País de emigrantes

¿Por qué es conocido Ecuador en el mundo? Se menciona habitualmente la abundante belleza natural de nuestro territorio cuando se habla de turismo, y si la mención tiene que ver con el mercado global y las materias primas entonces es por el petróleo, los camarones, las bananas y el cacao. Alguien más dirá por las Islas Galápagos específicamente y pare de contar.
Eso en torno a las cosas buenas. Obvio, en los países de acogida de la enorme comunidad ecuatoriana que vive en el extranjero, también somos conocidos como un país de emigrantes y, en general, tenemos buena reputación. Porque Ecuador tiene cerca de un diez por ciento de su población viviendo fuera, ya sea en Estados Unidos, en España, Italia o Venezuela, que han sido y continúan siendo los países con la mayor cantidad de ecuatorianos residentes fuera. Somos un país de emigrantes y debemos grabar eso en nuestro ADN así como los finlandeses saben que son nórdicos y los asiáticos que tienen los ojos rasgados.
De ahí, me parece, debería ser automático en nosotros el surgimiento de un sentimiento de empatía hacia los expatriados el cual creo que, normalmente, está ahí. Porque como país vivimos a diario las dos caras de la moneda de la migración y sabemos lo que es eso. Vemos nuestros emigrantes partir y a miles de inmigrantes llegar, aunque estos días se desató una peligrosa ola de xenofobia que no quisiéramos para los nuestros en ninguna parte.
Sabemos que no es fácil dejar la tierra que nos vio nacer. Que se toma esa decisión porque no hay de otra, salvo que sea para estudiar o con un contrato de trabajo. Nadie quiere dejar su terruño porque sí. Uno deja la casa propia porque no tiene trabajo y no llega a fin de mes. Alguien se va de donde nació lleno de dolor y con mucha pena cuando ya no hay más opciones.
Y es muy duro salir adelante lejos de la familia y de la tierra que uno ama aunque se logre estabilidad.
Muchos sueñan con regresar el resto de su vida y esa existencia se convierte en una larga ausencia habitada de dislocaciones, rodeada de un paisaje exterior que deviene una rutina poblada de paisajes interiores que desgarran el alma como fantasmas. Nadie debería tener miedo de la inmigración porque todas las grandes culturas surgieron a partir de distintas formas de mestizaje y porque el prejuicio, del cual nace la xenofobia, es hijo de la ignorancia. Somos un país de emigrantes y debemos actuar en consecuencia con ello. (O)

País de emigrantes

¿Por qué es conocido Ecuador en el mundo? Se menciona habitualmente la abundante belleza natural de nuestro territorio cuando se habla de turismo, y si la mención tiene que ver con el mercado global y las materias primas entonces es por el petróleo, los camarones, las bananas y el cacao. Alguien más dirá por las Islas Galápagos específicamente y pare de contar.
Eso en torno a las cosas buenas. Obvio, en los países de acogida de la enorme comunidad ecuatoriana que vive en el extranjero, también somos conocidos como un país de emigrantes y, en general, tenemos buena reputación. Porque Ecuador tiene cerca de un diez por ciento de su población viviendo fuera, ya sea en Estados Unidos, en España, Italia o Venezuela, que han sido y continúan siendo los países con la mayor cantidad de ecuatorianos residentes fuera. Somos un país de emigrantes y debemos grabar eso en nuestro ADN así como los finlandeses saben que son nórdicos y los asiáticos que tienen los ojos rasgados.
De ahí, me parece, debería ser automático en nosotros el surgimiento de un sentimiento de empatía hacia los expatriados el cual creo que, normalmente, está ahí. Porque como país vivimos a diario las dos caras de la moneda de la migración y sabemos lo que es eso. Vemos nuestros emigrantes partir y a miles de inmigrantes llegar, aunque estos días se desató una peligrosa ola de xenofobia que no quisiéramos para los nuestros en ninguna parte.
Sabemos que no es fácil dejar la tierra que nos vio nacer. Que se toma esa decisión porque no hay de otra, salvo que sea para estudiar o con un contrato de trabajo. Nadie quiere dejar su terruño porque sí. Uno deja la casa propia porque no tiene trabajo y no llega a fin de mes. Alguien se va de donde nació lleno de dolor y con mucha pena cuando ya no hay más opciones.
Y es muy duro salir adelante lejos de la familia y de la tierra que uno ama aunque se logre estabilidad.
Muchos sueñan con regresar el resto de su vida y esa existencia se convierte en una larga ausencia habitada de dislocaciones, rodeada de un paisaje exterior que deviene una rutina poblada de paisajes interiores que desgarran el alma como fantasmas. Nadie debería tener miedo de la inmigración porque todas las grandes culturas surgieron a partir de distintas formas de mestizaje y porque el prejuicio, del cual nace la xenofobia, es hijo de la ignorancia. Somos un país de emigrantes y debemos actuar en consecuencia con ello. (O)