Oda al Fakir

Se cumplen cien años de un hombre que murió por decisión propia antes de cumplir los cincuenta. La potencia de la expre-sión de César Dávila Andrade, incluso en la densa y difícil abs-tracción de algunos de sus escritos, no deja indiferente a nadie y ninguna persona sale indemne del contacto con su palabra. Precisa-mente, su relación con ella, entendida como su herramienta de traba-jo, lo hizo compararse muchas veces con un albañil. Quizás por ello escribió desde y sobre la materia obcecadamente. “Espacio me has vencido” u “Oda al arquitecto” son solo dos títulos que ejemplifican la potencia de su mirada al analizar sagaz y profundamente el entorno que lo rodeaba. Así mismo, tal comparación revela la sencillez de un espíritu generoso que padeció la suerte de los desposeídos como si fuese la suya propia, quiero decir, la desvalidez de indígenas esclavizados o brutalizados así como la de los marginados de la sociedad lo conmovía de una manera inexpresable. De ahí surge su monumental “Boletín y elegía de las Mitas”, obra que representa, al mismo tiempo, un fin de período para el escritor.
A Dávila Andrade le tocó vivir un tiempo de transición y él mismo es una suerte de bisagra de la literatura ecuatoriana, entre la generación del treinta, aquella de los cinco como un puño, y la generación de autores más contemporáneos como Efraín Jara Idrovo y otros, que vieron en Dávila un referente central para construir una obra basada en el trabajo obsesivo sobre el lenguaje. Las palabras fueron su única posesión y conocerlas y alcanzar la trascendencia a través de ellas su mayor ambición. Motivado en parte por un entorno brutalmente clasista, propio de la Cuenca de los años cuarenta y cincuenta, Dávila Andrade migró a Quito y posteriormente, con idas y vueltas a Caracas, ciudad en la que finalmente, al salir de una de sus crisis alcohólicas toma la impresionante decisión de terminar con su vida degollándose él mismo con una gillete. Fue su último gesto de escritura y su sangre la última tinta de sus mensajes mundanos. Precisamente, aquel aspecto de su biografía, junto a su bohemia indeclinable, hacen de su figura un referente extremadamente seductor para las nuevas generaciones y es por ello que la calidad de su producción literaria, junto a su estilo de vida, por y para el arte, convierten a Dávila Andrade en un gigante de nuestras letras, responsable de frases únicas como esta: “nunca estaremos verdaderamente solos si vivimos dentro de un mismo corazón”. (O)
A César Dávila Andrade le tocó vivir un tiempo de transición y él mismo es una suerte de bisagra de la literatura ecuatoriana.

Oda al Fakir

Se cumplen cien años de un hombre que murió por decisión propia antes de cumplir los cincuenta. La potencia de la expre-sión de César Dávila Andrade, incluso en la densa y difícil abs-tracción de algunos de sus escritos, no deja indiferente a nadie y ninguna persona sale indemne del contacto con su palabra. Precisa-mente, su relación con ella, entendida como su herramienta de traba-jo, lo hizo compararse muchas veces con un albañil. Quizás por ello escribió desde y sobre la materia obcecadamente. “Espacio me has vencido” u “Oda al arquitecto” son solo dos títulos que ejemplifican la potencia de su mirada al analizar sagaz y profundamente el entorno que lo rodeaba. Así mismo, tal comparación revela la sencillez de un espíritu generoso que padeció la suerte de los desposeídos como si fuese la suya propia, quiero decir, la desvalidez de indígenas esclavizados o brutalizados así como la de los marginados de la sociedad lo conmovía de una manera inexpresable. De ahí surge su monumental “Boletín y elegía de las Mitas”, obra que representa, al mismo tiempo, un fin de período para el escritor.
A Dávila Andrade le tocó vivir un tiempo de transición y él mismo es una suerte de bisagra de la literatura ecuatoriana, entre la generación del treinta, aquella de los cinco como un puño, y la generación de autores más contemporáneos como Efraín Jara Idrovo y otros, que vieron en Dávila un referente central para construir una obra basada en el trabajo obsesivo sobre el lenguaje. Las palabras fueron su única posesión y conocerlas y alcanzar la trascendencia a través de ellas su mayor ambición. Motivado en parte por un entorno brutalmente clasista, propio de la Cuenca de los años cuarenta y cincuenta, Dávila Andrade migró a Quito y posteriormente, con idas y vueltas a Caracas, ciudad en la que finalmente, al salir de una de sus crisis alcohólicas toma la impresionante decisión de terminar con su vida degollándose él mismo con una gillete. Fue su último gesto de escritura y su sangre la última tinta de sus mensajes mundanos. Precisamente, aquel aspecto de su biografía, junto a su bohemia indeclinable, hacen de su figura un referente extremadamente seductor para las nuevas generaciones y es por ello que la calidad de su producción literaria, junto a su estilo de vida, por y para el arte, convierten a Dávila Andrade en un gigante de nuestras letras, responsable de frases únicas como esta: “nunca estaremos verdaderamente solos si vivimos dentro de un mismo corazón”. (O)
A César Dávila Andrade le tocó vivir un tiempo de transición y él mismo es una suerte de bisagra de la literatura ecuatoriana.