Nuevos tiroteos

Teniendo en cuenta la frecuencia con la que tales hechos suceden en los EE.UU., podría considerarse que lo de Texas y Ohio, no es ‘noticia’; lo que sí es, resulta la premura con la que el presidente Donald Trump ordena al Departamento de Justicia “elaborar una legislación que imponga la pena de muerte en forma expedita y decisiva contra individuos responsables de tiroteos masivos como los perpetrados el 4 de agosto” y mucho más el exhorto a republicanos y demócratas a “unirse y lograr fuertes verificaciones de antecedentes [para comprar armas], quizás uniendo esta legislación con la tan necesaria reforma migratoria”. ¿En qué piensa Mr. Trump?
Para nadie es desconocido que la venta de armas en EE.UU. no tiene ninguna restricción y que este rubro es su mayor fuente de ingresos. Portar armas brinda al ciudadano norteamericano un status especial que difícilmente puede encontrarse en otro lugar del planeta: con él se vincula lo deportivo, la seguridad, lo cultural, lo político. La industria armamentista ha sido la sólida base para el poderío geopolítico norteamericano, pero también para la tragedia social que día a día se expande a todo el territorio del ‘país de la libertad’. Particularmente desde mediados del s.XX, han sido muchas las voces que se han levantado en un intento por cambiar ese culto a las armas. No se trata solo de las derrotas sufridas en Corea, Vietnam y otras aventuras bélicas, sino también de las cada vez más continuas masacres al interior del país. Hasta hoy ha resultado imposible frenar el gran negocio del armamento: tanto los fabricantes como los comerciantes se aferran a la Segunda Enmienda de la Constitución de la República firmada en 1791 en la que se puntualiza: “Siendo necesaria una Milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar Armas, no será infringido.”
Los tiroteos de esta semana sí son noticia: el de hoy 06/08 que escribo esta nota, ha sido cometido por una mujer y, adicionalmente, ya se tienen las primeras evidencias de que no son hechos aislados, sino que tienen un nexo con grupos internacionales y que se sustentan ideológicamente en la ‘supremacía blanca’ y el odio a sectores sociales específicos: religiosos, raciales, homofobia, inmigrantes.
No deja de ser preocupante que Mr. Trump piense resolver el problema con una ley que dicte la pena de muerte para los autores y ‘quizás, uniendo esta legislación con la tan necesaria reforma migratoria’. (O)
La solución al problema de los tiroteos debe ser radical: eliminar la libertad de portar armas. Los tiroteos de la semana son noticia.

Nuevos tiroteos

Teniendo en cuenta la frecuencia con la que tales hechos suceden en los EE.UU., podría considerarse que lo de Texas y Ohio, no es ‘noticia’; lo que sí es, resulta la premura con la que el presidente Donald Trump ordena al Departamento de Justicia “elaborar una legislación que imponga la pena de muerte en forma expedita y decisiva contra individuos responsables de tiroteos masivos como los perpetrados el 4 de agosto” y mucho más el exhorto a republicanos y demócratas a “unirse y lograr fuertes verificaciones de antecedentes [para comprar armas], quizás uniendo esta legislación con la tan necesaria reforma migratoria”. ¿En qué piensa Mr. Trump?
Para nadie es desconocido que la venta de armas en EE.UU. no tiene ninguna restricción y que este rubro es su mayor fuente de ingresos. Portar armas brinda al ciudadano norteamericano un status especial que difícilmente puede encontrarse en otro lugar del planeta: con él se vincula lo deportivo, la seguridad, lo cultural, lo político. La industria armamentista ha sido la sólida base para el poderío geopolítico norteamericano, pero también para la tragedia social que día a día se expande a todo el territorio del ‘país de la libertad’. Particularmente desde mediados del s.XX, han sido muchas las voces que se han levantado en un intento por cambiar ese culto a las armas. No se trata solo de las derrotas sufridas en Corea, Vietnam y otras aventuras bélicas, sino también de las cada vez más continuas masacres al interior del país. Hasta hoy ha resultado imposible frenar el gran negocio del armamento: tanto los fabricantes como los comerciantes se aferran a la Segunda Enmienda de la Constitución de la República firmada en 1791 en la que se puntualiza: “Siendo necesaria una Milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar Armas, no será infringido.”
Los tiroteos de esta semana sí son noticia: el de hoy 06/08 que escribo esta nota, ha sido cometido por una mujer y, adicionalmente, ya se tienen las primeras evidencias de que no son hechos aislados, sino que tienen un nexo con grupos internacionales y que se sustentan ideológicamente en la ‘supremacía blanca’ y el odio a sectores sociales específicos: religiosos, raciales, homofobia, inmigrantes.
No deja de ser preocupante que Mr. Trump piense resolver el problema con una ley que dicte la pena de muerte para los autores y ‘quizás, uniendo esta legislación con la tan necesaria reforma migratoria’. (O)
La solución al problema de los tiroteos debe ser radical: eliminar la libertad de portar armas. Los tiroteos de la semana son noticia.