un efecto de captura cultural. En otras palabras: ideología panfletaria disfrazada a través de envoltorios seductores y efectivos.
El libro nos invita a activar una lectura más crítica y menos despistada de la realidad en general. Hay que ver y leer más allá de lo que superficialmente creemos ver y leer, parece decirnos. Y es exactamente lo que el contraste entre realidad mediática y realidad cotidiana nos llega desde la esfera comunicacional del Ecuador. Periodistas autoconstruidos como personajes que hasta hace poco fungieron como activistas políticos descarados, hoy ejerciendo tras la máscara de su oficio el rol de impolutos e hipócritas representantes del bien y del mal. El nivel de descaro y contubernio entre gremios empresariales, partidos políticos de derecha y medios de comunicación privados en Ecuador es épico. (O)

Para leer el Pato Donald

Desempolvar viejos/nuevos textos de comunicación política a la hora de interpretar la realidad ecuatoriana tras la inédita y trascendental sucesión presidencial resulta útil y divertido. Es el caso del texto firmado por Ariel Dorfman y Armand Mattelart que da título a la columna del día de hoy, que constituye un texto político clave de la década de los sesenta en literatura sociológica. Un clásico, de hecho.
El contexto político en el que surge la publicación tiene que ver con el gobierno de la Unidad Popular en Chile y Salvador Allende electo como el primer presidente comunista que llega al poder mediante elecciones, cosa que sucedía en 1970 en este país sudamericano. Allende intentó fundar un camino no violento hacia la instauración del socialismo que terminó como una pesadilla totalitaria encabezada por Augusto Pinochet, condecorado por nuestras fuerzas armadas.
El texto de marras, fundacional en América latina para la crítica a los medios de comunicación y a los consumos culturales como conformadores de subjetividad, reconstruye el contexto socioeconómico de aquella época y, recogiendo elementos del Chile de esos años, de una manera analítica y detallista en los trucos que conforman la narrativa de la tira cómica del Pato Donald, da cuenta de los procesos de construcción de la identidad y la subjetividad de la sociedad chilena de entonces.
Los autores sugieren fundamentadamente que Walt Disney no fue solamente un mero hombre de negocios, sino que fue también un cómplice consiente del colonialismo cultural norteamericano contemporáneo a través de relatos que naturalizan estereotipos. Los personajes de este universo representan y difunden valores capitalistas, dirigiéndolos a los niños, y generando un efecto de captura cultural. En otras palabras: ideología panfletaria disfrazada a través de envoltorios seductores y efectivos.
El libro nos invita a activar una lectura más crítica y menos despistada de la realidad en general. Hay que ver y leer más allá de lo que superficialmente creemos ver y leer, parece decirnos. Y es exactamente lo que el contraste entre realidad mediática y realidad cotidiana nos llega desde la esfera comunicacional del Ecuador. Periodistas autoconstruidos como personajes que hasta hace poco fungieron como activistas políticos descarados, hoy ejerciendo tras la máscara de su oficio el rol de impolutos e hipócritas representantes del bien y del mal. El nivel de descaro y contubernio entre gremios empresariales, partidos políticos de derecha y medios de comunicación privados en Ecuador es épico. (O)