Paisajes

Fernández Galiano manifiesta que el paisaje es a la vez inevitable y voluntario, producto de las razones hondas del relieve y el clima, forma del suelo y del agua, cultivado deliberadamente y arbitrariamente, modelado por la necesidad y el deseo. Y si el paisaje es así, sus formas serán férreas y dúctiles, y en su geografía botánica y humana cohabitarán el destino y el capricho, la fatiga y la esperanza, la costumbre y el hallazgo.
Cada cultura dibuja su paisaje, inventa su identidad y su circunstancia, excava y pinta su rostro. Cada cultura debe entregarlo mejor, o mucho mejor, a la subsiguiente generación. No se puede olvidar que los paisajes exteriores repercuten en la forma de nuestros paisajes interiores. Si aquellos son devastados o sonrientes, amables o vacíos, bellos o feos, se reflejarán estos adjetivos en nuestra intimidad.
En la Ilustración, después de un período de exaltación romántica de la naturaleza, Rousseau fue el primer autor que describió el paisaje en cuanto aterrador: “Ningún país llano, por hermoso que sea, me lo pareció nunca. Necesito torrentes, rocas, bosques oscuros, abetos, montañas, senderos ásperos que trepar y bajar, precipicios a mi lado para darme un hermoso terror”.
Mientras que en el siglo 20 el hombre estudió el paisaje como objeto de interpretación estableciendo una relación de información para conocerlo y analizarlo científicamente, y desde esta perspectiva, obtener solo beneficios económicos.
Luego de la depredación del paisaje que fue mirado solo como pura mercancía, por suerte ahora en el nuevo milenio existe una fuerte conciencia ecológica y de sustentabilidad para su tratamiento ético y estético. Es una nueva manera de comprender el paisaje como nuestra casa común para el uso y el disfrute de toda la sociedad. (O)
Cada cultura dibuja su paisaje, inventa su identidad y su circunstancia, excava y pinta su rostro.

Paisajes

Fernández Galiano manifiesta que el paisaje es a la vez inevitable y voluntario, producto de las razones hondas del relieve y el clima, forma del suelo y del agua, cultivado deliberadamente y arbitrariamente, modelado por la necesidad y el deseo. Y si el paisaje es así, sus formas serán férreas y dúctiles, y en su geografía botánica y humana cohabitarán el destino y el capricho, la fatiga y la esperanza, la costumbre y el hallazgo.
Cada cultura dibuja su paisaje, inventa su identidad y su circunstancia, excava y pinta su rostro. Cada cultura debe entregarlo mejor, o mucho mejor, a la subsiguiente generación. No se puede olvidar que los paisajes exteriores repercuten en la forma de nuestros paisajes interiores. Si aquellos son devastados o sonrientes, amables o vacíos, bellos o feos, se reflejarán estos adjetivos en nuestra intimidad.
En la Ilustración, después de un período de exaltación romántica de la naturaleza, Rousseau fue el primer autor que describió el paisaje en cuanto aterrador: “Ningún país llano, por hermoso que sea, me lo pareció nunca. Necesito torrentes, rocas, bosques oscuros, abetos, montañas, senderos ásperos que trepar y bajar, precipicios a mi lado para darme un hermoso terror”.
Mientras que en el siglo 20 el hombre estudió el paisaje como objeto de interpretación estableciendo una relación de información para conocerlo y analizarlo científicamente, y desde esta perspectiva, obtener solo beneficios económicos.
Luego de la depredación del paisaje que fue mirado solo como pura mercancía, por suerte ahora en el nuevo milenio existe una fuerte conciencia ecológica y de sustentabilidad para su tratamiento ético y estético. Es una nueva manera de comprender el paisaje como nuestra casa común para el uso y el disfrute de toda la sociedad. (O)
Cada cultura dibuja su paisaje, inventa su identidad y su circunstancia, excava y pinta su rostro.